Cultura

Cancionero de las tres edades

  • Nuria Barrios recoge el Premio Hermanos Machado por 'La luz de la dinamo'. La autora recurre a la música de los juegos infantiles en un libro donde se cruzan la niñez, el amor y la muerte

Nuria Barrios Nuria Barrios

Nuria Barrios / Juan Carlos Vázquez

En Nostalgia de Odiseo, su anterior poemario, Nuria Barrios dirigía la atención a un personaje relegado a los márgenes en la historia contada por Homero: Penélope, la mujer que consagró su existencia a la espera de su amado, recobraba el aliento -mostraba al fin su voz- en una propuesta que defendía los viajes interiores como otra suerte de aventura, y describía, con la larga vigilia de esa heroína como premisa, cuánto de ficción hay en el ejercicio de amar a otro. Ahora, Barrios (Madrid, 1962), que ya había ganado en 2004 el Premio Ateneo de Sevilla con otro libro de versos, El hilo de agua, regresa con otra colección de poemas muy diferente a aquella revisión de la Odisea, La luz de la dinamo, una obra con la que conquistó el VII Premio Hermanos Machado que convocan la Fundación José Manuel Lara y el Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla y que la autora recogió ayer en la Feria del Libro.

Barrios retorna a inquietudes que ya abordaba en aquella hermosa revisión de la Odisea, temas como "la construcción de la identidad, la asunción de la muerte o el entrelazamiento del amor y el dolor", pero La luz de la dinamo se antoja una obra quizás más radical y valiente. La autora embarca al lector en un viaje por las tres etapas clave de la vida, "la infancia, el amor y la muerte", pero dispone un sugerente trayecto, tan enigmático como revelador, en el que esas edades se entrecruzan "para resaltar la idea de que esa división es artificial, porque la vida es un continuo", argumenta.

Uno de los hallazgos que más fuerza imprime al material es precisamente la utilización de canciones y juegos infantiles, a los que Barrios recurre en las antípodas de la obviedad. Lo hace en el segundo bloque del libro, Las niñas bonitas, un fragmento que versa sobre las adicciones y los paraísos artificiales. "Encontré en la elección de esas canciones un eco muy perturbador, me descubrían un universo extraño y cruel", explica la poeta, que incorpora a sus versos, en una reinterpretación ciertamente impactante, letras arraigadas en el imaginario popular como Antón, Antón pirulero, Vamos a contar mentiras, Veo veo o Al pasar la barca me dijo el barquero.

"Ser viejo y ser niño es bueno para los poetas", dice uno de los versos de La luz de la dinamo, y Barrios no tiene intención de dar la espalda, del todo, a la niñez. "Creo que la infancia se queda siempre dentro de nosotros, como un eco", afirma. Volver a "la inocencia, a esa amplitud de miras que tienen los niños", no es precisamente un retroceso para la autora: "Más bien nos ayuda a vislumbrar lo que hay detrás de esa visión que teníamos de las cosas, nos trastoca lo que creíamos que ya conocíamos".

El amor, otra de las cuestiones en las que se detiene Barrios, se muestra también en una amalgama en la que el éxtasis y el hastío se entremezclan. En el libro se registran las expectativas, la renuncia que supone enamorarse ("Yo había desaparecido / olvidada de mí"), pero también la pérdida de la chispa que prendió en los comienzos ("Viviremos así juntos / sin deseo / robot junto a robot"). En el poema Aún no se han besado, se rememora "ese instante de felicidad / cuando es posible todo / el que buscará más adelante / en cada comienzo / en cada recuerdo". En la conversación, Barrios rescata ese fragmento: "Desde la aparición en escena del amor, ya está implícito el final. Y también la felicidad y la desgracia, todo está allí ya, latiendo".

El tercer bloque, Una gota de resina, gira sobre la enfermedad y la muerte de un ser querido, un tramo que contiene poemas estremecedores en los que la vida aún asoma en tímidos destellos e intenta ganar la partida a la desgracia. "Hablamos de películas / de los hijos / del calor de este verano / que hace sudar el vidrio de los vasos / hablamos de la piscina / su fresca piel azul en los jardines / hablamos de los paseos por el parque / para fortalecer el cuerpo / antes de la quimio".

Al anunciar el fallo del Premio Hermanos Machado, el jurado destacó de Barrios su mirada "original y llena de contrastes, a veces emocionada, a veces distante". ¿Fue difícil contener la emoción en pasajes tan devastadores como los que cierran el libro?, le preguntamos. "Yo busco siempre el estar muy cerca y muy lejos, lo cual es muy difícil", desvela la escritora. "Para eso me sirve la ironía, por ejemplo, porque es una forma de no perder la perspectiva cuando estás muy dentro. Y es preciso un mínimo de distancia cuando hablas con hondura y con verdad". La escritura, añade Barrios, es un combate en el que pugnan el corazón y la lógica. "Hay un proceso de reflexión, pero yo pretendo que ese pensamiento no mate la emoción. Lo hago como puedo: el acercarme y no ahogarme, el alejarme y no convertirme en una entomóloga".

Aunque a priori podrían detectarse pocos paralelismos entre la obra de los hermanos Machado y la de Barrios, la autora sí ha pensado estos días, desde que logró el premio que lleva el nombre de los sevillanos, en "un hilo secreto" que les conecta. "Coincidimos, salvando las distancias, en el mismo interés por el saber popular y por el cancionero, algo que a los Machado les venía de su padre, Demófilo", asegura.

En las páginas de La luz de la dinamo, su creadora expresa su admiración por la poeta uruguaya Idea Vilariño: una cita de ella introduce cada bloque del libro. "Normalmente, cuando estoy escribiendo, leo de una forma extraña: a veces muy compulsiva, a veces muy selectiva", apunta Barrios. "Con el libro ya hecho, me puse a leer a Vilariño y descubrí que sus palabras me servían como una especie de puerta para entrar en lo que yo estaba contando. Mejor embajadora no podía encontrar. Me cuesta explicar el porqué, pero supe que tenía que ser ella".

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