PERRINE DEVILLERS & ARIEL ABRAMOVICH | CRÍTICA Cantar al amor en la intimidad

Devillers y Abramovich en Santa Clara.

Devillers y Abramovich en Santa Clara. / Francisco Roldán

Fue usual en el Renacimiento europeo el arreglar madrigales y otras composiciones polifónicas para el formato de una voz sola acompañada de algún instrumento de cuerda pulsada, con la intencionalidad de acercar al ámbito doméstico y cortesano obras que no siempre podían ser interpretadas por un conjunto de voces apropiadas. Siguiendo esta práctica, Devilliers y Abramovich han realizado sus propias tablaturas a partir de madrigales de Cipriano da Rore y Giaches de Wert, dos maestros flamencos que desarrollaron sus carreras en Italia y cuyas obras seleccionadas partían de poemas de Ariosto y de Petrarca. La labor de reducción, dejando la voz superior para Devillers y trasladando al laúd las demás, es impecable y bien podría pasar como realizada hace más de cuatro siglos, dado el pleno idiomatismo de su escritura.

La voz de Devillers es una pura delicia escuchada en este repertorio. Además de por sus perfiles tímbricos caracterizados por la dulzura y el brillo, su técnica de emisión, controlando el flujo sonoro, es ideal para este repertorio tan íntimo. A mitad de camino entre la voz impostada y la natural, su sonido se adaptaba a la expresión de los afectos descritos por las palabras, con regulaciones maravillosas, como esos pianissimi con los que remató canciones como Non è ch’il duol o Ancor che col partire, o los diminuendi con los que cerraba de manera poética algunas frases. Y con la justa dosis de ornamentaciones .

Abramovich tocó con sobriedad, claridad en las texturas y limpieza, sin permitirse, eso sí, ninguna licencia ornamental ni ningún interludio entre las estrofas.

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