La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La sonrisa de la caseta 'La pequeña reina'

Maite Martínez-Illescas demostró con su alegría ser más sevillana que muchos de los nacidos en esta tierra

Maite Martínez-Illescas y Francisco Giménez Alemán

Maite Martínez-Illescas y Francisco Giménez Alemán

El destino reserva coincidencias que tienen una fuerte carga simbólica. Dos esquelas en una misma página informaban de los sepelios de Maite Martínez-Illescas, periodista y mujer de otro reconocido periodista, Francisco Giménez Alemán, y de Tomás Azpiazu, cantante conocido como el Pavarotti del Arenal. Impresionaba ver la proximidad de las esquelas. Azpiazu fue uno de los grandes cantantes que pasó por la caseta La Pequeña Reina, donde Maite era sin duda una de las grandes anfitrionas junto a la familia Reina. Maite no era sevillana, pero siempre pareció serlo, prueba de que en esta ciudad arraiga quien bien la quiere. Aquella caseta fue en los años noventa una de las más renombradas de la Feria, cita obligada de reporteros que debían llenar la página de la crónica social. ¡Cuántas veces Maite ayudaba a los redactores a realizar con precisión los pies de foto! Azpiazu caldeaba con su cante las horas punta de la caseta, esos momentos en los que resulta una verdadera odisea alcanzar la trastienda. Hoy lo veo sudando ante el micrófono, en efecto tiene todo el tipo del tenor italiano. Y a Maite no le falta un detalle en una nueva jornada de Feria en la que disfruta al recibir a sus hijos con sus correspondientes cuadrillas de amigos. Un día estás disfrutando de la amabilidad de una perfecta anfitriona y otro estás rezando por ella y los suyos.

Pasaron aquellas ferias noventeras. En años posteriores siempre tuve la oportunidad de saludarla cada verano en El Puerto de Santa María. La última vez, ay, no me conoció ya por mucho que uno de sus hijos le explicó quién era, pero me sonrió exactamente igual que en aquellas ferias de estudiante, cuando llegábamos con cuatro pesetas y Maite, la madre de Carolina, nos abría un mundo de posibilidades en La Pequeña Reina. La enfermedad no pudo con su sonrisa de persona que amaba disfrutar de las buenas cosas, que ya se encargaría el destino de servir vinagre. En dos esquelas estaban gran parte de los recuerdos de aquellas ferias que podríamos decir que perdimos, pero que vamos a decir que vivimos.

Maite ha dejado una bendita rama que al tronco sale, que es compañera de oficio y que tiene esa capacidad para exprimir las mejores horas de la ciudad tal como le enseñó su madre. Sigo viendo a Tomás empapado en sudor. Se deja el alma en el cante. Maite baila en ese ambiente cálido que sólo generan las casetas familiares. No veo esquelas, no. Veo farolillos, luz, alegría, el tiempo sin horas y esa sonrisa.

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