Bulos y fake news

El perrito Ricky, el padre de todos los bulos

  • Se cumplen 20 años de la falsa anécdota de una niña, un bote de mermelada, una mascota y Ricky Martin que nunca aparecieron en 'Sorpresa, sorpresa'

Comentarios 3

Vaya por delante que a día de hoy todavía hay que responder a esta pregunta. “¿Existió realmente el vídeo de la chica, el perrito Ricky, la mermelada y Ricky Martin escondido en un armario a la espera de salir en Sorpresa, Sorpresa? No. Rotundamente no. Fue la invención de alguien muy hábil, un bulo que se le fue de las manos a los medios de entonces (no había aún redes sociales) y que se desbocó en una sociedad española tan impresionable e ingenua como cotilla. Los programas del corazón en el invierno de 1999 estaban en mantillas de todo su potencial.

La interconexión inmediata entre nosotros aún iba a pedales (las tarifas de los móviles costaban un pico y el correo electrónico era todavía un pedazo de invento por explotar). Y sin embargo, todo el mundo dio por hecho de que en Sorpresa, sorpresa hubo una niña captada por el programa que en la intimidad de su cuarto le daba a la lubricidad de la mermelada (foie-gras, mantequilla, según versiones).Con la mascota al quite para pasmo de la audiencia de Antena 3, con el cantante de moda aborchonado en un cuarto oscuro y con Isabel Gemio (cuando el programa ya lo presentaba Concha Velasco) pidiendo cortar la emisión. Todos era ingredientes apetecibles para la maledicencia. Poco tiempo antes ya había sucedido algo parecido con la caza de brujas del caso Arny de Sevilla.

Si había famosos (con carga homosexual) y programas con aura antipática de por medio el público estaba dispuesto a creer lo que realmente nunca había sucedido. Y a día de hoy es lo que bulle en internet con cientos de bulos por metro cuadrado, fomentados por intoxicadores, activistas insanos y bots, para complacer a creyentes y engañar a polemistas de gatillo fácil.

Aquello sucedió entre febrero y marzo de 1999, en el contexto de la cadena que entonces llevaba dos años controlada por Teléfonica, cuya cúpula era afín al poderoso y criticado presidente José María Aznar. España iba bien según la consigna, cualquier atisbo de corrupción conducía sordo por las cañerías, así que una noticia falsa contra Antena 3 (y Vía Digital, rival de Canal Satélite, Canal +) atizaba al espíritu eufórico del arrogante gobierno aznarista, siempre dispuesto a las represalias.

Lo del perrito Ricky bien pudo ser ideado como una broma de estudiantes, puede, aunque el punto de partida viral se produce en la madrugada de la Cadena SER, del Grupo Prisa, en el nocturno Hablar por hablar, donde un joven alarmado quería indagar en esa anécdota que le han contado. Bla, bla, bla. Al amanecer la noticia falsa se desmandaba.

En apenas unos días la burbuja englobó a todo el país, que con aire inquisitorial ponía el dedo índice contra la televisión. Los realities estaban a punto de inventarse en los Países Bajos y Gran Hermano llegaría a España un año y medio después: se convirtió en la comida necesaria para saciar tanta evidente demanda de cotilleo y destripamiento. Un servicio público por atender.

El asunto acaba en la Fiscalía de Menores

Y a raíz de tanto cotilleo, con cada español conociendo a un cuñado, primo y amigo que había visto el Sorpresa, sorpresa, con todo detalle de la impresión de Ricky Martin (que no había salido del armario, pero del que muchos daban por sentadas sus inclinaciones sexuales), la anécdota falsa llegó hasta la Fiscalía de Menores de Madrid. Con una denuncia de Prodeni, la Asociación Pro-Derechos del Niño, que exigía el visionado del programa y que se tomaran medidas contra quienes habían humillado a la niña (imaginaria). Una menor que nadie localizaba en el mapa pero que era de Málaga, de Sevilla, de Valencia: de lugares probables. Una niña avergonzada que con la maquinaria a todo gas había sido maltratada en su colegio e incluso se había suicidado. Aquel bulo no tenía freno en su rizado.

La dirección de la cadena y del programa (el productor ejecutivo italiano Giorgio Aresu) tuvieron que convocar una rueda de prensa para desmentir un hecho que nunca había sucedido. El 16 de febrero de 1999 se exhibió el vídeo íntegro del programa del 5 de febrero para mostrar que nunca existió un perrito Ricky ni nada parecido y que, como ya había insistido la discográfica de Ricky Martin, el cantante puertorriqueño no había pisado España desde el mes de diciembre.

Concha Velasco tuvo que aparecer en su propio programa y negar que hubieran acontecido aquellas refriegas apócrifas. Pero la marca Sorpresa, sorpresa estaba tocada del ala y el programa no volvió a remontar. Ni en aquella temporada ni cuando se ha intentado rescatar el formato.Las sorpresas sentimentales en la tele se tiznaron de suciedad en el imaginario colectivo.

Y en aquellos comentarios se insistía en Isabel Gemio, que no es de la personas que más simpatías arrastre en España y que estaba en el punto de mira de los paparazzi por entonces, cuando el programa estaba en manos de Concha Velasco. Junto a ella, el malogrado Pepe Carroll de colaborador (fallecería de un trastorno depresivo años después), relevando a Rody Aragón.

El show de anónimos sorprendidos llevaba cuatro temporadas de éxito pero para la edición de 1999 Gemio, que venía de Lo que necesitas es amor, no siguió. Aresu optó por “la Raffaella Carrá española”, una Concha Velasco que había terminado en el teatro con La rosa tatuada tras un maratón de varios años de televisión como la actriz mejor pagada de nuestro país (y con su marido Paco Marsó con los bolsillos rotos, pero eso es otra historia).

El 22 de enero de 1999 regresó Sorpresa, sorpresa con la vallisoletana aplicando más baile y actuaciones en un programa donde cualquier historia lacrimógena disparaba los pioneros audímetros. Aresu estaba acostumbrado a apretar las clavijas a la redacción en busca de llegar más lejos para conmover en el plató y en las casas. Ya en la anterior temporada fue sorprendida una niña vivaracha que mientras estaba tomando la cena fue a la puerta de su casa para encontrarse con el madridista Fernando Redondo, ídolo del momento.

Aquella menor con gafillas hecha un manojo de nervios fue seguro la inspiración para los autores del bulo y la imagen más próxima que tenían los espectadores para dar por hecho la existencia de un perrito obediente, victorioso a la niña de la curva, el bulo más universal. Desde España ya habíamos exportado noticias improbables como la gata con alas o las caras de Bélmez que nutrían los periódicos amarillos y las gacetas paranormales.

Dos meses después de tener que desmentir algo que, con sinceridad, era imposible de que hubiera sucedido, Sorpresa, sorpresa, tan caro de producir y tan rápidamente desgastado, dijo adiós. No había funcionado en audiencia pero había tenido una media de 3 millones de espectadores y un 24,6% de cuota, una cifra que en estos momentos ya no alcanza ni lo más visto, El Hormiguero, y un share que a estas alturas sólo logran por la noche los realities de Telecinco (la parcela ya estaba delimitada).

A partir de entonces fabricar las fake news iba a ser más sencillo, aunque sin la efectividad viral que tuvo aquel boca a boca de 1999. Julia Otero, Arturo Pérez-Reverte, Susanna Griso o Lucía Etxebarría ya saben lo que es que rulen escritos tóxicos por las redes firmados falsamente con su nombre.

El planeta entero no salía de su bochorno cuando un muñeco G.I. Joe se convertía en un soldado secuestrado en Iraq o un matrimonio estadounidense decía haber perdido a su hijo en un globo llevado por el viento.

En un mundo donde todo el mundo lleva una cámara de fotos la verdad y la mentira se captan de manera instantánea. El mérito de aquel bulo de 1999 era que nunca tuvo imágenes. Todo fue producto de una maliciosa imaginación colectiva.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios