Coronavirus Sevilla Los desiertos de la otra orilla

  • Decenas de personas pasan el confinamiento en la Cartuja, socialmente distanciados y escasos de agua y alimento

Un viandante atraviesa el paseo Juan Carlos I, junto a la pasarela a la Cartuja. Un viandante atraviesa el paseo Juan Carlos I, junto a la pasarela a la Cartuja.

Un viandante atraviesa el paseo Juan Carlos I, junto a la pasarela a la Cartuja. / Michael Padilla

Francis no ha visto jamás nada igual. Y eso que conoce mundo. Durante el periodo más estricto de la reclusión a causa del coronavirus, con los mil muertos diarios asomando el pico, averiguó que en Sevilla no había agua. Eso cuenta, aunque lo diga sin creéserlo del todo. "No es lógico que, durante una pandemia, cuando la higiene es tan importante, las fuentes públicas estén cortadas", dice Francis, quien añade que tampoco ha encontrado jabón en la estación de la Plaza de Armas. El severo confinamiento ha sido para muchos un desierto, varios desiertos.

Al igual que otras decenas de forasteros, Francis pasa el estado de alarma en la Cartuja. En la otra ribera del río, en los alrededores del monasterio, viven su particular claustro polacos, argelinos, británicos, chechenos, marroquíes… Francis salió hace un año de Martinica, en la otra orilla del Atlántico, y se dedica a atravesar el planeta.

Tiene 63 años, acaba de jubilarse y el terremoto conoravírico lo ha pillado en Sevilla. Una causalidad, cuenta. "Un 4 de marzo llego al puerto de Tánger, donde me hacen un control de la temperatura; me pareció extraño. Aunque más extraño fue que una semana después, de vuelta al puerto de Algeciras, pasara como si nada ocurriera", dice.

Francis, junto al puente de la Barqueta. Francis, junto al puente de la Barqueta.

Francis, junto al puente de la Barqueta. / Michael Padilla

Francis duerme en una furgoneta y está deseando volver a Tarifa. A esta hora ya estará en el mar. "¿Cuándo es la fase 3?, ¿podré moverme ya?", pregunta como aturullado, mascullando de la política. Su ansiedad ha sido otra. Un día, hace casi tres meses, andando por San Jacinto, le extrañó ver las tiendas y los bares cerrados mientras la calle se consumía en un proceso al vacío. "¡Coronavirus!", le gritaban, según cuenta el caribeño, con un tono más fiscalizador que informativo. Al tiempo descubrió que en la Cartuja, al otro lado, nadie lo molestaba, aunque en la isla del destierro no hubiera agua ni comida.

Voluntarios de Médicos del Mundo y de la Cruz Roja han rondado la isla de la Cartuja para proveer de alimento a los residentes provisionales. Francis es uno de sus beneficiarios. También lo es Ricardo, que antes de pararse a hablar le suelta un beso al bollo de pan antes de devolverlo a una de las bolsas de las oenegés que guarda en la caravana, de donde saca ahora una botella de agua mineral de litro. Se moja la garganta, carraspea, bebe y pregunta a los visitantes: "¿Y esto cuándo se acaba?"

Ricardo, un confinado en la Cartuja. Ricardo, un confinado en la Cartuja.

Ricardo, un confinado en la Cartuja. / Michael Padilla

A Ricardo no le hace falta que lo instruyan sobre distanciamiento social. Vive solo. Hace mucho que nadie se acerca, cuenta, aunque recuerda cómo días atrás la Policía estaba más encima. Apostado no lejos de Chapina, este madrileño del barrio del Pilar, acostumbrado a ver crecer la yerba desde su caravana, ha sido testigo diario de los controles en la entrada desde Mérida y Huelva. Llegó a ser peor, explica Ricardo, pero en la Cartuja lo dejan estar, al menos por ahora. "Lo que yo necesito es una casa, lo que quiero son cuatro paredes; ¿podéis decírselo al Ayuntamiento y a la Junta?, ¿lo haríais por mí?"

Steve tampoco tiene casa aunque es de ésos a los que parece no importarle cosas de tal magnitud. El hogar, las certezas, las raíces... Juguetea con una guitarra mientras comenta que, para él, el confinamiento, pues bueno, le ha tocado en Sevilla como podría haberle tocado en Palma, Cádiz o Granada. Es músico y sin nadie por las calles no había público que valiera. "Unos han estado confinados en casa, otros hemos estado confinados en aquí; a todos nos servirá haber vivido una experiencia única". En el paseo del río, en la otra orilla, una avalancha hace todo el deporte que no ha podido durante meses.

Steve, confinado en la Cartuja. Steve, confinado en la Cartuja.

Steve, confinado en la Cartuja. / Michael Padilla

Steve es británico, escocés, matiza sin ardor –la precisión es apenas taxonómica–, y constituye el arquetipo de persona itinerante que toca y canta una balada tradicional sobre un antiguo "amor verdadero" que vive en el "país del norte". En el sur, ha aprendido Steve, debajo de los puentes, donde se ha resguardado durante los días de lluvia, los servicios de la limpieza limpian los sacos y cartones de quienes no encuentran donde dormir. "Con no muy buenos modos, las autoridades me dijeron al inicio del estado de alarma que tenía que irme a un albergue, pero en los albergues no había sitio". En la Cartuja hay espacio de sobra.

Como a tojo hijo de vecino, a Steve lo inquieta lo que lo excede. Que llueva, por ejemplo, lo obliga a buscar un cobijo más adecuado, pero no le interesa el coronavirus, apenas le interesa el resto de cosas. Steve está lejos, muy lejos, a más de 1-2 metros de distancia.

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