Campaña del 28-A "Atacar, atacar y atacar, nunca defender"

  • Roger Stone, controvertido asesor de Nixon, Reagan y Trump, resume su ideario político en casi cinco décadas que sirve para explicar la fiereza de las actuales campañas en España

Stone, a su llegada a un tribunal el pasado 14 de marzo acusado de obstrucción a la Justicia. Stone, a su llegada a un tribunal el pasado 14 de marzo acusado de obstrucción a la Justicia.

Stone, a su llegada a un tribunal el pasado 14 de marzo acusado de obstrucción a la Justicia. / Erik S. Lesser / Efe

"Me deleito en vuestro odio; si yo no fuera eficaz, no me odiarías". La figura de Roger Stone retrata los cauces pestilentes de la política. Pero el pudrimiento y el hedor no son males de hoy. Simplemente cambian las reglas y ahora se juega con las redes sociales cuando antes se usaban mítines o medios de comunicación tradicionales.

Este asesor político estadounidense, "sucio embaucador será el primer párrafo de mi obituario en The New York Times", cerró un círculo 28 años después de insistirle en 1988 a Donald Trump para que aspirase a la Presidencia de EEUU. Get me Roger Stone (Pásame con Roger Stone) es un documental imprescindible para los estrategas políticos cuya moralidad, "una muestra de debilidad" para el protagonista, brille por su ausencia. Acaso este reportaje de Netflix sirva para entender este mundo.

Las mentiras, el cinismo, el machaque repetitivo de una idea, el escándalo, el juego sucio, el retorcimiento de la realidad, la provocación, el sistema putrefacto... Todo vale. Stone empezó a dar valor a la desinformación con 8 años en un simulacro en su escuela para las elecciones de EEUU: Nixon o Kennedy. Un mero juego que él convirtió en manipulación. "Dije que si vencía Nixon, habría que ir al colegio los sábados". ¿Quién creen que ganó la votación?

"La política es el espectáculo de los feos"

No hay piedad. "La política es el espectáculo de los feos", afirma a boca llena este consultor fetichista de Nixon, cuyo rostro lleva tatuado en la espalda. Asesoró a Ronald Reagan, el primer candidato que recurrió al Make America Great Again, y maximizó sus posibilidades al lanzarse a por los católicos irlandeses, italianos y polacos de segunda y tercera generación. Colocó a Pat Buchanan al frente del Partido de la Reforma, lo enfrentó a Trump, y luego filtró que tenía un hijo ilegítimo sólo para que no hubiera una sangría de votos republicanos y ganara George W. Bush las elecciones de 2000, pues en 1992 y en 1996 la disgregación del electorado conservador le dio el triunfo a Bill Clinton: "Quizás tuve algo que ver con el descarrilamiento", admite.

Su mano negra y sus rastreros métodos también se extienden a la polémica de pucherazo en el recuento de los votos en Florida en los comicios de 2000 entre Al Gore y George W. Bush, quien tras 36 días de deliberaciones judiciales se alzó con una sospechosa victoria que lo llevó directo al Despacho Oval.

Fundó con Paul Manafort y Charles Black en los 80 el lobby más potente y criticado de Washington, echando mano de sus influencias políticas para convertirse en multimillonarios. "Bill y Hillary Clinton son la sífilis resistente de la política estadounidense", clama en cualquier acto mientras luce una camiseta con la cara del ex presidente y la palabra Rape (violación), por sus devaneos sexuales en la Casa Blanca.

El arte del juego sucio

"Él ha convertido el juego sucio en un arte", subraya un periodista y otra agrega que con sus artimañas ha convertido "la política estadounidense en la degeneración más absoluta". Esas críticas de los "liberales" se la traen al pairo a este extravagante personaje con estilo muy british, aficionado al culturismo y que vino al mundo en Norwalk (Connecticut) en 1952. "Una de las claves para derrotar a tu adversario es meterte en su cabeza", analiza. Y así lo hace hasta que lo destruye con todas las armas de que disponga, ya sean faroles, medias verdades o certezas ultraexageradas.

Defendió la designación de Steve Bannon, el asesor que ha desembarcado en Europa para poner patas arriba la Unión Europea al socaire de los populismos y los nacionalismos, como asesor de Trump en la carrera presidencial. "Me cae muy bien, tiene agallas. Entiende los nuevos medios mejor que nadie en las campañas... Es el arma secreta de Trump", describe Stone, una "rata" para muchos analistas políticos que disfruta con la maquinación como los cerdos en las charcas.

Stone lleva cerca de 50 años cincelando a políticos estadounidenses, republicanos o independientes ultraconservadores, desde que apareciera entre los involucrados en el Watergate, un caso que hundió a su admirado Nixon pero donde él vio una oportunidad. Entre las Reglas de Stone que él mismo ha acuñado ("Piensa a lo grande, sé grande". "El odio motiva mucho más que el amor". "Para ganar, hay que hacer lo que sea"…) sobresale una que el lector relacionará fácilmente con la política española de cinco años hasta hoy, cuando el bipartidismo saltó por los aires: "Atacar, atacar y atacar. Nunca defender".

Los candidatos en España, con Abascal como ejemplo patente, hacen uso del arma de la provocación

Pablo Iglesias quería volar la Constitución cuando irrumpió Podemos y ahora Santiago Abascal pretende dilapidar el Estado de las autonomías. Entre los dos bandos, asoman Pedro Sánchez con su falsa promesa de convocatoria electoral nada más tumbar a Mariano Rajoy o el embuste de que la militancia manda en el PSOE; Pablo Casado destroza la moderación del centroderecha con el aborto, el 155… y lamina todo lo que huela a marianismo para elevar al aznarismo a los altares; y el supuestamente moderado Albert Rivera, que aunque liga bien en todos los guisos para futuras alianzas, pega un portazo a los socialistas para no pactar con Sánchez o va dando bandazos en su discurso sobre la prisión permanente revisable o cualquier otro tema a conveniencia de los trackings.

Lo deja muy clarito Stone, un "agente provocador", como él mismo se define: "Es mejor que te conozcan por malo a que no te conozcan". Los cinco principales candidatos para el 28-A no quieren pasar inadvertidos. Otro gallo cantaría si, de paso, pensaran de verdad en lo bueno para el país.

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