Patrimonio Histórico

Licencia para todo

Antes y después en la Plaza de Alfaro Antes y después en la Plaza de Alfaro

Antes y después en la Plaza de Alfaro / (Sevilla)

POR el casco antiguo de las ciudades con vitola de bellas conviene pasear con la mirada al frente, como soldados en un desfile, como nazarenos de ruan, como policías de gala con los cascos de los penachos blancos de las ocasiones solemnes. Mirar hacia arriba es sufrir. O descubrir una ciudad nueva, un paisaje que nos van metiendo poco a poco, lentamente, sin que casi nadie alce la voz, con esa cadencia con la que se hacen las cosas dudosas y con vocación de permanencia.

A Sevilla le dan las tortas por arriba, le meten el bacalao rabioso siempre por las alturas, ora con un remonte coplanario, ora con un ático ilegal, ora con una planta de nueva construcción. Un día miras al cielo de Santa Cruz y hay un mamotreto donde antes sólo había azul claro. Otro día pasas por una guardería y ya no hay algarabía de niños, sino una persiana echada y un vecino que alerta de la inminencia de nuevos apartamentos, naturalmente en una casa de varias plantas. Hay veces que recorres Rioja, encaras Sierpes y descubres un nuevo castillete. En todo el cogollo.

No hay que visitar pueblos de la provincia para contemplar alicatados horrorosos, casas con tejados cántabros en pleno Aljarafe, urbanizaciones pretenciosas que podrían ser fotografiadas en Escocia, simulando castillitos donde se graban anuncios de whisky. En el mismo centro de Sevilla se ve que otra ciudad crece por las alturas mientras en los bajos comerciales se instalan las franquicias de quita y pon. Y crece en muchos casos con todas sus licencias y permisos, con todos sus avíos y bendiciones.

Miras hacia arriba y siguen los rótulos estridentes en la esquina de la calle Santo Tomás con la Avenida, ofreciendo sus fogonazos al mejor patrimonio histórico de la ciudad, el mismo que nos hemos hartado de iluminar gracias a los patrocinios de Endesa, que aporta sus ingenieros y sus planes especiales para sacar la mejor versión de los edificios históricos. Para que luego venga el señor de la franquicia de turno, al que le importan dos pimientos fritos el herreriano del Archivo de Indias y el gótico de la Catedral. El patrimonio al hoyo y el franquiciado al bollo.

Miras a los cielos del Porvenir y junto a una casa de arquitectura recoleta en la calle San Salvador, construida en 1924, han levantado una nueva edificación de varias alturas, un adefesio más propio de la primera línea de una playa pretenciosa diseñada por una promotora a la búsqueda del pelotazo rápido. Cuánto daño ha hecho el minimalismo de las cocinas que salen en televisión... Y una vez más todo cuenta con las licencias oportunas.

Sigues el paseo, entras en Nervión y compruebas que las casas de mayor valor del barrio están en peligro. Este lunes se aprueba en el Pleno del Ayuntamiento un catálogo que deja muchos inmuebles regionalistas en tenguerengue, sin nadie que clame por ellos más allá de la asociación Adepa, una suerte de Sísifo en su lucha en defensa del patrimonio histórico. Tiren de guasa y admitan que lo bueno para Adepa es que cada vez tendrá menos trabajo porque cada día hay menos patrimonio que defender.

Remonte autorizado en un edificio regionalista de la Puerta de la Carne Remonte autorizado en un edificio regionalista de la Puerta de la Carne

Remonte autorizado en un edificio regionalista de la Puerta de la Carne / Juan Carlos Vázquez (Sevilla)

Antes de regresar al centro, pasas por la Puerta de la Carne y contemplas que una nueva planta crece en el edificio regionalista situado justo en esa esquina que besa el puente. Y parece oirse una voz:“Creced, creced, remontes. Y multiplicaos”.

Entras en el centro histórico por la Puerta de Carmona y te topas en la calle San Esteban con un local comercial de color naranja chillón. Se trata de una oficina donde despachan tickets para turistas, justo enfrente del templo gótico-mudejar que da nombre a la calle, en el eje urbano de la Casa de Pilatos y del Convento de Madre de Dios. Mejor reflexionar que llorar. Hay quienes pretenden atender a los turistas, vivir de ellos, pero paradójicamente lo hacen sin cuidar los motivos que hacen atractiva la ciudad para que sigan viniendo los visitantes. Por supuesto, para que no falte de nada, los de la oficina naranja han colocado un caballete comercial en la acera de enfrente, delante de la misma ojiva que da lustre a la entrada de la iglesia.

En el fuero interno surge la duda: tal vez a muchos turistas les importen un rábano estos detalles, porque quizás están más pendientes de consumir experiencias para el desarrollo de esa microvanidad que justifica el viaje, para darle rienda suelta a esa fatuidad de corto alcance que consiste en difundir las fotos en las redes sociales para meterle el dedo en el ojo al vecino o al compañero de oficina.

Tal vez este turismo masivo no merezca más, ¿para qué? Si el turismo acepta ciudades con el patrimonio afeado y mal cuidado con tal de que los destinos sean funcionales, se adapten a ellos en absolutamente todo, desde los horarios para comer hasta los idiomas.

Mirar hacia arriba lleva el castigo aparejado. Hay que mirar siempre al frente, sobre todo para no tropezarse con más caballetes comerciales.

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