Bécquer. Vida y época | Crítica Vida y ensoñación de Bécquer

  • Joan Estruch Tobella reúne en este 'Becquer. Vida y época', una imagen verídica y probable del poeta sevillano, alejada del tópico tardorromántico que nos lo presentó como un hombre incomprendido, maltrecho y pobre

Gustavo Adolfo Bécquer, retratado por Valeriano Bécquer en 1862 Gustavo Adolfo Bécquer, retratado por Valeriano Bécquer en 1862

Gustavo Adolfo Bécquer, retratado por Valeriano Bécquer en 1862

En sus líneas de presentación, el profesor Estruch Tobella advierte al lector de que, a pesar de la sólida tradición del biógrafo omnisciente, en la que incluye a Zweig, a Maurois y a Emil Ludwig, él ha preferido aplicarse a una biografía tentativa, porosa, inagotable, en la que las certezas son compañeras de la duda y donde el biografiado -en contra de lo que ocurre, por ejemplo, con el Baudelaire de Sartre-, escapa siempre a la inteligencia del estudioso, por varios motivos, entre los cuales no cabe desdeñar el espesor histórico y el propio misterio que dirige las actividades de cualquier hombre. Tobella, pues, a quien debemos una edición razonada y minuciosa de las Obras completas de Bécquer (2004), prefiere ser un acuarelista fiable a un retratista sólido pero imaginativo, de quien cabría esperar una idea de belleza, como en el retrato que Valeriano Bécquer hizo de su hermano, pero no una imagen veraz y fidedigna.

La imagen de un Bécquer desvalido es fruto de los desvelos de su amigo Ramón Rodríguez Correa

Se da así la circunstancia de que este Bécquer de Estruch Tobella, como el de muchos otros bequerianos, entre los que podríamos recordar a Rica Brown, Rafael Montesinos o Marta Palenque, va destinado a dos funciones complementarias: la más obvia de datar, en cuanto sea posible, la vida y la obra del artista sevillano; y otra igualmente importante, que es la de desbrozar la espesa hojarasca, interesada y flebe, que configuró la imagen del poeta como un hombre solitario, idealista, infortunado y pobre. Ninguna de estas nociones se corresponde con la realidad, salvo en lo que concierne a su matrimonio con Casta Esteban (un matrimonio con altibajos, como tantos otros), y a cierto idealismo de raíz política que lo vincula, durante muchos años, con el moderantismo y el conservatismo de González Bravo. En todo lo demás: en su imagen de genio incomprendido y sin fortuna, marginado por un Madrid prosaico, no estamos sino ante el fruto de los desvelos de su amigo Ramón Rodríguez Correa, quien en el prólogo a sus obras, editadas póstumamente, fabulará a un poeta poco interesado en la política, y desvinculado por tanto de la España isabelina que se había vaporizado tras La Gloriosa de 1868. Es decir, fabulará a un hombre desvinculado de la ingente labor periodística que había llevado a cabo, en defensa del moderantismo, y que le llevaría a puestos de relevancia literaria y sustancia económica. Es así como nacerá esta imagen del Bécquer apolítico (y un punto libertario, tras la errónea atribución de Los Borbones en pelota), que sepultó durante mucho tiempo al prestigioso periodista conservador, muy valorado en vida, que acabó sus días en su domicilio del barrio de Salamanca, siendo director literario de La Ilustración de Madrid de Eduardo Gasset.

Como nos recuerda Estruch Tobella, esta imagen del Bécquer apolítico y desdichado es la que orilló la obra, no sólo de un valioso autor periodístico, sino la del novedoso autor de prosas poéticas con un acusado relieve intelectual. No en vano, con apenas veinte años, Bécquer será el director de una malograda Historia de los templos de España, émula de los Recuerdos y bellezas de España iniciados por Piferrer, y cuya labor, entre lírica y documental, deudora de El genio del cristianismo de Chateaubriand, habría de continuar Bécquer en La Ilustración de Madrid, pasada ya su etapa militante bajo la monarquía de Isabel II. Cuál es la importancia de estas prosas poéticas de Bécquer -Desde mi celda, Cartas literarias a una mujer-, además de sus Leyendas, no es posible ignorarlo. Tampoco en lo que atañe a la sencilla musicalidad, delicada y honda, de sus poemas, lejos de la impostación romántica, que le darían una importante difusión, antes incluso de ser recogidos en libro.

También analiza Estruch Tobella otros temas, entre la desinformación y el mito, como son sus amores con Julia Espín y su posible muerte por sífilis. Como advierte desde un principio, Tobella ofrece los datos disponibles y descarta aquello que le parece poco plausible. De todo ello se desprende la silueta de un hombre inteligente, moderado, brillante y ambicioso, que se condice poco con aquel alma desdichada y trémula, con aquella sombra becqueriana, que aún nos aflige.

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