Víctimas del terrorismo

"Nunca he vuelto a San Sebastián"

  • El ministro Grande-Marlaska le llamó el lunes y "creía que era Orange o Vodafone". Su padre fue uno de los cuatro policías asesinados por ETA el 14 de septiembre de 1982

José Miguel Cedillo, hijo del policía Antonio Cedillo, asesinado por ETA el 14 de septiembre de 1982. José Miguel Cedillo, hijo del policía Antonio Cedillo, asesinado por ETA el 14 de septiembre de 1982.

José Miguel Cedillo, hijo del policía Antonio Cedillo, asesinado por ETA el 14 de septiembre de 1982. / Juan Carlos Muñoz

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Podía ser una técnica de novelista. Supongamos que una editorial le hubiera encargado una novela sobre uno de los crímenes más sangrientos de la banda terrorista Eta. El hipotético autor se entrevista con el único policía superviviente, Juan José Torrente Terón. Han pasado 36 años y todavía tiene metralla en la cabeza. Sus cuatro compañeros fueron asesinados el 14 de septiembre de 1982. El autor viaja hasta Fuengirola para hablar con Sergio, que tenía tres años cuando perdió a su padre, Juan Seronero Sacristán, en el mismo atentado. José Miguel Cedillo (Sevilla, 1979) realizó esas entrevistas, pero su objetivo no era escribir una novela, sino rehacer su vida. Torrente Terón y Seronero Sacristán eran compañeros de su padre, Antonio Cedillo Toscano, aquel día aciago en el que José Miguel quedó "huérfano de padre y de Estado".

Todo acabó o empezó en un avión Hércules de las Fuerzas Armadas en el que aquel niño de tres años y medio volvió desde San Sebastián a Sevilla con su madre, María Dolores García Rodríguez, una viuda de 25 años, y un ataúd que contenía los restos de su padre. "Nunca he vuelto a San Sebastián, me da vértigo", dice José Miguel, a sus 39 años, padre de dos niños mellizos, Pablo y Martina, que tienen la misma edad con la que él se quedó sin padre. "Recuerdo perfectamente aquella mañana cuando se despidió, cada vez que volvía a casa yo le llevaba las zapatillas. Dibujé muchas veces el bloque donde vivíamos, una novena o décima planta, el sitio donde estaban los ascensores, donde mi madre borraba una pintada que decía Aquí vive un policía. Recuerdo todo menos su cara, es la pena que tengo. Mi madre me decía: por Dios, no le digas a nadie que tu padre es policía".

Con el cambio de Gobierno, José Miguel remitió una carta al nuevo ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, pidiéndole "que no falle a los huérfanos". Llevaba seis años de infructuosas gestiones ante los anteriores ministros del Interior, Jorge Fernández Díaz y Juan Ignacio Zoido. Lo único que consiguió del primero fue "una pensión por incapacidad laboral plena" que ha rechazado y su madre no consiguió que el segundo la recibiera. El lunes por la mañana llevó a sus niños al colegio, volvió a casa y se tumbó en el sofá "porque llevo malo toda mi vida". Sonó su móvil, "era un número de Madrid, pensé que sería de Orange o Vodafone. Una señorita me dijo que el ministro del Interior quería hablar conmigo. Me emocioné muchísimo. Si hay una persona que le ha plantado cara a Eta, es el juez Grande-Marlasca".

José Miguel Cedillo no tuvo una infancia normal. Creció sin padre y sin muchas cosas más. "Con cinco o seis años empecé a ir a psicólogos, con doce años era un adolescente con una agorafobia tremenda. Tengo una enfermedad autoinmune". Cree que por deformación profesional estudió Psicología, "hice la carrera con tranquimazin". Durante muchos años no asoció todas esas patologías con la pérdida tan brutal de su padre. Un día vio en el escaparate de El Corte Inglés un libro titulado Vidas Rotas. De esta obra escrita por Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey le llamó la atención el subtítulo: Historia de los hombres, mujeres y niños víctimas de Eta. Compró el libro y se encontró en la página 411 la historia de su padre. "Cuando leí cómo había muerto, pensé que tenía que hacer algo más. Vidas Rotas, el título no puede ser más oportuno. La mía es una vida rota, pero procuro recomponerla cada mañana que me levanto".

Si no tratara de su padre, podría parecer una película de Tarantino o David Lynch. Cinco miembros del comando Donosti tenían casi como rutina subir todas las mañanas cerca del Alto de Perurena, en las inmediaciones de Rentería, por si se encontraban con una patrulla policial. Como cazadores sin presa, durante 23 días volvieron con las manos vacías. El 14 de septiembre la suerte, disfrazada de guadaña, les iba a sonreír. Dos vehículos policiales pasaban por esa curva cerrada camino de la venta de Franchilla para desayunar. De regreso del aperitivo, se encontraron con el fuego cruzado de los cinco terroristas "emboscados en el terraplén", como se lee literalmente en el libro. Dos agentes murieron en el acto: Jesús Ordóñez Pérez, de 25 años, originario de la provincia de Jaén, y Juan Seronero Sacristán, de 35, asturiano de Gijón, padre de dos niños. También murió Alfonso López Fernández, 30 años, argentino de nacimiento y padre de una niña de tres años. Antonio Cedillo consiguió salir del segundo vehículo y pese a las heridas repelió la agresión y llegó a disparar a los terroristas. Logró caminar durante quinientos metros hasta Rentería. Tendido en la carretera, lo recogió el conductor de una furgoneta, a quien el policía le pidió que lo llevara a un hospital. Con tan mala fortuna que se cruzaron con el coche de los terroristas. Éstos obligaron al conductor a deterner su furgoneta, registraron su interior y al ver al policía herido lo remataron de un tiro en la nuca.

"A mi padre lo recogieron como un perro en la calle. Al día siguiente, durante el funeral, un policía amigo de casi todos los fallecidos, se pegó un tiro en la sien delante de todos nosotros. Eso te marca toda la vida". Los terroristas mataron a su padre y destrozaron a su madre. "Ella nunca rehízo su vida". María Dolores García Rodríguez fue delegada en Andalucía de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. "Terminó desencantada, hay más de treinta asociaciones, cada una con su parcelita, parece que hay víctimas de primera, de segunda y de tercera". El mensaje final de Eta le produjo perplejidad y para nada cicatrizó sus heridas. "No le han perdido perdón a mi padre, sólo se lo piden a los que llaman inocentes, ¿de qué era culpable mi padre? Pero yo sí he perdonado a los terroristas, porque tengo que vivir, no porque me saliera del corazón. A los que no perdono es a los que pudiendo hacer más cosas no las han hecho".

1982 es uno de los años con mejor prensa y literatura de la Transición española: el año del Mundial de Fútbol, del triunfo socialista en las elecciones del 28 de octubre. Entre ambos acontecimientos, una semana antes de que entrara el otoño, el sufrimiento se cebaba con cuatro familias y dejaba cuatro huérfanos. "Para mi madre, todos los septiembres son negros. Yo vivo en duelo permanente. Mi padre era policía por vocación, con rango militar y distintas condecoraciones. Sus padres no querían que se fuera al País Vasco. Mi abuelo tuvo que firmar su consentimiento y mi abuela nunca se lo perdonó". Ella murió con 91 años y no la recuerda un solo día que no estuviera llorando.

A José Miguel lo concibieron en el País Vasco, pero su madre bajó a Sevilla para dar a luz. En Donosti, bello topónimo que también daba nombre al comando asesino, aquel niño aprendió a caminar, a jugar, "hasta aprendí euskera". El año que matan a su padre ganó la Liga la Real Sociedad. "Él era futbolero, muy bético. Tengo una foto con Gordillo cuando el Betis fue a jugar contra la Real Sociedad". No ha leído 'Patria' de Fernando Aramburu, que también y tan bien retrata cómo el terror enturbia las relaciones y convierte al vecino en delator. "Dicen que el chivatazo a los terroristas se lo dio el dueño de la venta". Tres de los integrantes del comando murieron en diferentes enfrentamientos con las fuerzas del orden. Al hijo de Cedillo Toscano le sorprendió ver en la portada de un periódico al Carnicero de Mondragón, miembro de ese comando. "Cumplió 17 años de cárcel por 17 asesinatos". Vidas rotas y baratas: un año de cárcel por cada vida.

Piensa muchas veces en las últimas horas de su padre, "se le iba la vida a chorros y me imagino que en esos momentos pensaría en su mujer, en su hijo. Ese pensamiento no me deja dormir". Cuando se entrevistó con el único superviviente, éste le dijo "que me quedara tranquilo, que mi padre fue un héroe". Sergio, el hijo de otro de los policías asesinados, tiene ansiedad y depresión, ataques epilépticos, derrames cerebrales. Otro huérfano de su misma edad, que perdió a su padre el mismo día y en el mismo sitio. "La relación causa-efecto es evidente, por eso exijo que se nos reconozca como víctimas de terrorismo de pleno derecho". Cada 14 de septiembre no hay ramos de flores ni pancartas ni fotos de políticos. "Parece que todo eso es para lavar conciencias". El 14 de septiembre de 2017, cuando se cumplían 35 años del asesinato de su padre, decidió ponerse en huelga de hambre "igual que lo hacían los malos". Desistió porque ese día le diagnosticaron a su madre un cáncer. La viuda de 25 años a la que le rompieron la vida rota de su marido, aquel chico al que conoció en Olivares y con cuyos restos volvió desde San Sebastián. "Debería volver al País Vasco aunque fuera como terapia", dice ahora su hijo, aquel niño de tres años y medio que algún día tendrá que contarles a sus niños Pablo y Martina lo grande que fue el abuelo Antonio. Un héroe de cuento que se encontró una vez con el samaritano y dos veces con las mismas hienas que segaron su vida. La del héroe de la página 411.

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