¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La triste historia del hombre chicharra

El capital ha convencido a la ‘plebitud’ de que el gran lujo es una semana en un hotel con pulsera

Ilustración del HMS Beagle.

Ilustración del HMS Beagle.

CUANDO San Luis da el pistoletazo de salida del verano, dan ganas de convertirse en hombre chicharra y elegir un árbol bajo el que entonar nuestros calores. El alma se nos vuelve matraca y repetimos nuestra canción prerromana a quien con nosotros va. Qué lejos estamos los hombres chicharras del triste y angustiado Gregor Samsa, el desgraciado al que Kafka convirtió en escarabajo para cambiar la literatura universal. Paradójicamente, el homme cigale (como dicen los afrancesados) no sólo es bardo del estío, sino también su máximo detractor, y como en un bolero dulzón anda entre el amor incondicional y el reproche a las altas temperaturas. Del verano ama las noches y las mañanas tempraneras, los veladores, la cerveza helada, la ligereza en el vestir de algunas damas, la inminencia de las vacaciones... pero detesta las tardes, la factura de la luz, la tugurización de los atuendos...

Sobre todo, el estío es para el hombre chicharra el recuerdo de épocas felices, cuando el tiempo se dilataba hasta la eternidad en esos veraneos en los que se sentía parte de la tripulación del Beagle, tal era la cantidad de aventuras y conocimientos que se atesoraban: sexo, geografía, biología marina, gastronomía, etc. Si el Estado del Bienestar les dio a todos los ciudadanos, chicharras o no, el paraíso prometido de un mes de vacaciones en el que todos éramos rentistas, el capitalismo, animal resentido, se ha vengado parcelando esas vacaciones en pequeñas unidades productivas en las que todo es gasto y estrés. Los agentes del capital han convencido a la plebitud que el gran lujo es una semana en un hotel con pulsera o unos días de hacinamiento playero, cuando no hay mayor opulencia, como bien sabían los burgueses primorriveristas, que el dilatado horizonte de un mes sin más oferta de ocio que un sombrajo junto a un río y un ejemplar del Quijote con el que matar el tiempo y las moscas.

El hombre chicharra agoniza en este nuevo mundo de ofertas hoteleras y microvacaciones financiadas. Se ha convertido en una especie en extinción. Ya no tiene pueblo ni alquería en la que aburrirse hasta el estremecimiento. Ahora debe compartir bufé y hamaca, y el agua huele a cloro y a aftersun de coco. Le obligan a divertirse. Algunas noches escucha con placer al hermano grillo en el jardincillo del hotel, pero al día siguiente no está; algún sicario le cortó la cabeza porque molestaba al cliente de la 302, o lo roció con algún veneno que le paralizó los élitros. Pero el hombre chicharra siempre guarda en el alma el dulce recuerdo de un mar azul sin motos náuticas o de unos campos dorados al atardecer.

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