La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El tabernero que se murió un día de feria

López Rolán vio de todo en más de 50 años: amaños de sentencias y gente con fiebre por el dinero

Si morirse en agosto es como irse al otro barrio con silenciador, de tal forma que los deudos están obligados a poner una segunda esquela en septiembre para que el personal se considere citado al funeral, morirse un día de Feria es hacerlo mitad con el ruido ensordecedor de la fiesta, mitad con el resto de la ciudad que se queda en casa o se exilia a las playas. El tabernero del Portón, el bar de la calle General Polavieja, don Manuel López Rolán (Sevilla, 1944-2019), se murió un día de Feria dejándonos el recuerdo de su peculiar estilo detrás de la barra, sus narraciones sobre los tejemanejes entre jueces y abogados de la antigua Audiencia Provincial, en la sede la actual Fundación Cajasol de Antonio Pulido; las mil historias de concejales, cofradías y esos extranjeros con la piel del color de los salmonetes demandantes de sangría. López Rolán se empeñó en hacer el paso de la Esperanza de Triana de plata, cuando cada varal costaba 720.000 pesetas. Buscó doce donantes. A uno le aceptó la exigencia de que el varal luciera el escudo del Betis. Cuando había cobrado le dijo al orfebre Borrero que lo quitara: "¿Quieres que me mate la mitad de la hermandad?". ¡Con qué arte pegaba los sablazos! Su mujer resumió mejor que nadie su obra como mayordomo de la Esperanza: "De la lata a la plata". Siempre se entendió con los dineros y supo ver quiénes se dejaban llevar por el poderoso caballero: "Periodista, ten cuidado que ése sólo piensa en llevárselo todo para la olla". Hasta seis hermanos mayores contaron con su participación como mayordomo. Nunca necesitó de códigos de transparencias para ejercer su labor: "Un donativo, un recibo. Las cuentas claras". Al término de un desayuno, no te dejaba pagar si el día le cogía de buen humor. "No te preocupes, si lo tuyo se lo apunto al primer inglés que venga a por paella". Gracia malaje, vista larga, vocación de servicio perdida, retorno a casa a pie, a veces con una bolsita de plástico en la mano. Siempre conservó el portón que da nombre al establecimiento, comprado en el rastro de Madrid en 1957 por 36 pesetas. Gracias a su hermano Carlos, el negocio siguió abierto tras su jubilación y no se arrendó para una de esas franquicias despersonalizadas que son el picudo rojo de la decadente hostelería sevillana. López Rolán se fue un día de Feria, que es como un anticipo del agosto, cuando morirse no es morirse, sino seguir viviendo hasta que alguien en septiembre pregunta: "¿Qué me dices? ¿Se murió en verano?". Este tabernero se fue a pegar sablazos para un nuevo palio de plata para su Virgen morena. Y nos dejó en la tierra el portón con la memoria de sus 50 años de trabajo, el mismo que hoy cuida su hermano.

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