
¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
El pregón de ‘Dom’ Gonzalo
Se hunde la Virgen en la gótica oscuridad de la Catedral. Parece su paso un barquito que se tragaran las aguas de un mar sombrío y quieto. Es el momento en el que cuantos llenan la plaza se acuerdan con mayor intensidad de los brazos que los sostuvieron para verla. La Madre y Patrona de Sevilla es la Virgen de las madres y las abuelas. Una devoción femenina plantada por ellas en la infancia que solo florece del todo cuando se las ha perdido. Hay una lógica en esto. Eran las madres y las abuelas las que nos enseñaban a rezar el Padrenuestro y el Avemaría cuando aún no sabíamos qué querían decir esas palabras. Y fueron ellas quienes nos dejaron esta devota herencia de la que, como todas, solo tomamos plena posesión cuando fallece el testador.
Es la de la Virgen de los Reyes una devoción adulta, vieja en el más noble sentido de la palabra. En los tiempos de la ciudad, que se miden por siglos, es la única devoción medieval hoy viva, 776 años después de su llegada a Sevilla. En los tiempos de los seres humanos, que se miden por años, es la única devoción que crece como si no creciera y está como si no estuviera, guardada en la memoria del corazón como guardada está todo año en su por desgracia no tan frecuentado joyero renacentista, aguardando el momento en el que la madurez la redescubra como cada agosto de besamanos, novena, procesión y octava la ciudad redescubre a la que durante todo el año parecía –solo parecía– haber olvidado. Nadie, como recordaba ayer, la ha definido mejor que Juan Sierra: “Vieja fe, rica almohada, del corazón de Sevilla”. Hay que tener los dones que Sierra atesoraba para ver en la Virgen de los Reyes la almohada –solo a él se le pudo ocurrir asociar algo tan modestamente cotidiano a esta majestuosa devoción vencedora de siglos– en la que el corazón cansado se reclina y descansa.
La procesión ha terminado. Vuelve la Virgen su clausura de la catedral, de los corazones y de las memorias. A lo largo de la mañana la multitud se va deshilachando. Pasado el mediodía se abate sobre la ciudad, con la misma fuerza callada con la que el sol la aplasta, la melancolía de una de las tres tardes huecas de Sevilla. Para todos, esta y la del Corpus. Para algunos, entre los que me cuento, la del Viernes Santo cuando se cierran unas puertas en la Resolana. Hiere el recuerdo de tanta luz en las habitaciones en penumbra.
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