Desafiar las leyes de la naturaleza en un batir de alas

Sobre estas líneas, el presidente del club aljarafeño, Victoriano Gámez. Abajo, una suelta de palomas.
Paco Núñez / Sevilla

06 de abril 2012 - 01:00

"Mi padre tenía un huerto con pájaros de todas clases y empecé con las palomas a la edad de nueve años. Cada vez que me preguntaban por un posible regalo, siempre pedía una pareja buena de palomas". Con estas palabras, el presidente del Club Colombófilo Italicense, Victoriano Gámez, define su pasión por este ave peculiar que simboliza la paz y que posee una capacidad extraordinaria e innata de orientación.

Ahora cría en su palomar a más de 100 ejemplares anuales. Es la pasión por la colombofilia, que es el arte de cultivar palomas mensajeras con fines deportivos. Gámez se apuntó al club La Sevillana para practicar correctamente el anillamiento, entre otras enseñanzas. Con el tiempo, Gámez comenzó a reunirse con otros colombófilos para realizar encestes y vio la necesidad de crear una nueva entidad en 1976 con sede en el palomar de su padre, ubicado en Santiponce. En 1992, solicitan al Ayuntamiento la cesión de una parcela y no la consiguen hasta 2001, fecha en la que se inaugura la sede oficial del Club Colombófilo Italicense, donde se realizan subastas de palomas campeonas y distintas rifas. "Tuvimos que financiarla a pulmón, porque ningún banco quería saber nada", dijo Gámez.

La asociación tiene más de 50 socios procedentes de distintos puntos de la provincia de Sevilla (Dos Hermanas, Gines, Valencina de la Concepción, Guillena, La Algaba, Sanlúcar la Mayor, Almensilla y, por supuesto, Santiponce, entre otros pueblos). "Aquí convivimos personas de distinta ideología y profesión. Hay veterinarios, ingenieros, albañiles, farmacéuticos y parados", comenta.

Gámez nunca ha vendido ninguna mensajera, pero sí que ha regalado muchas. Son los códigos de honor del colombófilo. Asimismo, el club poncino posee actualmente un nivel entre mediano y grande. "Los miembros de la junta directiva somos tremendamente competitivos. Queremos siempre el más difícil todavía", asevera el presidente, que participó en la mayor cota deportiva de la entidad: la suelta de París en 2004, donde dos palomas mensajeras recorrieron 1.450 kilómetros en línea recta. La primera tardó 18 días y la segunda realizó el camino de vuelta en 20, debido a una fuerte ola de calor (estaba previsto que hicieran el trayecto en cuatro días).

El calendario de pruebas de este año cuenta con concursos nacionales y regionales de velocidad (Nambroca II y III); nacional y social de fondo (Benavente I); y nacional de pichones (Benavente II), además de torneos regionales y entrenamientos. El Club Colombófilo Italicense participará también en una suelta conjunta con la Delegación de Euskadi y con un grupo de franceses en Bergerac (1.000 kilómetros de distancia) el próximo 20 de mayo, y en Vire (1.350 kms.) el 16 de junio.

Gámez fue campeón de Dax (Francia) en 2009. Su paloma fue la única que volvió a su nido en el día de un total de 2.500 concursantes, recorriendo 850 kilómetros en 24 horas. "Bordean las montañas, no las suben. Influye mucho si hay viento en contra", puso de relieve. Normalmente, las palomas mensajeras vuelan a una velocidad de 1.200 metros por minuto. "Sólo vuelven al sitio donde nacen, de forma que consigues los logros por tu valía, no por tu dinero. Por eso, cuando compras una, no te sirve para competir, sólo para criarle hijos y competir con ellos. De todas maneras, hay que incentivarlas con el macho para que consigan éxitos en los concursos grandes", concluye. En cuanto a la alimentación, existe un acuerdo general entre los entrenadores de que la mezcla ideal es un 30% de leguminosas y un 70% de hidratos de carbono. El roce hace el cariño y se establece un vínculo muy especial entre el colombófilo y la paloma. "Se te sale el corazón cuando la ves llegar al palomar tras una tormenta. O cuando un pichón se te queda huérfano y tienes que terminar de criarlo a mano", confiesa.

La paloma mensajera no es ajena a la selección natural. De 100 ejemplares, sólo dos pueden recorrer 1.000 kilómetros, ya que no todas tienen el mismo instinto ni la orientación ni el amor propio suficiente.

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