La evolución de Jordi Évole

Desmontando 'Salvados'

  • Aquel programa de La Sexta con el que El Follonero salía a la calle, pasó de la broma a los políticos a investigar dramas como el accidente del Metro de Valencia

Jordi Évole en el cara a cara entre Pablo Iglesias y Albert Rivera en el bar del Tío Cuco Jordi Évole en el cara a cara entre Pablo Iglesias y Albert Rivera en el bar del Tío Cuco

Jordi Évole en el cara a cara entre Pablo Iglesias y Albert Rivera en el bar del Tío Cuco / Atresmedia

Jordi Évole, siempre en camisa a cuadros, sólo le ha bastado la mesa de un bar, el del Tío Cuco en Nou Barris, en Barcelona, para montar un programa que vieron 5,2 millones de espectadores. Salvados es televisión elástica y libre que con sólo una voz en el momento adecuado (da igual si el lugar no es el adecuado) se convierte en impacto, noticia por sí misma. Salvados, que ha contado con su agenda propia y ha apretado las clavijas a empresas y partidos, ha ocupado primeras planas y riadas dominicales en las redes sociales. Esta noche será la última con él como conductor.

Cuando en estos tiempos se montan los shows en los estudios con más focos y pantallas, Évole revalorizó la televisión sin plató y demostró que la palabra también es imagen. En el Tío Cuco sólo necesitaba enfrentar a quienes los contribuyentes querían ver hablar cara a cara: Pablo Iglesias y Albert Rivera, los rostros de la nueva política. Fue el 18 de octubre de 2015 y ya nos parece otra época. La nueva política envejeció como una oveja clonada. La entrevista de Évole a Pablo Iglesias en unas escaleras en Ecuador en octubre de 2014 reunió a 5 millones de españoles. Era el momento de Podemos. Yde Salvados. Poco antes Évole llevó al líder de ERC, Oriol Junqueras, a charlar con una familia de Gines, una idea acertada aunque de dudosas pretensiones. De aquella entrega sevillana llegaron los aires que se envenenarían rápidamente. Junqueras sólo tiene altura en su tierra y sólo es capaz de convencer a quien está ya dispuesto a convencerse tras lustros de propaganda intravenosa.

Cataluña fue una piedra en el zapato del prestigio de Évole, acusado de equidistante y colocado en una situación incómoda. En el otoño de 2017, cuando más le necesitábamos todos tras el sinsentido del 1 de octubre, se fue a Siria y después a ver a Nicolás Maduro. Cuando reunió a Artur Mas y Rodríguez Zapatero el público entendió que era tarde. Salvados en parte dejó de ser lo que llegó a ser y entre entregas que arreaban a la iglesia, al ejército, a las instituciones europeas sobre la inmigración o a la monarquía, la parroquia llegó a quedarse por debajo de los 2 millones, cifras de cuando La Sexta la veían unos pocos. Bajando a las cloacas fue el omega del alfa, la entrevista a José Barrionuevo, en 2009, el día en que podríamos decir El Follonero desapareció para dejar a solas a Évole.

El Papa (pelotazo internacional ante 4,1 millones de seguidores) marca un non plus ultra y aquel chaval que narraba partidos de Tercera desde Cornellá antes de entrar en Buenafuente ha entendido que su personal y valiosa criatura puede estar en otras manos, en las de Gonzo, y por su influencia puede hacer otros formatos.

Da un paso similar como cuando de estar en la grada, insolente, ante su jefe Andreu, El Follonero salió a la calle para hacer Salvados por la campaña, con motivo de las elecciones, y poner en aprietos a lo Caiga quien caiga a los políticos. En La Sexta que andaba a trompicones en 2008 fue un hallazgo. Se le quedó el nombre, Salvados, y el hasta entonces personaje secundario se convirtió en el más listo de la clase de Antonio García Ferreras (que entonces no salía en pantalla) y el superintendente José Miguel Contreras. Cuando en 2008 El Follonero fue al Vaticano quería que canonizaran a Jiménez Losantos, némesis de La Sexta, y vía una pareja le entregó a Benedicto XVI la guitarra del Chiki-chiki. Cuando Évole regresó a Roma le entregó a Francisco un trozo de concertina de la frontera de Melilla, otro de sus memorables reportajes. Entre uno y otro programa dista el camino de cómo se ideó este espacio en El Terrat y donde, con el respaldo de una Atresmedia que siempre lo ha defendido, lo deja el ahora propietario de Producciones del barrio, su empresa propia. Salvados es también Ramón Lara y un equipo capaz de crear intros diferentes y cinematográficas en cada entrega.

El programa más visto no vino a dar credibilidad a Évole, pero sí demostró su capacidad de influencia. Operación Palace, un mockumentary que fantaseaba sobre cómo José Luis Garci montó el 23F como una película, fue seguido por casi 5,3 millones de españoles que casi todos cayeron en la trampa, vistas las caras de Iñaki Gabilondo y Fernando Ónega. Alfonso Guerra, uno de los que no quiso participar en el troleo, ha sido uno de los últimos entrevistados y quien mejor ha desarmado al egregio entrevistador que, ciertamente, le quedan pocos personajes a los que interrogar. Le quedan todos los Reyes de la baraja mediática. Todos los políticos, incluso Mariano Rajoy cedió en la Moncloa, accedieron a Évole en el momento preciso aunque charlas como la de Arnaldo Otegui no fuera entendida en su contexto.

La impresión ante el falso documental del 23F ratificó que la vertiente más certera de Évole se encuentra en la investigación. En su insistencia y documentación, con la tablet en ristre. Mantiene las esencias de cuando era un becario tal vez por eso, antes de que sea tarde, Évole prefiere respirar por otra ventana. Sólo por Los olvidados, su programa en el que rescató la tragedia del desprecio del gobierno popular valenciano a las víctimas del accidente del Metro de Valencia Salvados se merece un lugar de privilegio en la historia de la televisión en España.

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