Teresa Jiménez-Becerril

El martillo contra el terrorismo

  • Nunca proyectó su entrada en política. Cada vez que se pone en pie en el Congreso de los Diputados es para enfrentarse a los legatarios de ETA. Se sacó el carnet con 20 años, pero no conduce. Es más de trasnochar que de madrugar

Teresa Jiménez-Becerril Teresa Jiménez-Becerril

Teresa Jiménez-Becerril / Rosell (Sevilla)

LOS muertos encajan mal en la sociedad del interés inmediato, la vista cortoplacista, la búsqueda obsesiva del resultado urgente y, por supuesto, del empobrecimiento provocado por la pérdida de un mínimo sentido de lo trascendente. Los muertos incomodan en muchas ocasiones, generan evocaciones y el compromiso de mantener vivo su recuerdo. La memoria es vista por muchos como un freno para mirar al futuro, no como la base desde la que forjar el porvenir. Los muertos requieren en el fondo de nuestro esfuerzo intelectual. Y somos perezosos de mente. Los muertos por acciones violentas irritan al pusilánime. Los muertos son el pasado, que tiene muchas veces una fama injusta en comparación con la buena vitola del futuro. El problema es que una memoria sin justicia no sirve. Hay quienes interesadamente y por error ven el lastre del rencor en la lucha por una memoria basada en la justicia, el recuerdo perpetuo y la reparación de los daños.

La diputada Teresa Jiménez Becerril (Sevilla, 1961) no debió entrar en política. Pero lo hizo para emprender esa ingrata y costosa tarea que consiste en defender lo obvio: las víctimas de ETA no deben ni pueden ser olvidadas por mucho que incomoden al poder establecido. No hay justicia sin memoria. No se debe confundir aviesamente la venganza ni la obsesión con el necesario y debido homenaje a quienes dieron su vida por la democracia. Y, por supuesto, hay que respetar a los familiares de las víctimas que desean alejarse, olvidar y no referir nunca más los asesinatos de sus padres, hijos o hermanos.

Teresa optó por la reivindicación y por la lucha en el frente de la política. Se tiene que ver cara a cara en el Congreso de los Diputados con condenados por terrorismo, con los legatarios de ETA y con quienes aplauden, compadrean y se apoyan en los unos y en los otros. Tiene que soportar el desdén, cuando no el desprecio, de quienes consideran que su lucha provoca cierta fatiga.

En pie en el Congreso de los Diputados para enfrentarse a los miembros de Bildu En pie en el Congreso de los Diputados para enfrentarse a los miembros de Bildu

En pie en el Congreso de los Diputados para enfrentarse a los miembros de Bildu / M. G. (Madrid)

Esta sevillana es la que se pasó años en el Parlamento Europeo alzando la voz frente a los terroristas y sus amigos. La verdad es que en Europa se sentía como en casa. Ahora la vemos en el Hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, en pie y casi saliéndose del escaño para invadir el de delante para hacerse oír frente a Otegi y sus secuaces. Coraje se llama. ¿Y quién se atreve a discutirle su legitimidad y sus razones?.

Si Teresa se levanta en el Congreso es como una especie de señal de alarma de que hay algo sagrado en peligro. Se le podrán discutir muchas cosas, pero no la falta de claridad en sus planteamientos ni la falta de fuerza para alzar el estandarte de las víctimas, las grandes olvidadas con más de 300 asesinatos sin ser resueltos. Y lo peor es que quienes deberían hacerlo no colaboran en la investigación, pero sí en la aprobación de unos presupuestos del Estado para sacarle al PSOE de Sánchez todo el rédito posible.

Todavía recuerdan los vecinos de Los Remedios el comercio de ropa que regentaba la madre de Teresa y al que la hija contribuía con artículos procedentes de Italia, el país donde residía con quien fue su marido. Los Remedios entonces no pasaban de Arate, Nova Roma y la repostería Asunción como negocios de una nueva modernidad.

En el Congreso de los Diputados En el Congreso de los Diputados

En el Congreso de los Diputados / M. G. (Sevilla)

Fue estremecedor cuando, días después del atentado, vecinos anónimos dejaban en el domicilio de la madre de Alberto –muy próximo a la Plaza de Cuba– bolsas con ropa y enseres varios para el cuidado de los tres pequeños, santos inocentes de finales del siglo XX. Los vecinos querían expresar así su apoyo, contribuir a suavizar aquellos días de horror.

Dos personajes relevantes han estado siempre muy encima de la familia: el cardenal Amigo y Javier Arenas. Don Carlos no falló nunca a la misa de aniversario en la Capilla Real, ni al acto de recuerdo en la calle Don Remondo, cosa que la madre, hermanos e hijos de Alberto y Ascen siempre han agradecido. El cardenal, además, ha intervenido de forma privada para ayudar a la familia cada vez que ha sido requerido por espinoso que fuera el asunto. Arenas apostó por Teresa para el mundo de la política. Ella, que siempre discutía y bromeaba con su hermano sobre sus ideas y actividades, acabó consagrada a una carrera en la que nunca había pensado.

Constante e intensa, pero no para conducir, aunque se sacó el carnet a los 20 años. Forma parte de las hermandad de ilustres sevillanos que no se ponen al volante. Por eso en el partido están acostumbrados a que a la finalización de un acto interrogue a todo el mundo sobre qué dirección llevan con el coche. Dice alguna mala lengua, no sin humor, que algún miembro del partido se hace el despistado para no asumir el papel de chófer.

La vida es...

La vida es disfrutar de una tapa de ensaladilla en la barra del Periqui Chico, su cuartel general oficioso. Ella es más de cerveza que de vino. En ese bar coincide con César, el de los Morancos. La vida fueron años entre Turín, Bruselas y Sevilla. La vida es un mediodía en el Bajo de Guía de la calle Adriano, donde Pablo Casado le comunica que no seguirá en el Parlamento Europeo. La vida es ser fiel a su manera de ser, a un carácter fuerte que lo mismo le lleva a defender una causa justa que le impide tener más afines en el partido. Tiene tanta fe en su carácter como en la marca que ella misma se ha creado dentro del PP. La vida es alzarse en los tacones, pero disponer siempre de unas zapatillas para patear la calle. La vida es no gastar en peluquería. Ella misma se hace las ondas y se las hace a sus hijas.

Como cada cual tiene derecho a sus propias contradicciones, esta Teresa es una vegetariana que come jamón. Aplaude a cualquier grupo que defienda a las víctimas del terrorismo. Nadie podrá decir que le mueve el odio o el resentimiento, sino la sed de justicia. Por su ritmo biológico es más de la noche que del día. Le cuesta madrugar, pero aguanta hasta la hora que haga falta de la noche.

Cuentan que se enamoró de un italiano en la época de los Eros Ramazzoti. “¿Quién no hubiera hecho entonces lo mismo que ella?”, dicen algunas damas. En la última campaña electoral, cuando fue de número uno por Sevilla en las elecciones generales, contó con dos asistentes, dos militantes de Nuevas Generaciones, uno de Camas y otro de Utrera, que la llevaban y traían. Los dos muchachos saben de la fuerza y el carácter de esta combativa diputada. No se trabaja ser simpática, lo cual muchos agradecemos, porque algunos políticos sienten una compulsiva necesidad de sonreír que alcanza el ridículo. Mejor la autenticidad.

El día que se metió en el mundo de la política, Teresa pasó a hacerlo en nuestras vidas. Es la hermana de Alberto, la corajuda, la que nunca se cansa y la que algunos consideran que debería olvidarse ya de su causa particular, cuando en realidad se trata de una causa que interesa a toda una sociedad, aunque haya momentos en que esta sociedad nos parezca enferma. La noche que mataron a Alberto y Ascensión, la calle don Remondo pasó a ser siempre aquella en la que siempre hace un frío de enero. Y a partir de ahí conocimos a una hermana infatigable. De alta velocidad aunque rehuya el volante.