la tribuna

Esperanza Oña Sevilla

Incógnitas federalistas

ÚLTIMAMENTE el Partido Socialista, o parte de él, se ha empeñado en defender un federalismo confuso que sus cargos no saben explicar. Nada nos aclaran sobre el modo en que actuaría, de repente y de forma infalible, beneficiando a las relaciones entre regiones para convertirse en la panacea, en la solución de todos los males provocados por las ambiciones separatistas.

No contestan cuando se les demuestra que en España existe un nivel de autogobierno superior al de los estados federales. Ni lo hacen cuando se les dice que el federalismo es la unión de las partes para formar un todo indivisible. O cuando se les pregunta sobre las diferencias de su flamante propuesta con nuestro modelo autonómico vigente, en el que ya se respetan la pluralidad y la diversidad de cada comunidad dentro de la Patria común.

Nos miran con prepotencia por atrevernos a seguir leales a este modelo amparado por la Constitución. Incluso nos llaman involucionistas y nacionalistas españoles cuando, hasta hace pocas semanas, los dos partidos mayoritarios estábamos juntos y cómodos respaldando la España de las autonomías.

Los exagerados calificativos que nos dedican obedecen a una doble estrategia. Por un lado, persiguen justificar que ha llegado el momento de embarcar a nuestro país en una nueva aventura territorial. Por otro, buscan hacerse un hueco propio deteriorando de paso al Partido Popular. Para ello no escatiman malas artes y equiparan la defensa de nuestro modelo autonómico con las ambiciones separatistas de los nacionalistas más radicales. Aparentan situarse en un punto equidistante entre la postura que ellos mismos compartían y la de las formaciones que retan la unidad de nuestro país.

Es realmente peligroso que un partido como el PSOE juegue con el modelo de Estado cada vez que sueñe un beneficio electoral. Demuestra un interés cortoplacista que ni siquiera le ha proporcionado resultados positivos. Su fracaso en Cataluña, después de lanzar al mercado el nuevo producto de autogobierno y de manifestar apoyo a la convocatoria de un referéndum, debería servirle de escarmiento y aprendizaje.

No ha sido, además, la primera vez que viven experiencias similares. Los titubeos e imprecisiones de los socialistas respecto a su relación con España han ocasionado serios disgustos. El PSOE cedió ante las presiones de los republicanos catalanes y pagó las consecuencias. El resto de los españoles, también. Heredamos de aquella época un sistema de financiación autonómico que a nadie satisfizo. Se implantó porque entonces los socialistas afirmaban que aceptarían todo lo que se propusiera desde Cataluña y que la Nación era un concepto discutido y discutible.

Pero no sólo se han equivocado improvisando en Cataluña por su debilidad repetida, sino que en el resto de España tampoco han sumado adhesiones. Perdieron las elecciones generales, las municipales y las autonómicas andaluzas, gallegas y vascas. Han recibido advertencias directísimas del electorado, que parecen ignorar. Las han recibido igualmente, tanto de sus pesos pesados que ya analizan con la perspectiva que proporciona la distancia, como de otros que permanecen en el epicentro de la gestión política.

Al unísono les afean la propuesta federalista por innecesaria, llegando a exigir a la actual dirección del PSOE que "se dejen las mentiras y se combata al nacionalismo de verdad porque un estado federal no supone mayor descentralización". O advirtiéndole que "es difícil avanzar hacia donde ya estamos. Llamamos autonomías a lo que es un Estado federal". Son muchas las afirmaciones de similar contenido pronunciadas por Felipe González, Alfonso Guerra, José Bono, Rodríguez Ibarra, Fernández Vara, Francisco Vázquez o Javier Fernández, presidente autonómico de Asturias.

Por último, no sabemos si el federalismo que desea el PSOE es simétrico, asimétrico o cooperativo y solidario. Ni si su federalismo pretende la igualdad entre españoles desde la diversidad, cosa que ya tenemos, o si pretende privilegios para determinadas regiones. En el primer supuesto, Cataluña no lo aceptaría, y en el segundo, no lo aceptaría el resto de España.

Los socialistas, al menos en este importante asunto, se han mostrado tibios, indecisos e incapaces. En consecuencia, su defensa de la igualdad entre todos los españoles, queda objetivamente en entredicho.

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