La empatía no es un punto fuerte dentro de la sociedad. No se trata de ser sensacionalistas o no, se trata de pensar en los demás. La pasada Semana Santa fue un claro ejemplo de egoísmo. A la mínima que se modificaron las restricciones, todo el mundo se desplazó, muchos sin ser pertenecientes a su grupo burbuja. Ésa es la cuestión.

Millones de enfermeros y sanitarios se están dejando la piel día tras día para que familiares nuestros puedan curarse y ganen la batalla entre la vida o la muerte. Nos gusta ver cómo lo hacen, pero a la vez, a la mínima que se puede, se dejan de acatar las órdenes morales que tenemos cada ciudadano para poder combatir este virus. Muchos extranjeros han venido aquí a hacer todo lo que no hacen en su país. ¿Por qué?

Porque se les ha permitido. Se les ha dado vía libre y, obviamente, la han aprovechado. Se ha demostrado una vez más que no hay un compromiso común y que, por mucho que todos estemos cansados de la situación, acaban pagando justos por pecadores. Los que nos ceñimos a hacer las cosas bien vemos cómo el tiempo pasa y cómo la cosa empeora por gente que sólo piensan en ellos, y en su disfrute, sin importar que sufran los demás por ello. 

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