Crítica de Música

Nueva luz para Brahms

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Conocíamos la especial afinidad de John Axelrod con el catálogo orquestal de Brahms por sus grabaciones, pero no habíamos tenido aún ocasión de comprobarlo en directo con nuestra orquesta a su órdenes. Afortunadamente, el director texano ha elegido al compositor de Hamburgo como uno de los vórtices que estructuran la programación de esta temporada, al fin una programación con enjundia, coherente y de calidad incontestable.

Decía afortunadamente porque tras la escucha de esta primera entrega podemos estar seguros de que disfrutaremos de un Brahms muy meditado, personal, de enorme lógica interna, revelador en algunas cuestiones de gran calado.

Axelrod nos muestra un Brahms ligero, luminoso y transparente, lejos de la densidad germánica

Desde el arranque del Doble concierto se pudo vislumbrar que Axelrod entiende la música de Brahms de manera diferente a como lo ha venido haciendo la tradición directorial centroeuropea. Frente al Brahms denso y agónico de ésta, Axelrod lo entiende desde la claridad de la exposición de las texturas, desde un fraseo ligero, casi liviano en algunos momentos, que opta por tempos vivos y ritmos marcados a la vez que evita calderones excesivos y silencios dramáticamente elongados.

De esta manera, el concierto transcurrió con alegría y con un sonido luminoso, brillante, que se recrea en los matices tímbricos de las maderas y que extrae de las cuerdas un sonido terso y muy empastado. Estos perfiles se acentuaron aún más en el Vivace non troppo, que llegó a sonar incluso juguetón en algunos momentos, un apelativo que no solemos asociar con la obra de Brahms pero que en este caso cuadró perfectamente con el espíritu de la música. No todo fue ritmo y y viveza, porque en el Andante sacó a relucir un poético y delicado legato que acentuó el lirismo y la ternura de la melodía principal.

Para que todo fuese perfecto faltaban dos solistas del empaque de Suwanai y Müller-Schott. Si en el muniqués sobresale la profundidad de su registro grave y la carga afectiva de sus ataques, en la japonesa refulgió el bello sonido de su Stradivarius, de infinitos matices cromáticos y una potencia llena de brillantez, que en sus manos consiguió conjuntarse idealmente con el chelo en pasajes de una gran carga expresiva y de una notable igualdad en fraseo y articulación.

Axelrod hizo una lectura de la primera sinfonía desde similares presupuestos, sin excesos dramáticos pero con atención a todos los detalles. Muy buenas intervenciones de Sarah Roper, Éric Crambes y Peter Derheimer.

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