Visto y oído

Antonio / Sempere

Pública

PUES llegados a este punto, y a estas alturas de la película, no estaría de más plantear, aunque parezca una provocación, la fusión entre los servicios informativos de las autonómicas y los de la pública. ¿Se acuerda alguien de esas desconexiones territoriales que tenían lugar hacia las ocho de la tarde en La 2? Nadie puede recordar lo que nadie veía. Todavía quedan los vestigios de las ediciones de sobremesa. Pero son engullidos literalmente por los de las respectivas autonómicas. Y qué decir del España en comunidad, que se supone es la suma del esfuerzo de todos los centros territoriales, que cabalga, no sé sabe cómo ni cuándo, entre la indiferencia generalizada. Aquí, salvo quienes trabajan en los mentados centros, nadie hace aprecio de lo que se cuece en ellos. ¿Para qué nos vamos a engañar?

Sería preferible que todos los licenciados en Periodismo de las universidades públicas, o los que quieren serlo, realizasen unas prácticas obligatorias al finalizar la carrera tanto en la radio como en la televisión pública. No en esos mausoleos que son los quince o dieciséis centros territoriales que todavía constan en el organigrama, sino en la fusión resultante de éstos y los servicios informativos de cada una de las autonomías, ahora que ya han cubierto prácticamente todo el espectro de nuestra geografía. Lo plantea Salvador Valdés, director de La aventura del saber en su ensayo La televisión pública desde dentro, de ediciones Fragua. Y no sólo no es descabellado, sino muy necesario. Igual que los médicos cumplen su periodo de MIR, con sus más y sus menos, estaría muy bien que los periodistas pasasen su año en los territorios de la pública. Insuflándola con su oxígeno un aire renovado. Y recibiendo de su enorme aparato unos medios, una dedicación y una vocación de servicio público impensables en otras latitudes. Nadie me hará caso, pero ahí queda.

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