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Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

En mi vida

Un algoritmo de Harvard nos dice lo que sabíamos: la canción era toda de John Lennon

No sé si ustedes también se han percatado de que las llamadas serpientes de verano han caído en desuso: el niño amazónico nacido con garras de tigrillo y el último avistamiento del Yeti o del monstruo del lago Ness brillan por su ausencia cuando antes eran habituales y hasta fijos ante la carencia de noticias que provocaba el dulce letargo estival. En realidad, lo que pasa es que las serpientes de verano suceden sin solución de continuidad, vertiginosamente, a las de primavera, y éstas a su vez a las de invierno y las de otoño: un no parar de noticias vanas, extravagantes o falsas sin más, que en el nuevo idioma de internet llamamos fakes. De hecho hay políticos cuya estrategia es la mentira, el fake: lo lanzas, generas el estado de opinión y las reacciones deseadas, y después si es necesario, y antes de hacer caja, te desdices o niegas que el fake sea tu criatura. Donald Trump es un as en esto. Él es el gran tahúr global, un crack de la lengua viperina, que es propia de las serpientes.

Creí toparme con una de estas noticias reptantes esta semana: un investigador de Harvard había utilizado un algoritmo -ponga un algoritmo en su vida, y sobre todo uno que le organice la red social- con el que demostraba que fue John Lennon quien había compuesto no sólo la letra como era sabido, sino también la música, que se autoatribuía Paul McCartney, de la canción In my life (la inmensa mayoría de las composiciones del grupo las firmaban a dúo). Y esto para mí es topar con la Iglesia, es decir, con mi devoción: es mi canción preferida de los Beatles, podría escucharla mil veces más en lo que me quede de vida sin dejar de emocionarme y transportarme a un mundo más bello, cada vez. Y es de Lennon: McCartney, tipo listo y competitivo donde los haya a pesar de sus maneras suaves, le hizo sólo algunos arreglos -sostuvo siempre John-, sin mayor litigiosidad. Cuando vi la noticia, me dije: "No pongas tus sucios algoritmos sobre los Beatles, gafotas de Harvard". Pero viene bien sustentar la verdad sea como sea, y respetar a los muertos (McCartney calla). Porque uno de los rasgos más repulsivos del ser humano es su tendencia a reescribir la historia para mayor gloria de quien ostenta el poder… o la vida. La de John Lennon, tan corta. Si algo bueno queda de todo esto es que la vida de Lennon, con esos dos minutos y veinticuatro en los que menciona apenas los sitios que recordaba de su infancia y los amigos que ya se habían ido y los que quedaban, será para siempre una vida joven.

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