Un 'Santo Negro' que no puede esperar

Patrimonio El Humilladero de San Onofre sufre daños estructurales de importancia

Después de lustros de quejas de vecinos y conservacionistas, el templete mudéjar de San Jerónimo continúa en peligro de ruina

Un 'Santo Negro' que no puede esperar
Un 'Santo Negro' que no puede esperar
Luis Sánchez-Moliní

02 de junio 2009 - 05:03

Tanto las entidades conservacionistas de la ciudad como el movimiento vecinal del barrio de San Jerónimo siguen a la espera de que se acometa el traslado o, al menos, la restauración del Humilladero de San Onofre, también conocido como el Santo Negro, un templete gótico-mudéjar considerado como una pequeña joya del patrimonio sevillano que está a punto de derrumbarse debido al abandono que sufre.

Desde que en 2004 la Gerencia de Urbanismo reconociese los graves daños estructurales que sufre este humilladero construido probablemente en el siglo XV, no se ha hecho nada por mejorar su situación. El problema está agravado por el aislamiento en el que ha quedado el monumento debido a las infraestructuras que se han construido a su alrededor. Actualmente, está encajonado por la vía del tren, la ronda Super Norte y el arroyo Tamarguillo, justo en los límites de San Jerónimo, cuando la ciudad comienza a ser campo en un paisaje salpicado de huertas y naves industriales.

Es por esto que, desde hace lustros los vecinos llevan reclamando un traslado del humilladero, que es también un lugar al que acuden numerosos devotos de la zona. En la época que el político socialista Carmelo Gómez fue Delegado del Distrito Macarena existió un proyecto para efectuar el cambio de ubicación, algo que se terminó desechando por el elevado coste de la operación, que conllevaría desmontar piedra por piedra el humilladero y volverlo a montar en un nuevo emplazamiento. En aquellos años se barajó la Plaza del Arcoiris como el lugar más apropiado.

Sin embargo, la idea que barajan ahora los vecinos, según afirmó a este periódico el portavoz de la Asociación El Empalme, Ángel Vallano, se ubica en el entorno del Monasterio de San Jerónimo, que actualmente está siendo sometido a una polémica obra de restauración para convertirlo en centro cívico de la zona. "La Plaza del Arcoiris no cuenta con las condiciones necesarias de seguridad. Además, el humilladero estaba vinculado al monasterio y es más lógico que se ubique allí, un lugar donde se concentraría nuestro patrimonio más antiguo y que serviría para atraer a turistas al barrio", indicó Vallano, quien también mostró una queja: "Los políticos deben hacer algo antes de que sea demasiado tarde, no sólo estamos aquí para pagar impuestos".

Las asociaciones conservacionistas de la ciudad también han tomado cartas en el asunto. La Comisión Ciudadana del Patrimonio Histórico (una alternativa a la municipal, constituida la semana pasada y en la que están excluidas estas entidades) tiene previsto realizar hoy una visita al templete para estudiar posibles movilizaciones. "Todavía no hemos tomado una postura definitiva, hay que mirar el problema con detenimiento", declaró a este periódico el presidente de Adepa, Joaquín Egea.

Una simple visita al monumento da una idea de la dimensión del problema. Su estado es preocupante debido a unas gruesas grietas por las que asoman raíces y corretean las lagartijas y se observan ya numerosos cascotes que se han desprendido del inmueble. En el techo de cuatro aguas proliferan las malas hierbas y existen numerosas basuras en sus inmediaciones. También han comenzado a aparecer en sus muros las pintadas.

Otro problema es el de la seguridad. Al humilladero acuden numerosas personas, la mayoría de avanzada edad, para rezar a la imagen que actualmente se encuentra en su interior, un Sagrado Corazón de hierro fundido sin ningún valor artístico, pero sí devocional, como demuestran los numerosos ramos de flores y velas depositados a los pies de la imagen. Para acceder al templete hay que realizar una auténtica gymkana. Primero hay que subir un puente-carretera construido para evitar la Ronda Super Norte y la vía del tren, paso elevado por la que pasan numerosos camiones y coches. Posteriormente, hay que descender (y después subir) por una empinada escalera metálica con cuatro tramo de 13 escalones cada uno y que vibra inquietantemente por el tráfico rodado del puente. Demasiado para unos ancianos devotos.

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