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La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

El 15-M de los 'yayos'

Lo curioso del problema de las pensiones, el de verdad, el del sistema que hace aguas, es que no es suyo; es nuestro

Me pregunto si estamos asistiendo al 15-M de los jubilados. No es primavera, es invierno, pero la marea de indignación de los yayos no se diferencia de aquellos ni-nis que espolearon el sistema en los años más duros de la crisis y terminaron colándose en los parlamentos y en las instituciones. Con sus vaqueros y sus camisetas. Con sus flequillos abertzales y sus coletas.

Lo curioso del problema de las pensiones, el de verdad, es que no es suyo; es nuestro. Pero ahí están los abuelos, una vez más, dando la señal de alarma y protegiendo a quienes vamos detrás: el sistema hace aguas. Tanto que hasta el Gobierno ha terminado por reconocer que los planes privados con los bancos son una tomadura de pelo y hay que rectificar. Un parche más.

Porque no puede funcionar un sistema donde se gasta más que se ingresa. Lo sabe cualquier niño que juegue con un cerdito-hucha a ahorrar; lo deberíamos saber cualquiera de nosotros con sólo echar un vistazo a los colegios con el desplome de la natalidad y con sólo preguntar a un joven cuánto gana y cuánto cotiza a la Seguridad Social. Y aquí no importa el sexo; el maltrato laboral es compartido.

Dice el refranero popular que sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. ¿Seguro? Cada vez estoy más convencida de que son los mayores. Los que ya no son prisioneros de lo políticamente correcto; los que no tienen nada que perder y nada que proteger. Los viejos. Sí, viejos. Aunque vivamos en una sociedad que los margina, que los esconde y que hasta ha proscrito la palabra viejo porque no encajan en el cuadro social.

Les invito a que relean la entrevista al juez Miguel Ángel del Arco que publicamos el domingo y se pregunten cómo es posible, si su radiografía es tan certera, tan dura y tan inquietante, que todo siga igual. Que tengamos que esperar a que se jubilen y se quiten las ataduras para saber. Para entender.

Confieso que siento predilección por los yayos. Por todos ellos. Por los que aciertan con la predicción del tiempo leyendo las nubes y palpando la tierra y por los que son capaces de quitarse la máscara para decir lo que piensan -no lo que deben- desde el banco de un parque, el sillón de un despacho o la barra de un bar. Será deformación profesional. No me gustan las poses; me gusta la verdad. Unos lo llaman lucidez; otros sabiduría popular; otros el peso de la experiencia. Por eso quiero creer que las manifestaciones de las últimas semanas son su 15-M. Un 15-M que, en realidad, vuelve a ser nuestro.

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