La caja negra

La ciudad sin tacto y sin alma

  • Vivir hoy en Sevilla es ver caer las mejores casas del arrabal de San Bernardo, sufrir con los destrozos de los azulejos de la juguetería Cuevas y contemplar cómo florecen bares y más bares

La casa regionalista del arrabal que ha sido demolida La casa regionalista del arrabal que ha sido demolida

La casa regionalista del arrabal que ha sido demolida / C. N. A. (Sevilla)

EN la calle Sierpes se conserva de forma ejemplar el azulejo de la antigua armería Zulategui en perfecta armonía con la óptica que ahora funciona en el local. Es un ejemplo de azulejería cerámica de 1944 integrada en un negocio de principios del siglo XXI. Nada chirría, no hay distorsiones. En la misma calle siguen el azulejo de Velázquez de la antigua aseguradora, como continúa el del café Saimaza en la antigua fábrica de la calle Compañía, el muy conocido del Studebaker en Tetuán o el precioso anuncio del vino Rioja Palacio en la esquina de Muñoz y Pabón con Almirante Hoyos, donde ahora hay una peluquería de diseño. En cuestión de patrimonio no hay que ser pesimistas por pura inercia.

En Sevilla hay ejemplos que se saben hacer las cosas bien cuando se quiere, cuando se tiene diligencia y buena fe, amor por aquello que ha adquirido esa cualidad tan importante que es el valor añadido, ya sea un árbol, un negocio o una publicidad. Nadie se imagina la Puerta del Sol de Madrid sin el anuncio de Tío Pepe, como muchos no concebimos la Plaza de San Francisco sin el Laredo o sin la juguetería Cuevas. Es obvio que los empresarios tienen derecho a echar el persianazo cuando quieran por falta de demanda, porque se dispara el precio del alquiler, por jubilación o por lo que fuere. Pero a muchos de estos negocios les ocurre como las coplas, que han dejado de ser de sus autores para ser del pueblo, para formar parte del imaginario colectivo de la ciudad. Y eso también forma parte de un patrimonio digno de ser cuidado, justo como ideó el que logró que se respetara el azulejo de Zulategui.

La fachada de la antigua juguetería Cuevas La fachada de la antigua juguetería Cuevas

La fachada de la antigua juguetería Cuevas / Antonio Pizarro (Sevilla)

Vivir en Sevilla hoy es ver caer las casas del arrabal de San Bernardo, contemplar el doloroso vacío del edificio regionalista que está a la vera del puente, una suerte de perfecto grito de Münch salido de la piqueta, junto al horrendo edificio de ampliación de la Diputación Provincial. Es ver los adefesios irreversibles en las calles Santander, junto a la Torre de la Plata; Castilla o Rivero.

La última muestra de falta de tacto ha ocurrido en la antigua juguetería Cuevas, en la Plaza de San Francisco. Donde se han vendido juguetes durante 60 años habrá ahora un bar. Naturalmente no se podía esperar otra cosa que una nueva cafetería. Los sevillanos parece que no sabemos hacer otra cosa que abrir bares y hoteles, franquicias de helados o panes. A la criatura que le han encargado el proyecto de reforma de la juguetería no se le ha ocurrido respetar el azulejo tan característico del antiguo negocio, en el que todos los niños (muchos de ellos hoy casi con 60 años) veían un siete en lugar de una efe. Es la enésima muestra de carencia de sensibilidad en una ciudad que cada se vez parece menos a la versión idealizada que alguna vez nos contaron.

Urbanismo ha parado la obra por falta de licencia. El azulejo no es una yesería de la Alhambra, ni tampoco fue puesto cuando San Fernando entró en la ciudad. No es un bien de interés cultural. Pero la identidad de las ciudades se forja poco a poco con la suma de detalles, con el respeto por aquello que ha adquirido valor histórico-artístico, por el cultivo de una sensibilidad con el pasado que merece la pena ser recordado. Donde hubo una iglesia, por ejemplo, siempre se procura que haya una cruz. Son guiños a la memoria.

Azulejería arrasada en la antigua juguetería Cuevas Azulejería arrasada en la antigua juguetería Cuevas

Azulejería arrasada en la antigua juguetería Cuevas / Antonio Pizarro (Sevilla)

La juguetería Cuevas es un símbolo de la infancia de miles de sevillanos que se ha ido al traste por la competencia feroz de la venta digital. Pero teníamos la esperanza de que, al menos, se conservara el azulejo. Como pasado el tiempo valoramos ahora más que nunca que Robles se quedara con el Laredo, conservando el nombre, y no cayera el local en manos de una franquicia de las hamburguesas. Que la Raza siga luchando por ser un símbolo del Parque de María Luisa, cuestiones de Derecho Administrativo al margen. Morales y Trifón siguen gracias a que ha sido posible la sucesión dentro de la familia. Pero el Bazar Victoria lo perdimos por la ferocidad de la Ley de Arrendamientos Urbanismo, la taberna Casa Pepe de la calle Boteros cerró sin sucesión posible, al igual que la relojería de Yruela en la Plaza de San Francisco, el lugar noble de la ciudad que ha mudado de piel en los últimos diez años.

Si la ciudad pierde sus edificios y las señas de identidad de sus negocios con mayor solera irá poco a poco careciendo del alma que la hace distinta. El concepto de alma ha salido con todo acierto hasta en los mítines de la última campaña de las municipales. Fue Beltrán Pérez quien aludió a la necesidad de su defensa. A veces no hace falta catalogar una casa o un rótulo para que sea respetado. Basta con tener eso que se conoce como tacto. Incluso las catalogaciones no han servido de nada para demoler al completo casas como la de Monsalves, donde se proyecta un hotel. Hace mucho más por la conservación del patrimonio un arquitecto diligente, respetuoso y con cierto criterio que un catálogo convertido en la práctica en un doloroso papel mojado.

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