Coge el dinero y corre

fede / durán

la emancipación

DELICIOSO al piano y a la palabra, Alfred Brendel, ya retirado, reflexionaba recientemente sobre el auge identitario en España y Europa. "He visto el fascismo en Yugoslavia, los discursos de Goebbels y Hitler en la radio... vi la influencia que tenía la propaganda sobre la sangre y el territorio. Estoy curado para el resto de mi vida de eso: del fanatismo. Soy muy escéptico acerca de las creencias de cualquier tipo. Ni el chovinismo, ni el nacionalismo, ni el patriotismo son para mí. No necesito estar arraigado. Me siento en casa cuando tengo mis libros y mi música".

El fanatismo que actualmente nos envuelve no es sólo político. En realidad, tiene en la economía a su gran brazo ejecutor. Cuando Olli Rehn, vicepresidente de la Comisión Europea, advierte que España necesita más ajustes, de inmediato pestañea la ambigüedad sobre el mensaje, porque su jerga encierra varios kilogramos de polisemia: el Gobierno entenderá que un ajuste es un recorte y un recorte una privación de derechos asociados a las redes del bienestar. El administrado, sin embargo, interpretará que al fin la lógica se untará a la rebanada administrativa, creando estructuras efectivas pero sobrias y renunciando definitivamente al barroquismo presupuestario imperante en las partidas conectadas al mandamás y sus gentes.

El empleo lleva un lustro cayendo. El PIB tampoco carbura. Los salarios no dejan de bajar; los precios no dejan de subir; las empresas no dejan de cerrar; la marginalidad social se extiende como una espesa nube de diésel. Y entonces el portavoz oficial del fanatismo paneuropeo nos explica que, aunque la fórmula que promueve jamás ha funcionado, ésa es la única vía. Y Rajoy y su dúo calavera -De Guindos, Montoro- asienten y malinterpretan una orden filosóficamente defectuosa ya en origen. Jubílense a los 70 (de momento), dupliquen su rendimiento por un sueldo acribillado, reciban menos dinero si se les despide y acepten que en tal caso su porvenir residirá en la resistencia pasiva más que en una segunda (o quinta, o décima) oportunidad.

La economía ha aprendido a vivir sin el hombre, como hicieron los robots de Asimov o P. K. Dick. Y parece que el hombre, al menos el pudiente, se empeñe en consolidar tal verdad, obnubilado ante los círculos de fuego y el poder de destrucción del eurodólar. Hay países que vuelven a ser pobres después de haber sido ricos. España está en mitad del alambre, con la recuperación sólo numérica en un extremo y el viejo paisaje setentero en el otro. Entretanto, se pudre por arriba y se regenera por abajo. Al dictador conductal que todo presidente lleva dentro se oponen la solidaridad de la escasez y la cafeína de la imaginación, adormilada cuando el reparto desigual sí generaba recursos para los menos alineados/alienados.

Ajustar debiera ser un verbo vertical con base en la élite y pico en el pueblo. A mayor superficie de contacto, mayor tijeretazo. La dignidad del cargo, reclaman. La dignidad del cargo se gana con dignas decisiones y voces impermeables a la injusticia.

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