Sevilla

Parricidio por drogas, un crimen que se repite en Sevilla

  • Seis personas han muerto en el último lustro a manos de familiares adictos a los estupefacientes

  • La mala relación entre padres e hijos por la adicción de estos últimos fue común en la mayoría de los casos

Dos policías, con el sospechoso detenido. Dos policías, con el sospechoso detenido.

Dos policías, con el sospechoso detenido. / Antonio Pizarro

El asesinato de una persona a manos de un familiar que tiene problemas con las drogas es un tipo de crimen recurrente y son numerosos los casos que se han dado en la historia reciente de la crónica negra en España. En los últimos cinco años, en Sevilla capital y provincia han sido seis las víctimas mortales de homicidios cometidos por toxicómanos que acabaron con las vidas de sus familiares tras peleas derivadas de sus adicciones, bien para obtener dinero con el que costearlas o bien por algún reproche.

El último caso ocurrido en el barrio de la Carrasca, en la Macarena, ha vuelto a poner de manifiesto un problema que tiene difícil solución y que supera a la gran mayoría de personas que tienen hijos drogadictos, incapaces de poder controlarlos. La tarde del miércoles 22 de enero, un joven de 28 años, Jesús Perejil Sánchez, mató a su padre, Antonio Perejil Delay, asestándole dos puñaladas en el pecho en un domicilio de la calle Niña de la Alfalfa. Luego se dio a la fuga y fue detenido por la Policía Nacional unas horas después del crimen tras una persecución por las calles del barrio que terminó en la avenida de San Lázaro.

Se trataba de una familia completamente normal (el padre minero prejubilado y la madre maestra de escuela) que tuvo la desgracia de que el hijo, licenciado en Informática, cayera en las drogas una vez terminada la carrera. Las peleas entre el padre y el hijo eran frecuentes por este motivo. Mientras los padres centraron sus esfuerzos en retirar al chico de ese mundo, internándolo sin éxito en centros de fuera de la provincia de Sevilla, el joven presumía de su adicción en las redes sociales. “Ayer (mi cumple) me puse hasta el culo de alcohol, marihuana y cocaína. Que me quiten lo bailao...”, publicó en su muro de Facebook a mediodía del 27 de diciembre de 2019, menos de un mes antes de que matara a su padre.

Después de darle dinero para que no robara (algo que hizo en varias ocasiones, tiene hasta 11 detenciones anteriores en su historial, todas ellas a partir de 2016) e incluso, según algunos vecinos, de ir a comprarle él mismo los estupefacientes al cercano barrio del Polígono Norte para que no se metiera en líos, el padre terminó por echar de su casa al hijo, que sin embargo pasaba la mayoría de los días en el portal del bloque. Allí fueron a buscarle unos traficantes a los que debía dinero. Cuando no estaba allí, aparcaba coches cerca del hospital Virgen Macarena o pedía dinero por los bares de la zona. La última discusión con su padre acabó de manera trágica.

El boxeador de Alcalá

Existen en Sevilla muchos precedentes de parricidios con cierta similitud al ocurrido el pasado miércoles. El más cercano en el tiempo sucedió el otoño de 2018 en Alcalá de Guadaíra, donde un joven de 19 años mató a su madre machacándole la cabeza. Este homicidio fue una sorpresa para todos los vecinos de la calle Hilarión Eslava de esta ciudad, que habían visto crecer al parricida y lo tenían como un chico muy educado y sano. Nunca lo habían visto borracho ni drogado, ni pelearse ni discutir con nadie, y lo conocían desde que era muy niño, cuando llegó a España con su madre y sus hermanos.

Dos policías entran en la casa de Alcalá de Guadaíra en la que se cometió el crimen. Dos policías entran en la casa de Alcalá de Guadaíra en la que se cometió el crimen.

Dos policías entran en la casa de Alcalá de Guadaíra en la que se cometió el crimen. / José Manuel Vidal / EFE

Henry Williams Villavicencio, español de origen ecuatoriano, se había enganchado a los porros en el último año. También practicaba boxeo en un gimnasio de Alcalá y había dejado de asistir a clase. La madrugada del 13 de noviembre de 2018 llegó a su casa colocado a las cinco y media de la mañana. La madre le riñó y se inició una bronca que fue subiendo de tono hasta que el hijo comenzó a propinarle puñetazos. Terminó matándola a golpes. Luego se quedó en la casa y unas horas más tarde envió unos mensajes de WhatsApp a sus hermanos para informarles de lo que había hecho. Fue detenido y enviado a prisión. La víctima, Joy Mariana Villavicencio Gómez, de nacionalidad ecuatoriana, tenía 49 años y trabajaba en un servicio de ayuda a domicilio. El caso aún está pendiente de juicio.

Doble crimen en Arahal

Más parecido al caso de la Carrasca, aunque con dos víctimas mortales, fue el doble crimen ocurrido en Arahal en diciembre de 2016. Juan Antonio Portillo Brenes, de 35 años, asestó 96 puñaladas a su madre, Rosario, y 43 a su hermana Rosa María. Adicto al basuco o pasta base de cocaína desde hace muchos años (la droga más barata, similar al crack, la misma que fumaba en papel de plata el parricida de la Macarena), quiso robarle la cartera a su hermana para conseguir dinero para seguir consumiendo. Para ello, entró en la habitación en la que ésta dormía y la mató apuñalándola con dos cuchillos.

Guardias civiles investigan en el escenario del doble parricidio de Arahal. Guardias civiles investigan en el escenario del doble parricidio de Arahal.

Guardias civiles investigan en el escenario del doble parricidio de Arahal. / Juan Carlos Muñoz

Después, esperó a que su madre regresara del trabajo y la atacó por sorpresa, con las mismas armas blancas con las que había acabado con la vida de su hermana y causándole heridas por todo el cuerpo. Luego se autolesionaría y permanecería en la casa, hasta que otro hermano entró en ella la tarde del día siguiente, después de que lo avisara el dueño de la ferretería en la que trabajaba Rosa María, que no había acudido al trabajo ni había dado señales de vida durnate todo el día.

El doble parricida fue condenado a 45 años de cárcel en un juicio celebrado el año pasado en la Audiencia Provincial de Sevilla. Juan Antonio Portillo alegó que no estaba en sus cabales por culpa de su adicción a las drogas. En su derecho a la última palabra, pronunció la siguiente frase: “Si verdaderamente he sido yo, pido perdón a mi familia y a mi pueblo”.

117 puñaladas en San Pablo 

Tres meses antes de este crimen que estremeció a los vecinos de Arahal, se produjo otro parricidio derivado de las drogas en el polígono de San Pablo. El 13 de septiembre de 2016, Enrique José Delgado, de 37 años, acabó con su padre, Enrique, de 56, asestándole 117 puñaladas en el domicilio familiar de la calle Gitanillo de Triana. El agresor y la víctima tenían antecedentes por distintos delitos.

Un fotógrafo trabaja en la puerta del bloque del polígono de San Pablo en el que un hombre mató a su padre. Un fotógrafo trabaja en la puerta del bloque del polígono de San Pablo en el que un hombre mató a su padre.

Un fotógrafo trabaja en la puerta del bloque del polígono de San Pablo en el que un hombre mató a su padre. / Juan Carlos Vázquez

Todo comenzó después de que ambos se enzarzaran en una fuerte discusión, que se originó porque el parricida pensó que su padre le había cambiado la droga que acababa de comprar por morfina mezclada con pastillas. Así, cogió un cuchillo de la cocina y atacó a su padre cuando estaba sentado en el sofá viendo la televisión. El agresor padece un trastorno paranoide que disminuía su capacidad en el momento de los hechos, por lo que la condena se le rebajó a nueve años de prisión e internamiento en el Psiquiátrico penitenciario.

El descuartizador de Dos Hermanas

En el mismo año 2016 hubo antes otro crimen en el que la víctima no era uno de los progenitores del asesino, pero sí un tío materno con el que residía. Ocurrió en Dos Hermanas el 26 de febrero, si bien el asuno no trascendió hasta el día bisiesto, el 29. Francisco Javier Román de Dios, toxicómano de 37 años, mató a su tío Diego de Dios, de 54, golpeándole en la cabeza con un martillo y con un pico. Después, trasladó el cuerpo al cuarto de baño y lo descuartizó con un serrucho. Se deshizo de algunas partes del cadáver, arrojó algunos órganos por el retrete y enterró las extremidades en un descampado a las afueras de Dos Hermanas. Convivió con lo que quedaba del cuerpo durante tres días, hasta que la Policía lo descubrió cuando acudió a una llamada de los dueños de una bodeguita a la que Diego asistía a diario, extrañados porque no hubiera aparecido por allí en tres jornadas seguidas.

Policías, en el bloque de Dos Hermanas en el que se produjo el asesinato. Policías, en el bloque de Dos Hermanas en el que se produjo el asesinato.

Policías, en el bloque de Dos Hermanas en el que se produjo el asesinato. / Juan Carlos Vázquez

El descuartizador admitió los hechos durante el juicio y manifestó que no sabía que hacer con el cuerpo de su tío y por eso lo descuartizó. Román llevaba tres meses viviendo con este familiar, que lo había acogido en su casa desde que se trasladó a Sevilla procedente de Gerona con la intención de superar su adicción a las drogas. Sin embargo, la relación entre ambos era mala porque el sobrino se dedicaba a vender objetos de su tío. La venta de una videoconsola PlayStation 4 originó la última bronca. Fue condenado a 15 años de cárcel porque no se le aplicó la agravante de parentesco.

Son muchos más los casos similares que figuran en la historia criminal de Sevilla. Este tipo de crímenes existen desde que lo hacen las drogas. También ha habido casos en los que un padre ha matado al hijo antes de que éste terminara acabando con su vida. Fue lo que ocurrió en Villanueva del Río y Minas en junio de 2012. El autor del crimen, Diego Reina, también descuartizó a su hijo y esparció los restos en distintas partes del pueblo. 

Se han excluido de este balance los crímenes cometidos en el seno de la pareja, si bien al menos dos en la historia reciente de Sevilla estuvieron motivados por la adicción a las drogas de sus autores. Uno ocurrió en Los Pajaritos en el año 2009 y el otro en Écija en 2013. Tampoco se ha hecho mención a aquellos casos en los que los asesinos fueron enfermos mentales descompensados en los que un consumo puntual de estupefacientes o alcohol pudo influir decisivamente en sus actos.

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