Lora del Río está con el agua al cuello: "El muro de defensa es el héroe del pueblo"

La localidad más amenazada por el Guadalquivir, más la aportación del Churre, sigue bombeando su tanque de tormentas y las calles aledañas al arroyo tras ver cómo la lluvia hacía que las alcantarillas escupieran agua este sábado

Los vecinos, a pesar de los 40 desalojos y de que la corriente empieza a llegar a algunas casas, no se lo toman mal: "Hemos rezado a todos los santos para que lloviera, ahora tenemos que conformarnos"

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Lora del Río resiste la crecida del Guadalquivir gracias a su muro de defensa / José Ángel García

Lora del Río ha vuelto a vivir otra jornada más con un ojo en el Guadalquivir y otro en el arroyo Churre, y le habría hecho falta el tercero para el chaparrón "horroroso" que ha caído sobre las tres de la tarde, por si no tuviese ya suficiente agua encima. El resultado han sido alcantarillas saturadas e imbornales escupiendo borbotones hacia la calzada, además de varias decenas de desalojados en las casas del Calerín, el barrio que linda con el arroyo. Aunque más que arroyo sigue siendo un verdadero río que se ha comido toda la anchura de un cauce habitualmente casi seco, ha sepultado el puente romano y casi ha hecho lo mismo con olivos de dos metros de altura. Pero, por suerte, las medidas de contención y el promontorio que se levantó tras la riada de 2010 se han portado y han evitado que este festival de borrascas amenace de verdad con inundar el río.

"El muro de defensa es el héroe de Lora del Río, dice María José González Sánchez. Su empresa, Goara, ha proporcionado bombas y todo tipo de material para que los operarios municipales y sus refuerzos achiquen cuanta más agua mejor. Ella sirve de guía para entender lo que ha ocurrido en ese flanco del pueblo que da al Churre. "El cauce generalmente está casi seco. El arroyo nace en la Sierra de Constantina y por aquí desemboca en el Guadalquivir, pero ahora ya no corre hacia el río, ahora es el río el que se mete en el arroyo", explica mientras señala cómo la corriente, en efecto, marcha hacia el norte y no hacia el sur.

Hay dos lugares desde donde se aprecia perfectamente hasta dónde ha subido el agua. Uno es el callejón del Churre, separado del arroyo por una tapia que no es más que la prolongación del muro de tierra levantado hace década y media. "En 2010, antes del muro, por aquí íbamos en canoa", recuerda Juanma Campos. "Si no estuviese el muro, el agua llegaría hasta la avenida del Castillo. Está haciendo su trabajo", se felicita. Detrás, varios vecinos se asoman a la tapia y comprueban que el agua, sin la pared, está casi a la altura del pecho. Y sin el casi también.

El puente sobre el cauce del arroyo Churre, con los arcos ya casi desaparecidos por el agua, este sábado por la tarde.
El puente sobre el cauce del arroyo Churre, con los arcos ya casi desaparecidos por el agua, este sábado por la tarde. / José Ángel García

El segundo sitio es el puente que cruza el arroyo-río. Para llegar hasta allí hay que avanzar por la avenida del Castillo. "Te ha entrado, ¿no?", le pregunta María José a un familiar afanado en limpiar una gran nave con fregonas y escobas. "Hasta el corvejón", le responde antes de proseguir el paseo mientras saluda a diestro y siniestro, porque la crecida es la noticia del año y se cuentan por decenas los vecinos que se acercan al lugar. "Esto es la feria", bromean entre ellos.

Desde ese puente, con los vanos casi tragados por el agua hasta arriba del todo, se otea la tapia de antes y las cabecitas de los residentes asomando por allí con el agua por el cuello, nunca mejor dicho. A la derecha del puente está el Calerín, de donde el viernes fueron desalojados unos 40 habitantes. Se llama así esa manzana porque en esas casas se vendía cal en su tiempo. Y allí mismo está el polvero de Cubas Hermanos Rincón, pegado al arroyo y por tanto inundado. Una de sus responsables, Carmen Rincón, cuenta que este sábado estaban achicando con una bomba, pero entonces llegó el chaparrón, que "ha sido horroroso", y todo el trabajo se fue al traste. "Ya está el arroyo aquí", pensó cuando vio el agua asomando por el negocio.

Los vecinos se avían con racillones, que son como ladrillos grandes que sirven para tapiar la parte baja de las puertas e impedir que el agua se filtre en las viviendas, y con sacos de arena. Trabajan mucho pero no se quejan, porque ya en su día vivieron otras riadas y porque se ve que prefieren el sentido del humor al drama. "A mí me han avisado tras la tromba y cuando he entrado en la cocina estaba mi padre tan tranquilo con el agua por las piernas", dice Carmen. "Hemos sacado todos los santos del pueblo para que llueva. Ahora qué vamos a hacer, tenemos que conformarnos", añade María José.

Ahora bien, una cosa es conformarse y otra permitir que el agua alcance medio pueblo. Eso no ha ocurrido por ahora, primero por el enorme trabajo del muro de defensa y segundo porque los loreños también se han movilizado para ayudar a las autoridades a baldear el agua ya desbordada y la que ha caído a lo largo de todo este sábado, que ha terminado colapsando el sistema de aguas fluviales. Una empresa, por ejemplo, ha ofrecido un camión de bombeo que esta tarde andaba soltando enormes chorros hacia el Churre desde las casas de Nueva Andalucía. "Puede trasvasar 20.000 litros cada cinco minutos", asegura Juanma Campos. Y no es el único. En el tanque de tormentas ubicado en el antiguo cauce del Churre, también en peligro de no dar más de sí, la estación oficial de bombeo seguía erre que erre para mitigar la acumulación de agua. Y arroyo arriba, un poco más allá del puente del tren sobre el Churre, más de lo mismo.

Los loreños también tienen muy claro que lo que está sucediendo de una semana a esta parte se podría haber evitado, o al menos atenuado. La clave está en "dragar el arroyo y permitir que se saque grava y arena del fondo para dar cabida al río", coinciden María José, Carmen y Juanma. "Desde el puente del AVE hasta la desembocadura en el Guadalquivir, el arroyo está encauzado. Más fácil que lo tienen es imposible para meter la máquina...", lamenta Juanma.

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