LUCIA DI LAMMERMOOR | CRÍTICA La noche de Leonor Bonilla

Gran noche para Leonor Bonilla y José Bros Gran noche para Leonor Bonilla y José Bros

Gran noche para Leonor Bonilla y José Bros / Antonio Pizarro

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Sí, fue la noche de Leonor Bonilla. O Leonor de Lammermoor. Tanta fue la identificación de la joven soprano sevillana con su personaje en su primera personificación de un papel tan complicado. Afrontar con tan pocos años de carrera esta ópera era un riesgo muy elevado, un riesgo que suponemos calculado y basado en la conciencia de sus propias condiciones canoras. Un cálculo que se ha mostrado más que acertado a la vista del resultado y del calor con el que el público del teatro que la ha visto crecer en lo artístico la acogió anoche.

Aunque los nervios irían por dentro no salieron a relucir en toda la noche. Desde su primera aparición en la escena de la fuente (bueno, de la cascada en la montaña según una poco afortunada escenografía para este momento) se pudo apreciar una emisión firme, bien apoyada, sin exceso de vibrato y bien regulada. Es precisamente éste uno de sus fuertes, el de la capacidad técnica para regular las dinámicas y ponerlas al servicio de la expresividad y del acento de las frases y palabras de mayor carga dramática. Y nada mejor para demostrarlo que su redonda escena de la locura, en la que sacó a relucir todo un arsenal de recursos técnicos y expresivos al servicio de una voz rutilante, de agudos de puro brillo diamantino y proyección perfecta, lo que junto a su exhibición en materia de coloraturas (estupendos picados, por ejemplo) hizo rugir al respetable de delectación. Supo, además, sortear con agudeza los pasajes más graves en los que su voz corre con más dificultad.

Junto a una principiante en Lucia un veterano como Bros, en un papel y un estilo que le van como anillo al dedo. Su voz lírica-ligera, con metal suficiente como para llenar la sala, es la ideal para este personaje cuya partitura se mueve casi siempre por la incómoda zona de paso. Pero Bros controló en todo momento la emisión y se recreó en un fraseo de enorme elegancia y morbidez en el legato, con regulaciones de muchos quilates en su escena final, sobre todo en esa manera tan delicada de atacar Fra poco a me ricovero para luego agrandar el sonido paulatinamente. Toda una lección de fraseo belcantista.

Pero ahí se acabó el bello canto, salvo en la breve pero brava intervención de Manuel de Diego como el sposino. No se puede cantar de manera más ruda que como lo hizo Bilyy, dueño además de una voz velada manejada a borbotones y sin ninguna línea de canto. Lo mismo que Mirco Palazzi, esforzándose por llegar a duras penas a su registro grave y sin que se le oyese en los concertantes, mientras que Suárez y López cumplieron con corrección.

Magnífico el coro, preciso y empastado, como brillante la orquesta, con magníficos solos de arpa, flauta y chelo. Baldasonna conoce bien el estilo y no se deja arrobar por las melodías; imprime un tempo bien marcado, pero a cambio no se apea de un volumen excesivo que ocultó en varios momentos a las voces.

Se agradece el retorno a la tradición de los telones con falsas perspectivas y a una dirección de escena al servicio de las voces. No había teatro, eso sí, y algunas escenas pecaban en lo ridículo (la de la torre sobre todo). Gran trabajo de Guerra con las luces.

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