Acción de gracias

Nuestra verdad

Tiempo más tarde supo que en ese mismo colegio hubo otros estudiantes que hicieron ese recorrido callado, tortuoso

Es su historia, pero también la de otros muchos. Al niño, el magnetismo de Burt Lancaster en El halcón y la flecha lo deja confundido. Un compañero de clase le pone nombre a su problema. Sarasa, tú eres un sarasa, le dice. Y esa palabra desata un terremoto, un desprendimiento, en el interior del chaval. La confirmación, el estigma. El miedo a defraudar, a ser diferente, la culpa, la soledad. Un muro levantado en torno a él. El asco por uno mismo, o la negación. Igual que Cernuda contemplaba a "los maricas" como "seres misteriosos", él no sabe, o no quiere saber, que aquello lo involucra, lo mancha. Él observa también con fascinación y rechazo, sobre todo rechazo, a un pintor que a veces trabaja en su casa, que canta coplas y que lleva pieles, que exhibe su discrepancia con valentía. Y el niño está en las antípodas. Él se repliega, como hacen las personas asustadas. Sentado en un banco, al margen, en el recreo, no tiene fuerzas, aún, para el desafío. En su cabeza se despliegan las fuerzas de la naturaleza, porque alguien que no se entiende es como el peor de los vientos. Años después, otro alumno de la misma clase no pedirá perdón, pero sí le admitirá: La verdad es que nos pasábamos contigo. Vuelven a un tiempo en el que no se conocía el bullying ni preocupaba el acoso escolar.

Es su historia, pero también la de otros muchos. Entonces no existían referentes: lo apunta en su serie Bob Pop, y lo piensa él también de adolescente, que en las novelas todo aquel que es distinto acaba condenado, paga un precio. No había final feliz para los que se salían de lo establecido. La desgracia no parece un destino codiciado, y por eso él, durante años, no se atrevió a dar el paso. Empezaban los 90, vivía en un entorno conservador -su propia madre nunca quiso aceptar lo suyo-, y él prefirió guardarse su secreto. Renunció al amor, renunció al sexo, renunció a lo que era. Su primera juventud, cuando debía ser fiero y rotundo, fue a medias, él no fue más que una sombra, un fantasma. Después encontró el amor y se encontró a sí mismo, aunque el orden fue en realidad el contrario. Tiempo más tarde supo que en ese mismo colegio, en aquella misma promoción, hubo otros estudiantes que hicieron ese recorrido callado, tortuoso. Lo dicen en la estupenda La herencia, de Matthew López, que ha editado Dos Bigotes: ser gay no trata sólo de a quien amas, de con quién te acuestas, es también el modo en el que te enfrentas al mundo.Y hoy, cuando una denuncia falsa ha dado alas a quienes creen que ya no existe la homofobia, este hombre querría contar su verdad, la de otros muchos: su dolor, su soledad, su amor. Y decirles a los que vienen que ya no estamos solos, que no podrán con nosotros, que los intolerantes no ganarán la partida. Y que sí que es posible un final feliz.

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