SÍNDROMES EXPRESIVOS | Los adjetivos

El síndrome de 'La guerra de las Galaxias': ¡Que la fuerza te acompañe!

Escrito por

· Jorge Andrada

Algunos estudiantes (y padres) recelan del estudio de la morfología por tratarse, según ellos, de un conocimiento teórico e inútil desde un punto de vista pragmático. Por lo tanto, piensan que el dominio de las diferentes categorías gramaticales es propio de lingüistas aburridos, sin otro horizonte vital que el de torturar a un auditorio pendiente de las manecillas del reloj. 

Maticemos, entonces. Desde pequeños, nos han insistido en que el lexema o raíz es la parte de la palabra que aporta el significado. Muy bien. Yo también me alegro. Pero, ¿todas las palabras tienen un lexema? Afortunadamente, no. Fíjate en cuatro categorías gramaticales que lucen este distintivo de significado, rasgo que las hace imprescindibles en la estructura de cualquier sistema lingüístico.

¡Oh, qué maravilla! En efecto, si un hablante es capaz de comprender la naturaleza de estas cuatro clases de palabras, desarrollará la capacidad de seleccionar la apropiada en cada momento y, poco a poco, las colocará en la posición correcta. ¿Sí? ¡Qué fuerte, tía! 

Entonces, ¿me está intentando decir que, si conozco la naturaleza de las categorías gramaticales básicas, seré capaz de hablar y escribir bien? Un positivo para este monstruo de la naturaleza. ¡Viva la inteligencia! En efecto, querido alumno, el verbo es la esencia de cualquier lengua y el sustantivo lo complementa con la designación de diversas realidades. ¿Ya?

Bueno, falta la pareja de baile para cada elemento básico: el adjetivo aporta cualidades al sustantivo y, como su nombre indica, el adverbio expresa las circunstancias de la acción descrita por el verbo.

Por lo tanto, el objetivo prioritario de cualquier hablante es el conocimiento de los verbos y sustantivos para, en una segunda fase, ir precisando el significado del sustantivo con los adjetivos y el del verbo con los adverbios. ¿Solo eso? ¡Qué fuerte, tía! 

Pues sí, tía, es muy fuerte que el adjetivo sea la categoría gramatical ignorada y despreciada por los jóvenes (y ya maduritos) usuarios de la lengua. ¿Has suspendido un examen de Matemáticas? ¡Qué fuerte! ¿Han ingresado a algún familiar por unas complicaciones renales? ¡Qué fuerte! ¿Te han recomendado leer al menos un par de libros al mes para mejorar tu vocabulario y redactar de un modo más eficaz? ¡Qué fuerte! ¡Quién se habrá creído que es!  ¿Han expulsado de Supervivientes al último pensador de barba vellida? ¡Qué fuerte!

Lo fuerte, querido amigo, es que se recurra a un único adjetivo para calificar cualquier situación cotidiana, ya sea trágica, sorprendente, impactante o simplemente cómica.

Esta reflexión sobre la pobreza en el empleo del adjetivo en las producciones orales y escritas suele provocar una cierta incomodidad en el aprendizaje de algunos alumnos. Parece como si esta pauta solo fuera necesaria para la composición de textos con un fin literario (olvidan que la corrección no es un mero adorno estético).

Nada más lejos de la realidad. Tarde o temprano (espero que antes de la treintena), cualquier ser normal se enfrenta a una entrevista de trabajo, en la que de forma habitual el candidato debe responder a esta clásica pregunta: “Me gustaría profundizar un poco en su personalidad, ¿podría definir a grandes rasgos su carácter y actitudes en un grupo de trabajo?”.

Ya podrán imaginar la respuesta canónica: “Bueno, yo me considero una persona normal y simpática”. Arte para reventar. “¿Solo?”. “También, creo que soy buena gente”. Por supuesto, ante tanto rigor en la descripción de virtudes, el jefe de Recursos Humanos no dudará ni un instante en contratar a tan insigne orador.

¿Se puede superar?

Dime cómo hablas y te diré quién eres, advierte la sabiduría popular. Por lo tanto, para superar este síndrome de La guerra de las galaxias deberías leer un poco e intentar ser más cuidadoso con los adjetivos. Una vida con matices siempre es más interesante y digna de disfrute. Por ejemplo, en una entrevista de trabajo podrías hacer un pequeño esfuerzo expresivo y definirte como “extrovertido, solícito, comprometido, exigente, altruista, comedido, utópico, honesto, implicado, perseverante, diplomático, organizado, creativo”; o, si te marcas un farol, puedes aparentar inteligencia con otra serie más sofisticada, como “proactivo, resiliente, visual, competencial, kinésico, empático o interestelar”. 

Consejo final: Como habrás comprobado en las líneas anteriores, dos son los factores fundamentales para una correcta adjetivación: por un lado, el rigor semántico en la selección de las palabras y, por otro lado, ser un experto jugador de póquer. ¡Qué fuerte! Vale.

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