El nacimiento: expresión de fe en la educación
La autora reflexiona sobre el verdadero significado de la Navidad y la sociedad de consumo
Educar a los niños en la fe es tarea responsable de la familia y la escuela católica. Y entre dicha responsabilidad se encuentra el enfoque del verdadero sentido de la Navidad: la venida al mundo de Jesús, Salvador nuestro. Porque el sentido de nuestra vida radica en este significativo hecho, la Navidad en los colegios debe iniciarse a comienzos del curso escolar.
El conocimiento del significado de esta celebración, no debe ser abordado exclusivamente al inicio del Adviento y mucho menos incitado por los mensajes publicitarios de esta sociedad de consumo, que nos bombardean a través de los medios de comunicación. Debe ser un proceso continuo, profundo y reflexivo, que día a día ha de crecer en la vida de los centros para destacar los principios de cada ideario católico compartido por todos los miembros de la comunidad educativa.
Llegar al corazón de los más pequeños de una manera acertada, enfocando el sentido que adquieren estas fechas sin equívocos, no es tarea sencilla ni puede ser focalizada sólo con actos festivos ni funciones específicas. La expresión del amor máximo que envuelve este acontecimiento transcendental que es el nacimiento de Jesús, no debe ser confundido ni quedar eclipsado por luces de oropel, que sin ser verdad, restan brillo a lo profundo. Mostrar a las familias lo que late en el interior de cada niño es la base de estas celebraciones escolares, y es lo que emociona realmente a los que participamos en ese proceso.
No queremos decir con esto que se minimice a nuestros niños el color de la fiesta, el recibimiento de regalos y el disfrute. Al contrario, se debe celebrar, pero sabiendo que la alegría que sentimos es encendida por la grandeza del Nacimiento de Dios.
De esta forma lo transmite nuestro papa Francisco: "Si quitamos a Jesús, la Navidad es una fiesta vacía. ¡Jesús es el centro!".
Eduquemos, por tanto, en la alegría de ser hijos de Dios, eduquemos en la alegría de sentirnos queridos y amados por Él. Los educadores somos portadores de ese amor que en todo el año debe ser transmitido y de manera especial en estos días.
El papa Francisco insiste: "Custodiad la alegría de los niños. No los entristezcáis". Deben crecer siempre con alegría, pues "la alegría es como la buena tierra, y un alma alegre es como la buena tierra, que hace crecer la vida y los buenos frutos".
Éste es el rasgo que nos distingue como docentes comprometidos que viven en la alegría del Señor y que transmitimos naturalmente a cada alumno del centro en lo pedagógico y en lo espiritual. Atender al crecimiento personal individualizado es tarea de todos y permitir que los niños expresen su sentir más profundo, fruto de una formación humanística fortalecida y coherente, forma parte de las estrategias metodológicas del centro.
El conocimiento y la expresión del sentimiento a través de la artística, canto, pintura, escritura, dramatización, les ayuda a recrear su sentir interior y les anima a la participación conjunta y a ser valorados ante sus amigos y familiares. Es ese el objeto de los preparativos que desde el colegio se han de realizar con mimo y dedicación para crear un camino de virtudes desde el corazón de cada uno hacia los demás.
Difícil reto el de familia y escuela en una sociedad dispuesta a ir borrando de nuestra memoria que la Navidad es la alegría y el convencimiento de que el amor de Dios se hizo carne para quedarse, y no una fiesta estacional por la llegada del invierno en la que un abuelo nórdico, vestido de rojo, llega a inundarnos de regalos. Buena ocasión para trabajar de forma especial la virtud de la generosidad y la entrega, enseñar a volver la mirada al de al lado, mostrar que existen miserias, injusticias, dolor y sufrimiento y fundamentalmente recordar que la única fórmula eficaz ante esto es el AMOR con mayúsculas en el ejemplo de Jesús.
Los directores de centros estamos obligados a mostrar claros patrones de lo que significó el hecho acontecido en Belén, muestra pura de amor intemporal, de generosidad y entrega. Vivamos sin complejos que esa grandeza reside en lo sencillo de lo cotidiano: prestar los materiales, ayudar a subir las escaleras al compañero, compartir en el comedor, acoger a los nuevos alumnos, cuidar las instalaciones y mil gestos que destierran aquello que nos frena en esa búsqueda de Jesús a diario. Vivir de cerca el papel de la Virgen María que confió plenamente en la palabra de Dios aceptando voluntariamente su destino, dando a luz con humildad en un pesebre al que sería Rey de los hombres.
Trabajemos la humildad en los colegios, poniendo el yo por detrás del tú, aceptando los fracasos como puente hacia el fortalecimiento personal y el aprendizaje, permitiéndonos el error, solicitando ayuda, perdonando y solicitando el perdón.
¿Son esas virtudes exclusivas de la Navidad? ¿Tienen caducidad como los polvorones o el turrón? Reflexionemos el por qué la Navidad debe comenzar en septiembre con el inicio del curso.
Celebremos la Navidad todos los días, acerquemos a nuestros niños la única verdad que es la de amar. Amarnos, cuidarnos unos a otros, atendernos, escucharnos, ayudarnos. ¿O eso no fue lo que hizo Jesús todo el tiempo desde su nacimiento? ¿Es que sólo queda vigente Su Palabra una semana o dos al año si nos referimos a la Semana Santa también?
Esa es la tarea del docente en la escuela: apagar las luces que nos deslumbran y nos alejan de la humildad y sencillez de quien nació una noche fría acunado en un pesebre.
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