La lluvia en Sevilla

Otra velá

La solución a La Velá pasa por que las gentes del barrio decidan cómo celebrar los días 'señalaítos'

Hay quienes, cuando tratan de zaherirnos, acuden al estereotipo de que aquí estamos todo el día de fiesta. Dicho cliché dice más de quien lo profiere que de cualquier otro. Denota que, quien la dice, parece no entender que celebrar, festejar, bailar, cantar, alegrarnos de estar juntos, es algo radicalmente importante para seguir siendo personas, y no replicantes desalmados. Es en la fiesta verdadera y en el duelo cuando nos encontramos con algo que de veras nos une y nos filia. Ay del pueblo que no sabe celebrar (como sea, cada cultura a su manera): prácticamente no podría llamarse pueblo. El poder de la fiesta lo conocen las fuerzas vivas, por eso a lo largo de la historia han tratado de, o bien extirparlas, o deselectrificarlas, o hacerlas suyas, especialmente en los regímenes totalitarios. Cuando la fiesta, eso tan mistérico, de algún lugar queda reducida a "coros y danzas", hemos perdido. Una sociedad realmente avanzada conoce el valor de sus fiestas, se reconoce en ellas, las cuida y conoce perfectamente cuándo se han aguado, o se han querido momificar y han pasado a ser otra cosa sin su profundo sentido.

Me encanta que aquí sepamos celebrar. Con fruición, incluso. Tenemos la cabalgata y la cabalgata de los barrios, tenemos el Corpus y el Corpus Chico, y El Rocío y El Rocío Chico… Como dice una buena amiga, en Sevilla debiéramos celebrar El Orgullo y -al día siguiente- El Orgullito. Digo sí. Les estoy escribiendo sobre esto en pleno día del Corpus, que es una de las festividades más coloristas y alucinantes de nuestra tierra, en las que las negras de Sevilla -Jesús Cosano lo sabe y lo cuenta- bailaban y cantaban meneando sus sonajas en procesión. Las fachadas que adornan las gentes y sus altarcillos me recuerdan que la Sevilla romana también engalanaba sus calles en Las Adonías. Entre los carros alegóricos que en 1747 desfilaron por Sevilla en Pregón de la Máscara había uno que se llamaba De la Común Alegría. Buen nombre para esto que les estoy contando.

Pero no vengo únicamente a celebrar que se celebra. Vengo a decir también que algunas de nuestras fiestas tienen desconchones, se han desorbitado, o rebosado, o desolado un tanto. Estoy pensando en concreto en La Velá de Santa Ana, que ha quedado a medio camino entre el vociferio e intentar hacer de ello otra cosa, sin mucho éxito. El esfuerzo no consiste en representar una Velá de las de antes, pues no tiene cabida en un barrio que ya no es lo que era. La idea sería que los propios vecinos pensaran qué Velá quieren celebrar y tomaran sus propias decisiones en torno a cómo volver a hacer suyos los días señalaítos. Las circunstancias actuales nos dan la opción de repensar La Velá, de dejar en barbecho -qué alivio- el mogollón impracticable de las casetas. ¿Aprovecharemos para pensar mejor esa fiesta?

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