Calle Rioja

Una lección de Historia por tarantos

  • Tributo. La bailaora chilena Javiera de la Fuente rescata del olvido la figura de Fernanda Romero con la presencia de su hija Matilde en el espectáculo ‘Herejía’, mañana en el Távora

Matilde Romero, hija de Fernanda Romero, y la bailaora chilena Javiera de la Fuente. Matilde Romero, hija de Fernanda Romero, y la bailaora chilena Javiera de la Fuente.

Matilde Romero, hija de Fernanda Romero, y la bailaora chilena Javiera de la Fuente. / Víctor Rodríguez

GOOGLE es un ignorante al que le dices Fernanda Romero y te habla de una actriz, modelo y cantante mexicana que protagoniza el culebrón Eternamente Tuya. Google no sabe que Fernanda Romero nació en Linares, se crió en Córdoba, la bautizó artista Juanito Valderrama, que la eligió porque a una bailaora se le dobló un pie; no sabe que se recorrió el mundo entero con la Piquer, con la que conoció a Rafael Farina en el entorno de su baúl; que fundó su propia compañía en la que contrató a su hombre y a Porrina de Badajoz. Que revolucionó el taranto, que sigue siendo una bailaora moderna y rebelde pese a que, olvidada por casi todos, no sólo por Google, ya murió hace quince años.

Herejía es una herramienta contra el olvido. Matilde Romero, la hija de Fernanda, forma parte del elenco. El Dios del baile también escribe con renglones torcidos. Con Juanito Valderrama y con la Piquer la bailaora hizo muchas veces las Américas, “estuvo cinco años sin pisar España”, y ha tenido que venir del otro lado del charco la persona que ponga pie en pared contra los arietes de la ingratitud.

Javiera de la Fuente (Santiago de Chile, 1988) podría ser la hija de Matilde Romero. Es cuatro años más joven que su hija, la cantante Tamara. Con el escaso bagaje de dos videos en youtube, vino de su país buscando la huella de Fernanda Romero. Javiera quería ser gimnasta rítmica, tuvo una lesión y lo cambió por la danza. Se aburría con las clases de sevillanas, un gitano argentino y una paya chilena le abrieron los ojos del baile flamenco. Fuego que avivaron Sara Baras, Eva la Yerbabuena y Farruquito cuando los vio bailar en su país.

Estudió Historia y su tesis oficiosa la iba a hacer sobre una bailaora sepultada por el olvido. “No es sólo Fernanda, es una época, un contexto”. Acudió a Belén Maya para que le ayudara a ensanblar texto y baile en esta “conferencia bailada”; a José Luis Ortiz Nuevo, que dirigió a Fernanda Romero en Hijos del hambre, para darle una dramaturgia. Con materiales de Quejío y de Carmen, de La Cuadra, con un incensario y un barreño del técnico Paco Maya, Javiera, compatriota de Pablo Neruda y de Bobby Deglané, dos chilenos que tanto hicieron por los españoles que se fueron y que se quedaron, pone a Fernanda Romero en su sitio.Matilde mueve las manos. “Mi madre era la única que tocaba los chinchines en el taranto”, y evoca a la artista que con ese instrumento, los crótalos árabes, conseguía la magia uniendo el índice y el pulgar. Pura digital.

“Era una mujer totalmente futurista, nunca iba a su edad”, dice Matilde, “mujer valiente, madre soltera, trabajó por su gente y no necesitó estar detrás de ningún hombre. Al suyo lo respetó. Era muy moderna, pero muy gitana”. Herejía se presenta mañana (21 h.) en el Teatro Távora.

En el olvido de Fernanda Romero hay lo que Javiera llama “un punto de inflexión”. Se refiere a la obra de Alfonso Jiménez Romero Oración de la Tierra, que se estrenó hace cincuenta años a partir de textos de Lorca y flamenco popular. “Le pusieron la etiqueta de roja y la castigaron”, dice su hija. Javiera asiente. “Dejaron de contar con ella, fue una catástrofe”. Por eso Matilde siempre estará en deuda con esta chilena que desertó de la gimnasia rítmica y de la Historia para recuperar el aliento artístico y vital de su madre. “Cuando se murió, nadie nos echó una mano”. Queda su arte y su instinto. “Cuando estrenó en el Lope Espiritismo gitano, Pulpón le habló de un guitarrista que estaba de permiso en la mili. Cuando lo vio tocar, sabía que había guitarrista para rato. Era Rafael Riqueni”.

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