No soy la niñera
La Sevilla del guiri
EL otro día vi a un hombre en la tele echando la culpa de su machismo a su madre. No fue la primera vez que he oído a un español posicionarse así. Me parece un recurso fácil, como si un hombre obeso dijera: "Soy así porque mi madre me dio de comer". Llega un momento en el que el amor propio debería surgir, ¿no?, cuando el hombre con tendencia a ser machista tiene que decir a su madre, a su mujer o a su novia que no, que quiere hacerlo él solo.
Aunque no soy partidario de justificaciones así de pobres, puedo dar fe de que hay muchas mujeres machistas, por lo menos aquí en Sevilla. Las encuentro casi a diario en la calle. Soy un hombre al que le gusta cocinar, hacer la compra, cuidar a sus propios niños. Elijo trabajar solo por la tarde -como profesor de inglés- para poder volcarme en cosas de casa. Mientras mi mujer está en la oficina trabajando, saco a mis dos hijos de la cama, los cambio, los visto, les doy de comer, y después los llevo a la calle, a la frutería, a la panadería, a la carnicería. Normalmente soy el único hombre joven comprando, y casi siempre el único comprando con niños pequeños.
Las miradas que recibo de mis compañeras de compra son una mezcla de lástima y alarma. Supongo lástima, porque piensan que mi mujer me ha dejado solo en este aprieto con dos niños sin su madre, y supongo alarma porque piensan que como hombre no hay posibilidad alguna de que tenga ni la más mínima idea de cuidar a dos niños indefensos. ¡Cuántas veces se han agachado sobre el carrito, y le han dicho a uno de mis niños, como si yo no estuviera, "¿dónde está tu mamá!". Y cuidado si uno de mis niños empieza a llorar o protestar. No os podéis imaginar el aluvión de consejos que me echan encima. Incluso algunas han intentado coger al niño en brazos. Estoy seguro de que, cuando salgo corriendo de la tienda, piensan que voy a ir desesperadamente en busca de la madre, y es todo lo contrario. Intento solucionar el problema solo, sin tanto jaleo y presión.
Quizás diréis que estos consejos no son el machismo, sino parte del carácter sevillano, que los recibiría incluso si me acompañara mi mujer. Es verdad que los recibimos, pero de forma mucho más vacilante, tienen tono de complacencia, sin la intención de rescatarnos.
Quizás penséis que las mujeres mayores son así, pero no la nueva generación. Pues mi experiencia con las muchachas sevillanas me demuestra que todavía tienen mucho machismo que superar. Aunque se vean modernas, y tengan estudios y pretendan querer emparejarse con un hombre apañado que compartirá las tareas de casa y de criar niños, a la hora de la verdad siguen poniendo en duda las capacidades del hombre.
Os pongo un ejemplo. Mi mujer y yo, después de tener nuestro primer hijo, descubrimos que seguía durmiendo por la mañana si, después del bibi, lo poníamos en nuestra cama. Todavía no podía darse la vuelta, entonces el truco no parecía peligroso. Seguíamos alargando su sueño así, incluso después de la baja maternal. Así que una mañana, estando mi mujer en la oficina, y el niño durmiendo en la cama de matrimonio, oí lo que pensaba que era un portazo en el rellano de nuestro edificio. Pero no, era la cabeza de mi niño contra el suelo, después de caerse de la cama. Gracias a Dios que no le pasó nada.
Admito que no era muy sabio usar durante tanto tiempo este truco de alargar su sueño. Lo fundamental fue lo que aprendimos mi mujer y yo. Al final lo que veo mucho más censurable que nuestro descuido es que cuando mi mujer les contó a sus amigas -la dicha nueva generación- lo ocurrido la reacción fue ésta: "¡Qué hombre! ¡Metido en sus cosas, el niño olvidado!". Pero estas mismas mujeres, después de escuchar una anécdota sobre un niño que, mientras estaba con su abuela, hizo añicos una mesa de vidrio con su cabeza y no le pasó nada, se encogieron de hombros y dijeron: "Son cosas que pasan cuando se cuida a un niño".
Claro, cuando está encargada una mujer, "son cosas que pasan". Cuando estoy encargado yo, "¡qué huevón!".
El otro día dábamos un paseo mi mujer y yo con nuestros niños y tropezamos con una vecina. Empezó a hablar con mi mujer, lamentándose por la situación de una hija suya que tenía dos niños pequeños y, puesto que trabajaba a jornada completa, a veces no podía llegar a tiempo a la guardería. Mientras yo entretenía a mis niños, la vecina me señaló y le dijo a mi mujer, "tú, como tienes la niñera en casa...".
Ojalá que tuviera la soltura para decirle a esta mujer: "No soy la niñera, soy el padre. Hay una gran diferencia".
Cuando no pueden menospreciarme como padre, atacan mi masculinidad. Mi mujer me dice que me tomo las cosas demasiado en serio. Y es posible que me recree un poco en hacerme el perseguido, que las sevillanas no son tan antiguas como me parecen. Al fin y al cabo, mi mujer es sevillana y no tiene prejuicios. O no exactamente. Digamos que tiene pocos. Una vez me llamó desde la frutería para preguntarme qué verdura necesitábamos. Después de colgar, sintió la necesidad de explicar al frutero que había olvidado echar un vistazo en casa. En palabras de ella, "no quería que pensara que controlas tú la casa".
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