El Sevilla, rojo del susto

Córdoba-Sevilla | La crónica

El equipo de Lopetegui necesita de un gol de Ocampos en la prórroga, tras la progresiva entrada de los titulares desde el banquillo, para apear a un heroico Córdoba en la Copa

Ocampos toca levemente la pelota y burla la salida de Felipe Ramos para hacer el único gol.
Ocampos toca levemente la pelota y burla la salida de Felipe Ramos para hacer el único gol.

Al Sevilla se le atragantó el primer sorbo de la Copa de tal manera que en el Nuevo Arcángel, ante un Córdoba dignísimo, competitivo, valiente y heroico, puso en serio riesgo su vida en este torneo al que Luis Rubiales tanto picante le ha puesto con las eliminatorias a partido único en casa del de inferior categoría. Tuvo que llegar a la prórroga, al minuto 108, para aclarar su futuro un equipo que, hace unos meses, estuvo a un minuto de meterse en la final de la anterior edición. Son las cosas de una competición con un sabor intenso y especial.

Julen Lopetegui pretendía, de salida, que Lucas Ocampos contemplara la victoria sevillista desde el banquillo. Y decidió tras la larguísima parábola de Montiel, que desencadenó el gol después de que el argentino burlara la salida de Felipe Ramos tocando levemente la pelota y marcando a puerta vacía. Koundé tuvo que salir en la prórroga porque Rekik se resintió. Antes, también Delaney (38’) y Gudelj (46’) tuvieron que abandonar el terreno de juego por problemas físicos y sus respectivos sustitutos, Joan Jordán y Diego Carlos, no pudieron descansar lo que pretendían cara a la intensa batalla que se espera ante el Villarreal el sábado en Nervión.

El Sevilla tuvo que emplearse a fondo y más con el grueso de sus titulares habituales. Y con la carga añadida de la prórroga. Entre los contratiempos físicos y el mal desempeño de la primera parte ante un Córdoba bien plantado y atrevido, los sevillistas tomaron la autovía de regreso ciertamente cansados. Y aliviados. El susto no fue pequeño. Incluso el Córdoba tuvo un último tiro de Willy en el minuto 120, centrado y flojo a las manos de Dmitrovic, para forzar la tanda de penaltis, con su relativa carga azarosa.

Óscar Rodríguez, el mismo que dio la cara y resolvió los trámites de Lucena o Linares en la pasada Copa del Rey, fue el vívido reflejo de la inoperancia sevillista en la primera parte. El madrileño destiló incluso una dejadez en su juego, como si no fuera con él la cosa, que lastró cada jugada que pasó por sus botas. En lo único que medio pareció el jugador por el que el Sevilla pagó 13,5 millones de euros fue en algún golpeo a balón parado, como una falta desde la derecha que Munir cabeceó a las manos de Felipe Ramos (41’). Pero con el balón en movimiento, empeoró cada jugada que pasó por sus botas.

A su lado, Óliver Torres le puso al menos empeño, pero salió esa versión de Óliver oscura, que tiene desajustado el punto de mira con el balón y que sin él, fracasa en cada pequeña disputa.

La tercera pata de la desvencijada mesa del centro del campo la compuso Delaney, desconocido en su fútbol intrascendente, de pase atrás, nulo riesgo e incluso endeblez física: algún cordobesista le robó la cartera. El danés no tenía buenas sensaciones en la hierba cordobesa y con razón: a la media hora sintió unos mareos y se tuvo que marchar.

El plan de Julen Lopetegui de salvar el primer escollo copero con el mínimo gasto de los que serán titulares el sábado ante el Villarreal se torció ya con la entrada de Joan Jordán a los 38 minutos.

Y lo peor, cuando el partido llegó al intermedio, es que los algo menos de mil sevillistas que lo veían en la grada se convencieron de que, para derrotar a este Córdoba bien plantado y animoso, iba a ser necesario el concurso de más actores principales.

Para encauzar citas de este pelaje, es vital salir con plena intensidad, recordarle al de enfrente las varias categorías que median entre uno y otro en cada balón dividido, en cada concesión atrás, que el Córdoba las hizo por su propia condición: la Segunda RFEF le puede venir corta a los blanquiverdes, pero entre su nivel y un equipo de Champions debe haber un largo, largo trecho. Y en la primera parte, apenas lo hubo.

De hecho, el primer aviso serio lo dieron los anfitriones. El ex sevillista Simo, que es una anguila en ciernes, dejó atrás a Munir y Delaney, quebró a Montiel en la línea de fondo y sacó un buen centro al corazón del área que cabeceó Puga y obligó a Dmitrovic a sacar la mano (16’).

Lopetegui alineó a Iván Romero arriba (también quiso dar descanso a Rafa Mir y volvió a fracasar), pero el canterano jugó muy desasistido, Óliver y Óscar jamás engarzaron juego en tres cuartos de campo y Munir, una vez más, fue una sombra por la derecha. Idrissi, por la siniestra, al menos chutó, lo que es noticia en este equipo que apenas dispara: a los 27 minutos sacó los puños Felipe Ramos y empezó su recital de paradas. Otra jugada de Idrissi la remató fuera Iván Romero por poco en un buen giro de su tobillo derecho (36’). Pero Lopetegui, como cualquiera que sepa comprobar que el balón es una esfera, percibió que al Sevilla no le llegaba con esa aptitud... y actitud.

Entró Ocampos para la segunda parte por Idrissi, Munir se fue a la izquierda y el Sevilla sí tuvo diez minutos de acoso franco. Iván Romero casi caza una desde el suelo, luego peinó otra. Con Rafa Mir aparece más remate, no pocas veces afinado, pero la pieza que ajusta de verdad el juego de los de rojo es el Papu, que ingresó por el negado de Óscar en el 74. Ya asistió a Munir en el 90, pero el portero la rechazó junto al palo.

Ya en la prórroga, el propio Papu fue el que probó a Felipe (98’) y, con el Córdoba cansado por el mayúsculo esfuerzo –los cambios lo reactivaron en la segunda parte, pero el añadido se les hizo ya largo–, el argentino se adueñó del balón y al fin hizo daño por dentro.

Con su zigzagueante juego, desgastó al Córdoba, que jamás claudicó: de hecho el gol se gesta con la zaga blanquiverde muy arriba. Montiel sacó el tiralíneas, Ocampos cabalgó y todo el Sevilla, rojo del susto, respiró aliviado.

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