Celta de Vigo-Sevilla FC | Resultado El Sevilla se pierde en su fútbol manso (2-1)

  • La casi nula capacidad del equipo de Lopetegui para crear peligro, incluso con un Celta entregado que perdía 0-1, lo condena a sufrir una remontada que lo desbanca de la Champions

  • Marcaron En-Nesyri, Aspas y Pione Sisto

Jesús Navas busca a un compañero ante Brais Méndez. Jesús Navas busca a un compañero ante Brais Méndez.

Jesús Navas busca a un compañero ante Brais Méndez. / EFE

Derrota muy dolorosa la que sufrió en Balaídos el Sevilla, cuyo hueco fútbol académico, cuyo juego manso hasta el hastío, le hace perder altura en la tabla hasta poner en serio riesgo sus objetivos. Y fue dolorosísima porque llegó en el alargue del encuentro, tras desperdiciar el 0-1 que hizo En-Nesyri en la primera parte ante un rival hundido en la tabla que era un manojo de nervios, y porque multiplica las dudas en torno al equipo de Julen Lopetegui, ya manifiestas ante el Mirandés y el Alavés.

Fue inconcebible encajar ese gol del empate de Iago Aspas al contragolpe en el minuto 78, cuando al Celta no le quedaba otra que ir con todo y a la desesperada, sacrificando su orden y hasta su físico. También fue inconcebible perdonar arriba de la forma que perdonó el Sevilla, no tanto por fallar ocasiones clamorosas, porque este equipo es tan inocuo que no las crea, sino por desaprovechar los latifundios que los célticos abrían en su retaguardia cuando, de perdidos al río, se destaparon de forma tan grosera atrás.

Con Lucas Ocampos de desgraciado barítono en ese recital de ataques malogrados, parecía cuestión de tiempo que cayera ese gol final del Celta que obrara como rejón de muerte. Y sobrevino en otro regalo, esta vez en un despeje corto de Vaclík con el pie. El diestro Pione Sisto la cruzó esta vez con su zurda y el cuero, tras rebotar en la cepa del poste izquierdo del guardameta checo, se coló en la portería para llevar el júbilo a la sufridora afición viguesa. Se ha especializado el Sevilla las últimas temporadas en reanimar a rivales en estado comatoso, y lo que ha venido siendo la comidilla de no pocos cenáculos sevillistas esta semana, esto es el temor de reincidir como resucitador, sucedió con toda su crudeza.

Ya ha cedido la preciadísima plaza de Liga de Campeones y, aun quinto, tiene al Valencia, séptimo, a sólo dos puntos con la seria amenaza de que la posición que hoy ocupa el equipo levantino no dé plaza europea la próxima temporada. Ojo, que no sólo peligra la zona VIP del fútbol continental, sino también el billete para una Liga Europa que, no se olvide, acabará con la final en Nervión.

Fue un Sevilla rompedor el que dispuso Julen Lopetegui sobre el húmedo y pesado prado vigués. Por nombres, y por sistema. Trocó el 4-3-3 tan habitual con el vasco por un 4-2-3-1. El cambio, sobre la pizarra, buscaba más protagonismo en la mediapunta, ese nexo que en el Sevilla apenas ha unido nada esta temporada por la ausencia de jugadores que la reciban de espaldas ante las barbas de los defensores rivales. En ese interlineado, Suso estrenaba titularidad por la derecha, a la siniestra Lucas Ocampos amenazaba con disparar el cañón de su pierna derecha, y por dentro pululaba el Mudo Vázquez, acaso el rematador más acreditado desde la segunda línea.

Todo eso, como siempre pasa en el fútbol, pintaba bien en la teoría. Luego, en la práctica, el Mudo fue más perseguidor que perseguido, Suso tardó en cogerle el pulso al partido y Lucas Ocampos estuvo impreciso. Sobre todo en su mano a mano ante Rubén Blanco, después de que Murillo fracasara al intentar cruzarse en un balón largo para dejarle el camino expedito al argentino hasta el portero olívico (41’). A Ocampos se le fue el toque previo al remate un tanto largo y ya al picarla, no elevó el balón lo suficiente y Rubén sacó la mano.

Mejor había resuelto En-Nesyri su mano a mano 18 minutos antes. Esta vez fue el lateral izquierdo Olaza quien se enredó con el balón y facilitó el robo del marroquí, quien aprovechó su zancada, su frialdad y su calidad para picar el cuero con su zurda y poner por delante al Sevilla.

El Celta había arrancado mejor. Vaclík, mucho mejor con las manos que con los pies, regaló un balón a Smolov (5’) y Diego carlos desequilibró lo suficiente a Aspas tras error en el pase de Jordán en la salida (6’). Óscar García Junyent metió a Rafinha como mediapunta, con el turco Okay Yokuslu y Fran Bertrán en el doble pivote. Y el ex barcelonista hizo daño con sus controles y giros en zonas interiores. Jordán y Fernando sufrieron mucho, más aún con el cansancio y los espacios, y Lopetegui no tapó ese agujero. Así que en uno de tantos centros inocentes de Navas, Rubén blocó, montó la contra y tras arrancar Okan, Rafinha volvió a prender la mecha con su pase a Aspas. Escudero tuvo que acudir a tapar a Rafinha, y Fernando claudicó ante la irrupción a su espalda del ex sevillista, que tras driblar a Vaclík, chutó raso, fuerte y con poco ángulo. Diego Carlos, en su intento de despejar, la empujó a la red.

Entre la clarísima ocasión que falló Ocampos para el 0-2 y el empate, tampoco es que el Sevilla fallara ocasiones meridianas. Ni siquiera tuvo colmillo para gestarlas a pesar de lo fácil que lo tuvo. Lopetegui movió fichas pasada la hora de juego: Banega por Suso, Ocampos a la derecha y Vázquez a la izquierda. Y aunque el Mudo mejoró y dio profundidad, ni En-Nesyri, torpe en la línea del fuera de juego, ni luego De Jong, torpe en una incursión de Ocampos que pedía el desmarque al primer palo y no al segundo, sacaron al Sevilla de su juego manso, hueco.

Si en salidas anteriores, como Granada, Vitoria o Valladolid, la apuesta por el control con tibios riesgos ofensivos gestaron victorias apuradas, hoy que los defectos ofensivos pesan más que el orden defensivo, los puntos se van por el sumidero. Y mientras, las dudas sobre la idoneidad del método de Lopetegui crecen y crecen. Momento crítico el del Sevilla.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios