Sevilla-Eibar | Crónica

Un desastre de equipo con orgullo (2-2)

  • El Sevilla se parece al que se diluye lejos del Ramón Sánchez-Pizjuán y sólo iguala en el arreón final ante el Eibar

  • La escuadra de Machín se desentendió de la pelea

  • La reacción llegó tras la expulsión de Banega

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El Sevilla es ahora mismo un desastre de equipo con orgullo. Ésta sería la definición más aproximada de las sensaciones que transmite en estos momentos la escuadra de Pablo Machín, al menos cuando actúa al calor de los suyos, que otra cosa bien diferente es cuando ejerce como forastero y es incapaz de rebelarse contra las circunstancias. Los blancos fueron capaces de rescatar un punto ante un Eibar tremendamente superior cuando ni el más recalcitrante de sus seguidores apostaba ni un solo euro por esa posibilidad.

Pero este Sevilla tiene amor propio, es capaz de saltar con brío desde el agujero más hondo y eso se hizo evidente en el arreón final de un litigio que ya parecía sentenciado cuando Banega vio su segunda tarjeta amarilla y cuando Iglesias Villanueva consultaba con el auxiliar del VAR sobre la validez, en este caso justo lo contrario, del tanto anotado por Kike García. Hubiera sido el cero a tres con el tiempo prácticamente cumplido, pero las imágenes evidenciaban que la posición del futbolista del Eibar era ilegal.

Pese a ello, el diálogo entre los dos árbitros se prolongó durante más de un minuto mientras el Ramón Sánchez-Pizjuán bramaba más por impotencia que por la esperanza de rescatar algo de los puntos que estaban en juego en una tarde que ya se había dado por tirada con toda la razón por los anfitriones. Pero no, este Sevilla, como anfitrión, tiene un aura especial. Buena suerte o como se le quiera denominar, el caso es que lo busca hasta el último aliente y, a veces, como en esta cita contra el Eibar, pues lo encuentra.

Vaya si lo halló, cuando todo parecía ya destinado a contar un desastre de magnitudes parecidas a las acaecidas en Vigo contra el Celta y en tantos y tantos desplazamientos en los últimos tiempos surgió ese chispazo. Primero fue a través de una pared en el borde del área entre Ben Yedder y Sarabia que el parisino aprovechó para superar a Asier Riesgo en su salida. Era el uno a dos, el típico coletazo del animal herido que sólo se puede traducir en un engordar para morir.

Insisto, con este Sevilla tan cargado de orgullo y de calidad, por qué no puntualizarlo también, en sus filas cualquier cosa puede acaecer y que pasó fue que un centro cerrado de Promes fue desviado con clase por Sarabia en su llegada desde atrás para anotar el empate a dos. Los seguidores de la fe balompédica radicada en Nervión se tenían que pellizcar para creérselo incluso, pero en ese momento no había nadie que no pensara ya que aún habría tiempo para materializar la remontada.

Y la tuvo, vaya si la tuvo, en una pelota que le cayó al jovencísimo Bryan dentro del área del Eibar, pero su remate, con un bosque de piernas entre la portería y él, se estrelló en un defensor del equipo vasco. Hubiera sido ya el colmo de los colmos, pero esta vez el balón se quedó en el camino. Aunque qué más da, en una Liga con los equipos tan igualados encontrarse de esa manera con un punto es poco menos que un tesoro.

Las imágenes del Sevilla-Eibar Las imágenes del Sevilla-Eibar

Las imágenes del Sevilla-Eibar / Antonio Pizarro

Porque si se obvia ese arreón final tan cargado de orgullo, y que nadie malinterprete este análisis parcial porque siempre tuve claro que un partido de fútbol no acaba hasta que el juez pega sus tres pitidos finales, el juego del Sevilla fue un verdadero desastre desde que se viera ahogado por el Eibar con su presión en el arranque del litigio.

Mendilibar le ganó con claridad a Machín en el juego de los dibujos tácticos, las flechas y demás aditamentos de los que precisamente ellos huyen más que nadie, al ser ambos más prácticos que teóricos. Pero lo cierto es que el Eibar parecía que jugaba con 12 mientras que los sevillistas, por el contrario, lo hacían con diez. Era tal la diferencia de intensidad, de chispa, incluso de precisión en los pases, que los vascos le pegaban un baño a su rival de consideración.

El Sevilla, ante ese agobio y con Wöber, Carriço, Escudero y Roque Mesa como novedades respecto a la última cita contra el Celta, se puede decir que dimitió pronto de la pelea. Se sintió tan ahogado por la presión de Eibar que en ningún momento fue capaz de encontrar la fórmula para evitarla. La solución fue pegar algunos pelotazos arriba que trataron de pelear tanto Andre Silva como Ben Yedder, pero ni uno ni otro tenían posibilidades ciertas de hacerlo con éxito. Es decir, balón para el Eibar y nuevo ataque.

Hasta que Orellana acertó y al Sevilla sólo le quedó apelar al orgullo tras el intermedio, algo que tampoco le dio mejores resultados. El Eibar, incluso, anotó el segundo en un córner pésimamente defendido por Sarabia, primero, y por Wöber, después. El Sevilla, por mucho que Machín fuera apelando a Jesús Navas, Franco Vázquez e incluso a la vía de aire fresco de Bryan, ya estaba noqueado y más cuando Banega vio la segunda tarjeta. Pero esto es fútbol y todo varía en una décima de segundo. El orgullo, ese bien tan preciado en el fútbol, rescató a los sevillistas y les dio un punto que no puede ocultar que en estos momentos son un verdadero desastre de equipo, pero que quién sabe el valor que puede tener a la hora del recuento final.

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