calle rioja

Cuando el infinito se pone de pie

  • Regreso. Vuelve Gabino Diego a Sevilla y remueve los ochenta: el Goya de Fernán-Gómez, el Oscar de Trueba, los 25 años que ayer hicieron los gemelos que nacieron en Valme.

Vuelve la semana próxima Gabino Diego a Sevilla, al teatro Quintero, y uno recuerda la broma de Borges cuando compartió el premio Cervantes con Gerardo Diego, el montañés de la generación del 27, el amigo de Belmonte y juglar de los jándalos sureños. ¿Gerardo o Diego?, le preguntó el argentino en el único galardón que fue entregado ex aequo.

Anoche pusieron en televisión El viaje a ninguna parte. La epopeya de Fernández Fernán-Gómez obtuvo el Goya a la mejor película en la primera fiesta del cine español. Nunca se lo dieron a José Sacristán, el genio de Chinchón, ese pueblo madrileño que aparece en un libro de viajes del holandés Cees Noteboom. Esa película fue la puesta de largo de Gabino Diego, el nieto genial de tan genial cascarrabias, de aquel dramaturgo, cineasta, actor y novelista que una mañana, con genio de histrión, me echó del hotel Barceló con la misma vehemencia que en la película utiliza para recriminarle a su nieto que se haya ido a jugar un partido de fútbol con los del pueblo de al lado.

Fernán-Gómez fue finalista del Premio Planeta el mismo 1987 en que estrena El viaje a ninguna parte. Fue el año que lo ganó Juan Eslava Galán con En busca del unicornio. El viaje a alguna parte. Anteanoche pusieron Noche y día, que parecía una prórroga del Sevilla-Osasuna en el que Michel salvó la cabeza gracias al acierto de un futbolista bosnio. Sanfermines por las calles de Cádiz y con la Giralda al fondo a mayor gloria de Tom Cruise. En la Sevilla de Zoido, salía por televisión el epílogo cinematográfico de la Sevilla de Monteseirín, con escenas rodadas en Mateos Gago, Matacanónigos y la muy cinematográfica Casa de Pilatos por la que pasearon Peter O'Toole, Omar Shariff o Jeremy Irons. El director de Noche y día tuvo el gusto de no sacar las setas de la Encarnación y todavía estaba en los cimientos la Torre Pelli. Obra del autor de las torres Petronas de Kuala Lumpur que aparecen en una adaptación de Le Carré que protagonizan Sean Connery y Katherine Z-Jones, la cima del cine galés, la patria consorte de mi peluquero Antonio Melado.

Ayer pasé junto al hospital de Valme y recordé una visita de hace 25 años. Los que han pasado desde que allí nacieron Matilde y Tomás Grau de Pablos. Nacieron el 8 de enero del 88, ese número que es un infinito puesto de pie, el más gráfico de los números, variante de suma de ceros, del no me ha dejado o la arroba de los carteros electrónicos. Unos meses después de que Fernando Fernán-Gómez ganara el Goya y quedara finalista del Planeta, Matilde y Tomás viajaban con sus cinco meses de vida en el Lada ruso conducido por su padre hasta Cortelazor para ver con el cronista la Eurocopa de Alemania en la que se cortaron la coleta de internacionales Camacho y Gordillo. También la jugó Míchel, cabeza madrileña salvada por una pierna bosnia. Diego Rodríguez, el tinerfeño que jugó en los dos equipos de la ciudad, se quedó calentando en la banda. Ese verano del 88 se casó el hijo mayor de la duquesa de Alba y murió El Pali. Años después, la abuela de Matilde y Tomás, Blanca Candón, sería elegida alcaldesa de Cortelazor y su madre es concelaj en Sevilla. En Cortelazor vi el único partido de la NBA que he visto en mi vida, una final entre Los Angeles Lakers y los Boston Celtics. En la prensa del corazón mandaban la cantante Marta Sánchez y el banquero Mario Conde. Un cuarto de siglo después, Matilde se dedica a la producción cultural y ha trabajado algunos veranos en ese plató privilegiado que es el Real Alcázar. Tomás estudió Japonés y está pendiente de un doctorado en Asia Oriental en Barcelona.

Los partidos de fútbol se miden en cuartos de hora y las vidas en cuartos de siglo. Pepita nació muy cerca de esos escenarios serranos. Crió a sus cuatro hijos en Aracena, un paraíso con grutas maravillosas, ofebrería ibérica, alfareros delicados y pasteles de Rufino con los que yo obsequiaba a mis anfitriones de la Eurocopa. Con San Blas como patrono, allí por febrero la cigüeña verán. Y Pepita ve en las fechas como un palimpsesto de su propia vida. Se quedó viuda el 11 de diciembre de 1975, veinte días después del final del Antiguo Régimen. Perdía joven a aquel hombre con el que pasaba por el aeropuerto de Barcelona en su luna de miel y se cruzaban con los invitados de postín que sacaban los billetes de avión para volar hasta Atenas a la boda ortodoxa de Juan Carlos I y Sofía.

Gabino repite en la calle Cuna, metáfora de aquella infancia cinematográfica de un actor que tuvo al mejor de los padrinos: Fernán-Gómez, el pintor anarquista de Belle Epoque que le valió a su director, Fernando Trueba, el Oscar de Hollywood a la mejor película extranjera. En el podio de Garci y Almodóvar, que juntos forman un triángulo isósceles del cine español que evitó la hecatombe con una película de catástrofes.

Al Lope de Vega viene con La Loba Gerardo Vera, el escenógrafo que dirigió a Imperio Argentina, Juanita Reina, Rocío Jurado, Nati Mistral y María Vidal en Azabache, un icono de la Expo como lo fueron el Curro del checo Eidelmann o el Pabellón de la Navegación de Vázquez Consuegra. Cuatro años después de la Eurocopa de Cortelazor, España faltó a la cita de Suecia 92 que ganó Dinamarca en plena guerra de los Balcanes. Fernando Fernán-Gómez vino a la Expo con una historia de pícaros en la que dirigió en el Teatro Central a Rafael Álvarez El Brujo. El actor bautizado en mester de brujería por su amigo y compañero de colegio mayor José Luis Ortiz Nuevo y que se consagró en los escenarios con La Taberna Fantástica de Alfonso Sastre antes de ser Búfalo en Juncal, la serie dirigida por Álvaro de Armiñán en la que Carmen Albéniz le enseñó a bailar sevillanas a Paco Rabal.

Vuelve el cómico al Quintero y en su regreso remueve la década de los ochenta, cuando Fernán Gómez ganó un Oscar sin tricornio y perdió un Planeta con unicornio.

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