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Rafael Padilla

'Minijobs'

SE trata de un concepto (el de miniempleo) relativamente desconocido en nuestro país pero que, como consecuencia de las recomendaciones del BCE o de las iniciativas de la CEOE, ha saltado en los últimos tiempos al primer plano del debate social. La experiencia surge en Alemania, en el año 2003, como parte de la Agenda 2010 del canciller socialdemócrata Gerhard Schröder. Hoy existen allí unos 7,3 millones de minijobs que, aunque no exentos de contestación, contribuyen a consolidar uno de los mercados laborales más sólidos de Europa.

En esencia, un miniempleo es un trabajo de no más de 15 horas a la semana, por el que se recibe, como máximo, 400 euros mensuales, de los que el trabajador no paga impuestos. El empleador, en el minijob más extendido, abona un 2% a Hacienda y un 28% a la Seguridad Social, pudiendo el empleado, a su vez, hacer aportaciones voluntarias a los sistemas sociales. Las personas bajo este régimen laboral -unos 6,8 millones de trabajadores- tienen derecho a vacaciones pagadas, bajas por maternidad y enfermedad, además de a los plazos de despido. Sus características principales son que no se trata, claro está, de un trabajo a tiempo completo (los hay de fórmulas muy variadas) y que resulta absolutamente compatible con numerosas ayudas (pensiones de viudedad, jubilación y maternidad o becas de estudios, entre otras muchas).

Para sus detractores, la razón estrella es que hacen crecer la precariedad: su implantación supondría salarios más bajos, peores cotizaciones, peores prestaciones y difícil acceso a las pensiones de jubilación. El riesgo de que bajo ellos se oculten trabajos remunerados, en parte, en negro, la amenaza de que se trate de empleos utilizados mayoritariamente por mujeres y el hecho de consagrar dos mercados laborales (el de miniempleos y el común) tan diferentes, junto a la pérdida de poder adquisitivo general de la masa de asalariados, completan el argumentario opositor.

Sus valedores señalan que no es de recibo abjurar de los miniempleos en un país como España, en el que se tolera con toda normalidad el trabajo gratuito, existe una legislación que permite contratos de prácticas a licenciados a coste cero y en el que, además, es un hecho socialmente admitido el trabajar a cambio de nada "para hacer currículum". Al menos, afirman, el minijob resulta más justo, sensato y tutelado que todas estas "irregularidades" tan implantadas en nuestra cotidianeidad.

¿Y los jóvenes qué dicen? Pues, según una encuesta publicada por El Mundo, el 49,6% de los menores de 30 años respaldan la idea, mientras que casi la mitad de los encuestados totales (un 49, 1%) la rechazan.

Suficientes matices como para que la opción no sea descartada sin más, sin el necesario estudio y sin la atención pertinente a la experiencia de quienes siguen teniendo tanto que enseñarnos.

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