Calle Rioja

La nominación de Martín Carpena

  • Nadie en la gala de los Goya tuvo la curiosidad de preguntarse o preguntar en público por qué se llamaba así el auditorio donde se celebró la ceremonia del cine español

Silvia Abril y Andreu Buenafuente en un momento de la gala. Silvia Abril y Andreu Buenafuente en un momento de la gala.

Silvia Abril y Andreu Buenafuente en un momento de la gala. / Chema Moya

AQUELLOS dos jóvenes vascos decidieron el verano del año 2000 darse una vuelta por Andalucía. Igor Solana Matarrán y Harriet Iragi Gurruchaga no habían venido a esta tierra por esas motivaciones románticas que desde confines muy lejanos trajeron a Richard Ford, Gerald Brenan, Wasington Irving o George Borrow. No venían a vender Biblias, hacer apuntes al natural de la Alhambra o recorrer los antiguos caminos de los bandoleros. Venían solamente a matar cumpliendo las indicaciones de la cúpula de Eta para la que trabajaban. Formaban parte del llamado Comando Andalucía. Cada vez que disparaban escupían sobre las sílabas de tan hermosa palabra, pero fueron coherentes con ese nombre: consiguieron sus objetivos criminales en Málaga, Granada y Sevilla. Este año se cumplen veinte años de aquella ruta sangrienta sellada en un manual de criminales sin escrúpulos.

Nadie en la gala de los Goya tuvo la curiosidad de preguntarse o preguntar en público en la interminable retahíla de entrevistas e intervenciones por qué se llama José María Martín Carpena el auditorio donde se celebró la ceremonia de entrega de premios del cine español. El Ayuntamiento honró de esa forma al concejal asesinado por Iragi y Solana el 15 de julio de 2000. Pretendía junto a su mujer acompañar a su hija, que tenía 17 años, a un concierto de Maná. Esa misma pareja de secuaces desalmados acabaron el 9 de octubre en Granada con la vida de Luis Portero, un jurista que era fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Una semana después ya estaban en Sevilla para asesinar al coronel médico Antonio Muñoz Cariñanos mientras pasaba consulta en su clínica de la voz y la garganta en la calle Jesús del Gran Poder.

Veinte años después, el alcalde de Málaga sigue siendo Francisco de la Torre, que en 2000, el año del mediático efecto finisecular, perdió a un concejal de su corporación y a su cuñado, ya que el juez Portero estaba casado con una hermana del alcalde malagueño. La gala de los Goya ha sido más soporífera que ninguna. La pareja de presentadores, Andreu Buenafuente y Silvia Abril, quisieron regalarle los oídos al presidente del Gobierno con un Cara al Sol progre formado con los títulos de las películas de Pedro Almodóvar con las que hacían un repaso de todos los mantras del gauchismo: violencia de género, memoria histórica, retrocesos sociales. Por las nominaciones, los gustos de los académicos se inclinan por hoyos, trincheras, madrigueras a la intemperie. Sólo la reflexión personal de Pedro Almodóvar, con su vida encarnada por Antonio Banderas, se hacía hueco en una noche marcada por las películas ambientadas en la guerra civil y la posguerra. Dos cintas, por otra parte, muy estimables. ¿A ningún cineasta le interesa el viaje macabro que el año 2000 emprendieron por tierras andaluzas aquellos dos salvajes a los que en cierta forma el cine español le debe que los últimos premios se hayan celebrado en el auditorio Martín Carpena de Málaga? Se dirá que Eta ya dejó de matar. Franco también y ahí sigue en el hit-parade del cinematógrafo.

Dos actores malagueños figuraban entre los cuatro nominados al mejor actor. Dos paisanos de Martín Carpena. A su hija le chafaron el concierto de Maná. Antonio Banderas fue el elegido con todo merecimiento. El actor malagueño más universal nació dos días antes que Alberto Jiménez-Becerril. Eran de la misma quinta, Banderas del 10 de agosto de 1960, el concejal sevillano asesinado por otros dos etarras en la calle don Remondo era del 12 de agosto de ese año. El jueves se cumplirán 22 años de su asesinato junto a su esposa, la procuradora Ascensión García Ortiz. Cada aniversario de su muerte suele coincidir con los Goya. En la gala de 1998, José Luis Borau, presidente entonces de la Academia del Cine, mostró desde el escenario sus manos blancas de indignación contra el crimen. ¿Esto no es también memoria histórica? A Martín Carpena, Portero y Cariñanos los mataron como a Lorca, pero no hay ningún Ian Gibson que los recuerde por lo que fueron, valientes que dieron su vida por los demás, por los que metieron en la urna una papeleta con su nombre, que al final terminó siendo la contraseña esquiva de su obituario.

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