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De Camboya a la Casa de las Dueñas

  • Aventura. Este colombiano dejó su trabajo de consultor, se puso a dar la vuelta al mundo y en Camboya oyó hablar español a una pareja de Sevilla que estos días son sus anfitriones

Christian Byfield, en la calle Tetuán, con su inseparable cámara de fotos. Christian Byfield, en la calle Tetuán, con su inseparable cámara de fotos.

Christian Byfield, en la calle Tetuán, con su inseparable cámara de fotos. / fotos: juan carlos muñoz

Dicen que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos, pero Christian Byfield (Bogotá, 1988), tuvo que viajar desde Colombia hasta Camboya para poder visitar la Casa de las Dueñas. Ésta es la historia de un joven que ganaba muchísima plata en una empresa de consultoría gerencial y estratégica, "ganaba más que todos mis amigos, me alojaba en los hoteles de lujo", pero aquello no le llenaba.

Para no desencantar a sus padres, una maestra de escuela y un ganadero de productos lácteos, empezó los estudios de Ingeniería Industrial. Ni los estudios ni el trabajo posterior le acercaban a sus verdaderas pasiones: la antropología, el buceo, la naturaleza. Empezó a trabajar en una agencia de viajes "y les dije que en vez de pagarme con plata me dieran tiquetes". Así descubrió el placer de conocer el mundo. Intentó liberarlo en unas pruebas de azafato para Qatar Airways. Cumplía los requisitos: llegar a los dos metros once centímetros para colocar las maletas, hablar inglés, estudios básicos.

Ya ha estado en 64 países. Sus próximos objetivos: Vanuatu, Islandia y Malí

Un día, Christian, el pequeño de tres hermanos, el único varón, el niño mimado de su casa, se puso a ahorrar para dar la vuelta al mundo. "Mi primer destino fue Etiopía y ante la lava de un volcán despejé todas mis dudas". Tardó 25 meses en cumplir su objetivo y descubrió que padecía el travel buy, "la adicción a viajar". En Etiopía vio la vida con mayúsculas y a sus múltiples ocupaciones añadió la de "coleccionista de sonrisas". En uno de sus trámites fronterizos, en Honduras, tuvo que responder a un formulario y a la pregunta sobre el oficio respondió que era escritor. Recibió de Avianca una propuesta para promocionar destinos.

En vez de contar clientes o negocios, ahora se dedica a contar países. El más reciente, el número 64, ha sido Portugal. Se lo debe a dos amigos de Sevilla, Jorge Pérez y Silvia Barajas. En 2008, con apenas veinte años, viajó por Asia. "Me gusta viajar solo, si hubiera ido acompañado no habría sentido lo mismo después de tanto tiempo sin oír hablar español". Estaba en Camboya, en los templos de Angkor, y coincidió con esta pareja de sevillanos. Allí surgió una amistad que han regado en casi una década por soportes electrónicos y han sellado de forma presencial, que diría un cursi, con la llegada del colombiano a Sevilla, donde los sevillanos a los que conoció en Camboya han ejercido de anfitriones.

Ha aprovechado su estancia en París, donde presenta una exposición fotográfica titulada Una colección de sonrisas, para acercarse a Sevilla después de pasar una semana en el Algarve. En el cincuentenario de Cien años de soledad, recuerda que a Gabriel García Márquez lo conoció en persona en un viaje a Cuba. Su vida es una novela de Álvaro Mutis llena de empresas y tribulaciones como las de Maqroll el Gaviero.

Como muy joven hizo un curso de guardabosques, ahora se dedica a mostrar esos paraísos forestales de su país, "algunos estaban ocultos hasta la firma de la paz entre el Gobierno y la guerrilla". Da conferencias, trabaja como guía en viajes personalizados, "presto mis ojos para que vean lo que yo vi, desde los gorilas de espalda plateada de Uganda a los orangutanes de Indonesia".

Nunca estuvo en Ibiza o Puerto Banús, que no figuran en la agenda de sus próximas conquistas geográficas, en cuyo atlas sí figuran Vanuatu, Malí e Islandia para que su abalorio de países alcance la cifra de 67. "El miedo es un mal compañero para los viajes y para la vida", dice el fallido ingeniero, el demediado consultor, el completo viajero que no se apostó con nadie dar la vuelta al mundo.

Sevilla mandó a dos embajadores a Camboya, un país que le deslumbró "después de haber padecido una historia tan pesada como la de los jemeres rojos". Conoció el Sudeste asiático dos años después del tsunami y en su catálogo de prodigios visuales los templos de Angkor ya conviven con la Giralda y el Alcázar.

Más de sesenta países viajando sin más compañía que su curiosidad y su detector de sonrisas con una balanza donde los riesgos ocupan un papel irrelevante. "En la India me timaron y a Egipto llegué en plena revolución. Me quitaron la cámara en el metro, tan caótico como el de Nueva Delhi, y a la salida un señor me invitó a comer y me pidió perdón en nombre de todo Egipto".

Sevilla no está tan lejos de Camboya. Sólo hace falta una contraseña en el idioma que utilizó García Márquez para convertir una aldea llamada Macondo en patrimonio de la humanidad. Para Christian no hay continentes, hay contenidos. Cuando llega a su casa, le gusta pasear en bicicleta como esos escarabajos de Colombia que acuden fieles a las citas ciclistas europeas. El calor no le sorprende. Tampoco los fríos. Ha aprendido a familiarizarse con los rascacielos y con los desiertos, con los fiordos y con las lagunas de interior.

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