arte

Honores a Murillo, el decano

  • La Sala Santa Inés acoge 'Quatrocientos años después', la cuarta exposición del Año Murillo, una colectiva en la que los profesores de Bellas Artes reinterpretan el imaginario y las claves del pintor

El 11 de enero de 1660, junto a otros colegas -entre ellos, Valdés Leal y Herrera el Mozo-, Murillo fundó en una dependencia de la Casa Lonja (el actual Archivo de Indias) la Academia del Arte de la Pintura, una institución concebida en principio únicamente para esta disciplina, aunque pocos años después se abriría también a la escultura. Disuelta en 1674 por las desaveniencias entre sus miembros y debido también a las dificultades económicas, esta institución es, tras la Academia de San Lucas de Madrid, creada en 1603, la más antigua dedicada a la instrucción artística conocida en la historia de España. "Por eso decimos, entre comillas, que Murillo fue nuestro primer decano, el antecedente más remoto de la actual Facultad de Bellas Artes", dice José María Sánchez, decano actual de esta institución de la Universidad de Sevilla que se suma a la celebración del IV Centenario del nacimiento del maestro barroco con la exposición Quatrocientos años después. La Academia de Murillo y la Facultad de Bellas Artes, la cuarta del Año Murillo tras las inauguradas en el Museo de Bellas Artes, Santa Clara y la Catedral.

Inaugurada ayer en la Sala Santa Inés, donde podrá visitarse hasta el 28 de febrero, la exposición ha sido comisariada por los profesores Fernando Infante y Marisa Vadillo y sirve también de recordatorio y reivindicación del carácter "heterogéneo" de la Facultad de Bellas Artes, así como de su función de "motor de la creación" en la ciudad. Las obras, un total de 63, han sido realizadas por 64 profesores (dos de ellos, los cotizados MP & MP Rosado, presentan, como suelen, una conjunta) que han recurrido a una gran variedad de lenguajes y formatos, desde la pintura al vídeo pasando por la fotografía, la escultura o la instalación. Todo en la exposición tiene un aire "singular", apunta Infante; y también el catálogo, con dos pequeños ensayos en torno a Murillo y la habitual información sobre las obras y sus autores, aspira a ser algo más, prácticamente una obra o más bien una acción: contenidos en un recipiente metálico -un guiño a las famosas latas de carne de membrillo que reproducían imágenes del pintor sevillano-, uno de ellos será enterrado próximamente en algún lugar de la Facultad de Bellas Artes, junto a pequeños fragmentos de la vieja tela de la Inmaculada niña que ha restaurado el taller del Museo de Bellas Artes y otras futuras reliquias de nuestros días que tal vez alguien, "dentro de 400 años, si para entonces sigue existiendo el arte", bromea Infante, abrirá, encontrándose una "cápsula del tiempo".

Con "total libertad", sin más "orientación plástica, estética o conceptual" que la de inspirarse necesariamente en algún aspecto de la obra de Murillo, explica Vadillo, los profesores se entregaron al juego sabiendo, como dice la profesora, que el sevillano fue un artista enormemente "popular" y, en contrapartida, en no menor medida "tergiversado" en tiempos posteriores, en los que se le juzgó a la baja como un pintor meramente religioso pese a su "singular producción de retratos", sus exploraciones mitológicas o sus incursiones en el ámbito de "la infancia cotidiana", donde a juicio de Vadillo se encuentran sus "aportaciones más originales" y vigentes en el mundo contemporáneo. Al estilo de los antiguos "gabinetes de curiosidades", y con la premisa de que las distintas obras "dialoguen entre sí", igual que lo hacen cada día en las aulas y pasillos de la Facultad las distintas sensibilidades de los profesores y sus alumnos, las muy diversas piezas de la exposición se presentan agrupados en "siete retablos" que reflejan o parten de otros tantos motivos en la obra de Murillo o de su época.

El primer retablo se titula Las calles del Olimpo y las obras recogidas en él giran en torno a lo social, "las calles, las miradas, las mujeres, los niños, la contemplación de la vida" que late en muchos cuadros del artista. En el segundo, Honesta soberanía, con un tono propenso a la ironía, las piezas abordan esa distancia tan característica en los los autorretratos del sevillano. La época visitada, a continuación, aúna visiones del Barroco, aspectos esenciales de la cultura y la pintura de la época como las nociones de teatralidad o escenografía. El cuarto apartado, Objeto y alegoría, propone varias miradas a los objetos que Murillo solía incluir en sus lienzos, así como su disposición en los mismos y, sobre todo, su valor simbólico (un recordatorio, apuntó Infante, "de la importancia que cobra lo aparentemente secundario en las creaciones del pintor"). Sacramento y trascendencia, ya en la tercera y última sala, ofrece un amplio y dispar abanico de lecturas de la presencia de "lo sagrado, lo religioso y lo sacramental" en la pintura del homenajeado. En su cierre, bajo el título En el primo instante, un aspecto que la muestra no podía olvidar: las Inmaculadas de Murillo, aquí reinterpretadas desde tonos, lenguajes e intenciones tan distintos entre sí como los que recoge la exposición en su conjunto, articulada no obstante alrededor de la misma convicción, expresada por Vadillo: "Más allá de que ahora seamos todos muy modernos, Murillo en su época rompió barreras. Y esa comprensión del clasicismo es necesaria para ser contemporáneos".

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