Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Insostenibles

EN 2050, Bush, Sarkozy y Berlusconi estarán criando malvas, siempre que las malvas resistan al cambio climático. Sus nietos -las generaciones futuras- les recordarán como una pandilla de políticos insostenibles. En Hokkaido, los líderes del G8 proponen reducir, a mediados de siglo, la emisión de gases de efecto invernadero en un 50%. Largo nos lo fían. Lo menos malo, si cabe, es que el presidente de Estados Unidos, desafiando las cábalas de un académico sevillano, acepta ya el calentamiento global.

Los ocho del G8 provocan el 60% de la contaminación mundial, una realidad que no respeta fronteras y alcanza al patrimonio común de la biosfera. Las naciones desheredadas se convierten en una suerte de fumadoras pasivas de humos ajenos. Las pateras de la degradación ambiental viajan sin visado de norte a sur. Éste es, probablemente, el mayor drama ético de la nueva geopolítica.

Al Gore ha tocado la trompeta de la sostenibilidad con un notable efecto mediático, pero la suya es una melodía incompleta. No basta con diagnosticar el mal y sugerir una corrección estadística si no se ataca la raíz del problema. Su discurso, sin pretenderlo, agudiza las contradicciones del sistema, porque el modelo de liderazgo norteamericano es intrínsecamente contaminante… ¿Cómo invertir el proceso de la crisis ecológica sin cambiar el american way of life, exportado al resto del mundo como la cultura del progreso?

El imperio de la oferta y la demanda relaciona el estatus individual con la capacidad de compra de bienes perecederos, y se computan por igual abundancia y despilfarro, porque el derroche también hace caja. El sociólogo de la alimentación Gómez Benito calcula que los españoles arrojamos a la basura 2,7 millones de toneladas de comida al año, un cantidad que permitiría una dieta semanal de 650 gramos de carne, 320 de pescado, 740 de verduras y hortalizas, un kilo de fruta, 1,5 litros de leche, 1,5 huevos… para los nueve millones de habitantes de Somalia. Las sobras del G8 paliarían el hambre en África.

Más allá de la actual crisis económica, se advierte una profunda crisis de valores. La filosofía de vida que argumenta el modelo dominante es, en muchos casos, la antítesis del pensamiento sostenible. No es posible combatir las causas del calentamiento del planeta silenciando las consecuencias del no pensamiento, del enfriamiento ético e ideológico. La sostenibilidad, entendida como innovación y crecimiento transmisibles a las futuras generaciones, es una cuestión central del nuevo contrato social planetario. ¿Dónde está, entonces, el sentido común de los dirigentes globales? El sentido común empieza a parecer una deriva antisistema cuando se observan los postizos éticos que adornan a los mandarines del G-8.

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