Premio Nobel de Literatura Peter Handke, hoy, de camino

  • El galardonado es un escritor viajero apasionado de la Península Ibérica y un ensayista de culto y lector versado en la mística castellana

Peter Handke en Lisboa. Peter Handke en Lisboa.

Peter Handke en Lisboa. / Antonio Cotrim (Efe)

Hay escritores que lo acompañan a uno por cierta afinidad sensible. Peter Handke dijo de sí mismo que era "un escritor de lugares". De cada uno de estos lugares por medio mundo nos dejó un apunte, una idea retorcida y tal vez no memorable, pero que, sin embargo, pasado el tiempo se obstina sobre nuestra mente como el musgo a la piedra.

En los años 80 y 90 Peter Handke anduvo errante por España, una España ajena al tipismo. Entre el ya mítico ensayista (sobre el jukebox, el cansancio, el lugar silencioso) y el novelista (recuerdo en especial La tarde de un escritor o El miedo del portero ante el penalti), existe el Peter Handke viajero. Más que viajero, Handke es un caminador, una cabeza a pájaros y, a la vez, un puntillista más allá de la lógica del detalle. Sus notas españolas le llevan lo mismo a admirar el románico, el ruido de las tragaperras en los bares, el manzano que hay junto a una comisaría en Burgos, las vistas sobre Ceuta desde la Peña de los Muertos, los perros amigos que se le acercan junto a la abadía catalana de Poblet, el "ejemplo de vida terrenal indevastable" que le suscita su amada sierra de Gredos como haz y envés de media eternidad y de muerte.

De Andalucía nos dejó estampas que, como decíamos, se nos han quedado adheridas al recuerdo como extrañas ventosas. Así, por ejemplo, la noche en la que llegó a una pensión de Espeluy mientras sus dueños veían París-Texas por la tele. O cuando en unas minas abandonadas de Linares escuchó el canto del primer cuclillo del año. O, en Sevilla, cuando siguió los pasos de una mujer policía por las calles o advirtió unas cruces apiladas en la acera que sugerían la víspera de la Semana Santa. Cuaderno, en buena parte, de rarezas.

En la editorial Alianza leímos su Ayer, de camino y, hace poco, la imprescindible antología Peter Handke y España, que muestra no sólo al escritor viajero, sino al ensayista de culto y lector versado en la mística castellana (su Ensayo sobre el cansancio lo escribió en Linares y Ensayo sobre el jukebox lo pergeñó en los fríos de Soria).

Handke, el Peter Handke andarín, es un "pensador de instantes" que sabe que "cada uno pena por sí mismo" y que al andar, entre el silencio y la lentitud, busca "curarse por medio del asombro". Sí, Handke no es fácil. El paisaje revierte a menudo en una imagen interior que luego, obsesivamente, aflora como porfía y debate sobre cómo escribir. Y sí, carece de humor, aunque esta falla nos importe un bledo. Y sí, defendió a los serbios en la guerra de los Balcanes por querer abrir una fisura de verdad valiente sobre la plasta de las convenciones. En todo o casi todo, Peter Handke nos ha acompañado en el tiempo. Hacemos hoy como él hizo ayer: "Mirando la lejanía volví en mí".

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