Plaza de España · Cuenca

Una bicicleta de segunda mano

  • Carmen Moya Paños hizo Magisterio en Cuenca y trabajando en Benidorm recibió la llamada de Sevilla. En Guillena aprendió a bailar sevillanas y Paco Robles fue su instructor de Semana Santa.

COMO no hay bien que por mal no venga, Carmen Moya llegó a Sevilla el año de la novela de Orwell porque no aprobó unas oposiciones en Valencia. Es una mujer del sur... de Cuenca. De El Provencio, el pueblo más meridional de su provincia, donde nace doce días después de la riada del Tamarguillo, doce días antes de la Operación Clavel. Desgracias que la remiten a un Guernica local. "Mi pueblo es básicamente agrícola, productor de vino y de ajos. En las casas, sacan la basura a unos barrancos. Cuentan que en la guerra oyeron aviones y apagaron las luces. Venían buscando un convoy y bombardearon el pueblo. Hubo muertos y la gente lo pasó muy mal".

El pueblo fue grande en tiempos, "mi madre me contaba los oficios que desaparecieron", pero cuando es una niña tiene que ir al colegio en San Clemente, cabeza de partido. Querencias de adolescente, quiere hacer Psicología, pero en Cuenca sólo había "Magisterio, Enfermería y poco más". Se va a la capital de las casas colgantes. Alguna vez se ha cruzado por sus calles con José Luis Perales, que fue remero en la Plaza de España cuando estudió en la Universidad Laboral de Sevilla, pero prefiere a Fito y Fitipaldi y la canción francesa. "Llevo toda mi vida estudiando Francés y no quiero jubilarme sin irme un año de maestra por ahí".

Nunca había estado antes en Sevilla. "Fue alucinante. Son esos años en los que estás a gusto allí donde vayas, y en mi pueblo me aburría". Cuando recibe la llamada laboral, estaba en Benidorm. "Trabajaba en la casa de un matrimonio mayor con los que seguía cuando estaban en Madrid". Tuve que adelantar la llegada porque antes de empezar las clases tuvo que asistir "a un curso de cultura andaluza". Lleva treinta años empapándose de esa materia.

Lo primero que hizo nada más llegar a Sevilla fue comprarse una bicicleta de segunda mano en una ciudad sin carril-bici. "Mi pueblo es Mancha pura, llanísimo, y todo el mundo, hasta las personas muy mayores, van en bicicleta". Por algo el segundo español que ganó el Tour de Francia, Luis Ocaña, era de Cuenca.

Llega a Sevilla en 1984 y se instala en un pequeño apartamento. "La casa era de un señor que criaba pájaros y estaba muy cerca de La Carbonería". Después se traslada a un edificio en la calle Jiménez Aranda que Aníbal González diseñó para hotel, uso que nunca tuvo. "Venía gente a fotografiar la escalera de caracol y las paredes de ladrillo visto".

Su primer destino como enseñante fue en la Huerta del Carmen, barrio de la Macarena. "Unas clases prefabricadas. Cada quince días me cambiaban de destino". Fue maestra de Primaria en El Palmar de Troya, de San Clemente al papa Clemente, en Las Cabezas de San Juan y le marcan los quince años que pasó en Guillena. "Allí una chica nos enseñó a bailar sevillanas a un grupo de maestras y de madres".

Durante seis años trabajó en la Cartuja, en el centro de formación de profesores. Un escenario que le recordaría sus vivencias de cicerone. "En la Expo, mi casa se llenó de visitas. Como era gente joven, mientras unos iban a ver pabellones, otros dormían". Su segundo destino de opositora fue el epicentro de un hechizo. "Me gustaba enseñar la ciudad. La primera vez, como me recordaba mi hermana cuando vino con sus amigos, sólo me sabía los bares".

Con una concepción muy distinta a la de su tierra, "¿no ha visto la procesión de los Borrachos de Cuenca?", le fascina la Semana Santa de Sevilla. "Me gusta verla sin demasiada profundidad, estar cerca de las imágenes. Una mirada supongo más estética que religiosa". En su formación cofrade tuvo un iniciador muy singular, que le dio un curso oficioso de cultura andaluza. "En uno de mis primeros destinos, el colegio Reina Fabiola, en Alcalá de Guadaíra, siempre coincidía en el autobús con otro profesor entonces muy joven. Yo le decía el hablador, iba dormida y no dejaba de contarme cosas de Sevilla. Después se hizo famoso con un libro que se llama Tontos de capirote". Por algún sitio de su casa estará el cuaderno con los apuntes que tomó de las indicaciones de Paco Robles para señalarle a su familia los mejores sitios para ver el Museo o el Cachorro.

En Guillena la llamaban Maestra y en Sevilla Seño. Llevo cuatro años ejerciendo la docencia en el colegio Huerta de Santa Marina, cerca de San Luis. "Al principio me costaba entender algunas palabras. Canina por esqueleto, mosqueta si el niño sangraba por la nariz o que tenían fatiga. Yo les decía que se sentaran para descansar". No habla valenciano, pero se doctoró en sevillano, especialidad que cultiva con tertulias literarias en la taberna Ánima.

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