Juan Manuel de Prada | Escritor "Es una ofensa que me llamen conservador"

Juan Manuel de Prada. Juan Manuel de Prada.

Juan Manuel de Prada. / Asís G. Ayerbe

Rodeado de libros durante el confinamiento, Juan Manuel de Prada (Baracaldo, Vizcaya, 1970) cumplirá en diciembre 50 años, cifra redonda que no tendrá una celebración especial porque "es una convención burguesa y fundada en una ficción". Joven ganador del Premio Planeta, el escritor mantiene el pulso con la literatura, además de opinar en la prensa y en la radio. También ha hecho sus pinitos en el cine y la televisión: "Mi relación con el mundo cinematográfico siempre ha sido tempestuosa".

–"¡Qué te gusta un provocador!", dijeron al comentar que lo iba a entrevistar.

–No soy provocador, otra cosa es que mis ideas o mi literatura provoquen reacciones inesperadas para mí. En un mundo anormal, la normalidad provoca mucho, pero esto es involuntario.

–Escritor de culto antes de los 25, Premio Planeta antes de los 30... ¿Temió ser el Alejandro Magno de las letras españolas?

–No, el éxito siempre es un espejismo y una recompensa con intención de sobornarte. Personas con éxito pueden ser valiosas, pero su éxito es ajeno a su valor. El aplauso busca la rendición mediante el soborno de aquél al que se le procura. Yo recibí mucho en mi juventud, que buscaba un soborno que no se logró.

–Nació en Baracaldo y se crió en Zamora. Su paisano Javier Clemente, también hombre de carácter, tiene raíces zamoranas. ¿Es una combinación explosiva?

–Una buenísima combinación. No me molesta el paralelismo biográfico con Clemente, que fue entrenador del equipo de mis amores.

–¿Una infancia/adolescencia en Zamora libra a uno de las pamplinas de la gran ciudad?

–Totalmente, te da una visión de la vida más consciente de los vínculos que nos hermanan y de los rasgos de cada tierra; te hace odiar tanto el cosmopolitismo inane como el egoísmo y el cerrilismo de los que creen que su terruño es el mejor del mundo. En las ciudades grandes, donde se ha impuesto ese cosmopolitismo desarraigado, esto no se vive de la misma manera.

–¿Repoblaría las Castillas para rebajar el cansino triángulo Madrid-País Vasco-Cataluña?

–Es el triángulo que dicta la dinámica centralismo-separatismo instalada en esta España que nada me gusta. Con la que me identifico tiene realidades diversas y compenetradas. Tendríamos que rebelarnos contra la que se nos trata de imponer, un producto de entelequias políticas aberrantes.

–¿Será este país indestructible? Siempre a garrotazos pero sigue en pie aunque se tambalee.

–Lo decía Bismarck. Estos intentos son cada vez más enconados y esforzados, pero sí hay algo misterioso que hace que España pese a todo no se destruya, quizás porque la verdad está latente todavía a pesar de los esfuerzos de los políticos por aplastarla y sepultarla.

–¿Por qué no proliferan los intelectuales conservadores como Garci o usted?

–En absoluto soy conservador, sino tradicional. El conservadurismo es lamentable. Decía Chesterton que el mundo se divide en progresistas y conservadores; los primeros se dedican a cometer errores y los segundos, a conservarlos. Es una ofensa que me llamen conservador.

–Conservador como sinónimo de tradicional.

–Entiendo que no me sigue usted mucho. El conservador deja que se pudra el meollo de las cosas y cubre esa pudrición con una cáscara que mantiene inalterable; el tradicional pretende mantenerlo vivo y fresco, de tal manera que puede encarnar realidades diversas en épocas distintas. Tradicional es lo contrario de conservador.

"En el encierro veías en el telediario subnormalidades para idiotas profundos llenas de emotivismos"

–"El combate de las ideas no tiene que librarse con marrullerías". ¿Clama en un desierto de crispación?

–Los que no nos alineamos con las ideologías en boga somos incomprendidos, el mundo que postulamos es expulsado a las tinieblas y muchos envenenados por las ideologías izquierdistas o derechistas no lo entienden. Unos creen que soy conservador y otros un peligroso marxista, las ideologías han convertido en añicos la visión completa de la realidad y se han quedado unas con unos añicos y otras con otros. El pensamiento tradicional tiene una visión cohesionadora de esos añicos.

–¿Nota como católico una regreso a la espiritualidad tras fracasar las ideologías?

–No, las ideologías en su fase dorada han degenerado en cosas más compulsivas, pero mantienen identificaciones irracionales. En esta posmodernidad adquieren contornos más viscosos e invertebrados, pero siguen provocando fanatismos políticos. Son sucedáneos religiosos, como decía un gran pensador tradicional, Donoso Cortés: a medida que asciende el termómetro político, desciende el religioso. En este encierro, te enseñaban en el telediario a cocinar un bizcocho, a hacer una tabla de gimnasia, a cantar Resistiré. Salían personajillos sistémicos, artistillas, intelectualillos contando mamarrachadas. No se incitaba no ya a la experiencia religiosa, sino a una intimidad espiritual. Uno ponía el telediario y veía subnormalidades para idiotas profundos llenas de emotivismos.

–Mi padre está cada vez más solo en misa. ¿Malos tiempos para la eucaristía?

–Es inevitable. Este mundo es cada vez más ajeno a las realidades del espíritu y la religión declina. Pero es contranatura, el ser humano es un híbrido misterioso de carne y espíritu, todo intento de sofocar la mitad está llamado al fracaso. Para facilitar esa mutilación están las ideologías, que actúan como sucedáneos religiosos y provocan insatisfacción. Toda la indignación, la rabia y los odios contenidos o liberados tienen que ver con esta amputación.

–¿Por qué nos dan tanta pereza los libros?

–Han transformado nuestros cerebros; el bombardeo de imágenes y la ansiedad tecnológica han hecho que la capacidad de concentración, de retención, de conocimiento, sea menor. Y nuestras formas de vida, cada vez más apresuradas.

–¿Qué móvil gasta usted?

–Uno del año catapún, por supuesto sin cámara ni internet. Ese instrumento ha destruido nuestra vida personal, no digamos ya con esta mierda del Whatsapp. Deberíamos emplear nuestra vida en experiencias reales, en hablar con personas de verdad. Estoy muy satisfecho por no haberme subido al carro tecnológico. Decidí que nunca tendría un móvil con internet ni con las odiosas cámaras para hacerse estúpidos memes. Me parecen signos de pataleos propios de una cucaracha que se muere, un frenesí que no entiendo y es muy destructivo.

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