Crónica personal

Alejandro V. García

Vulgares

AUNQUE las declaraciones patrimoniales se concibieron con el propósito de garantizar que los políticos con cargos institucionales no se enriquecieran durante los cuatro años de mandato, lo cierto es que la utilidad real de tales declaraciones se agota en sí misma, como si fuera uno de eso exámenes psicotécnicos -absurdos pero inexcusables- para renovar el carné de conducir. Una suerte de declaración jurada de honradez. ¿Y todo esto para qué? Para nada, salvo para afianzar las virtudes del declarante ante sí y su partido. A excepción de los candidatos irredentos de Izquierda Unida y algún otro, todos han salvado el irrelevante trámite de la honestidad.

Dudo que alguien de buena fe encuentre placer en cotejar los euros que tienen, por ejemplo, Manuel Chaves y Javier Arenas, Diego Valderas y Julián Álvarez, en comparar sus hipotecas o las viviendas, en calcular su bienestar, etcétera. El resultado es más bien melancólico. Todos tienen balances similares: la misma angustia hipotecaria, un plan de pensiones modesto, ahorros moderados y un automóvil relativamente antiguo. Es decir, cubren las expectativas. No creo que nadie en su sano juicio haya examinado los patrimonios con la certeza de descubrir fortunas desbordantes, compraventas sospechosas o propiedades evaluadas no por el valor catastral sino por el que sus dueños las venderían.

Las declaraciones de bienes lo único que reflejan es que estamos gobernados por una espesa mesocracia, formada mayoritariamente por una grey de funcionarios con plaza fija, cuya principal preocupación en periodo electoral es eliminar cualquier rasgo que desborde lo tenido por vulgar. Demasiado gris. Atribulado por esa uniformidad, leí ayer con interés una encuesta de la empresa Vitruvio Leo Burnett sobre los gustos de los votantes de cada partido. ¿En qué medida la ideología, más allá del poder adquisitivo, moldea nuestros hábitos? ¿Dónde están las diferencias evidentes? El resultado es ambiguo.

El sondeo precisa que a los votantes del PP les gustan, en particular, los toros, la siesta y las rubias. Los toros quizá, por el precio de las localidades; la inclinación por la siesta, en cambio, me confunde, pero lo de "rubias" suena impreciso y despectivo. Y ¿qué más? El vino, pero no se precisa cuál. En cualquier caso, el votante del PP bebe más vino que el socialista o el de IU. El dato se puede entender por el carácter proletario de las libaciones cerveceras, pero otros apuntes me aturden, como que la mayoría de las personas que tocan un instrumento son de izquierdas o, el todavía más extraordinario, de que las mujeres que votan a IU prefieren a los ¡hombres depilados!

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