Arte

Historia, memoria y elogio de un estudio de pintura

  • El Cicus recuerda en una exposición el espacio que compartieron Fernando Zóbel, Carmen Laffón y José Soto en unos años que resultaron decisivos para el arte sevillano

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Fernando Zóbel estaba enamorado de Sevilla, tenía casa en la ciudad antes de inaugurar en Cuenca, en 1966, el Museo de Arte Abstracto con fondos de su colección particular. También conocía a Carmen Laffón desde unos años antes. La pintora aparece en la famosa foto de aquella inauguración y aproximadamente en esa fecha Zóbel le plantea la necesidad de tener un estudio en el que pintar durante las temporadas que pasa en Sevilla. Así, alquilaron un local en el edificio en el que Carmen Laffón vivía con su marido, Ignacio Vázquez Parladé. Muy poco después José Soto deja su estudio en la calle San Vicente y se instala con ellos, cada uno con un taller independiente.

La exposición del Cicus quiere ser un homenaje a ese estudio compartido y a unos años decisivos para el arte sevillano, entonces todavía muy apegado al academicismo costumbrista de principios del siglo XX. Ese estudio de la calle Conde de Ybarra sí fue una verdadera academia. Fernando Zóbel, con su conocimiento de la pintura abstracta norteamericana y su saber trasmitirlo mediante conversaciones y abundante documentación grafica a sus compañeros de estudio y a cuantos por allí se acercaban -especialmente, Gerardo Delgado y José Ramón Sierra, entonces todavía estudiantes de Arquitectura y a los que procuró una beca de estancia en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca durante un verano- fue un factor decisivo en la aparición de la pintura abstracta en la ciudad, con lo que eso supuso para la renovación plástica de la misma. Otros pintores fundamentales como serían Juan Suárez o Ignacio Tovar también frecuentaron el estudio de Conde de Ybarra. La disponibilidad de Zóbel para con todos fue esencial; compraba sus obras, animaba a la burguesía sevillana a imitarle, incluso visitaba las clases que José Soto impartía en un colegio del Aljarafe, dedicando atención y un dibujo a Ricardo Cadenas, alumno jovencísimo que ya mostraba su facilidad para el dibujo.

Zóbel fue un factor fundamental en la aparición de la pintura abstracta en la ciudad

Como demuestra la documentación de la vitrina, Zóbel también estrechó lazos con Joaquín Sáenz en su imprenta de la calle San Eloy, donde se imprimió su Cuaderno de apuntes sobre la pintura y otras cosas, en 1974, quizás como despedida de su estancia sevillana, y con Paco Molina, otra personalidad decisiva en la renovación artística de Sevilla y que llegó en 1966 a la capital andaluza desde Madrid de la mano de Cortijo, buscando refugio para sus problemas con el régimen franquista. Y es que en el estudio no sólo se hablaba de pintura, también de política.

Pero más allá del homenaje a Zóbel y Soto, la exposición, comisariada por Juan Bosco Díaz Urmeneta y Pepe Barragán, galerista de Soto y pintor con el que compartió, junto a Manuel Salinas, su último estudio, muestra una tesis claramente ya desde la pared de entrada: el camino de la abstracción. Tres pequeñas obras de cada uno de los artistas dan testimonio de ello. Las de Zóbel y Soto son de la época de los años del estudio y la de Laffón, muy posterior, es una de sus varias series del coto desde Sanlúcar, donde se ha señalado en repetidas ocasiones su conocimiento de la obra abstracta de Rothko.

El resto es una celebración de la pintura. Las de Zóbel son todas de la época del estudio, reflejando con su particular lenguaje la dependencia interna tanto de la geometría como del objeto real, elementos que después abstraía mediante ordenadas veladuras. De José Soto se repasa sucintamente toda su producción abstracta, inspirada en buena parte por el conocimiento de la obra de Barnett Newman, Clyfford Still y Mark Rothko, tanto de la primera etapa, que acaba a mediados de los setenta, casi coincidiendo con el cierre del estudio de Conde de Ybarra, como las de su vuelta a la pintura en 2010, con los mismos elementos esenciales de antes (línea, color, espacio), en las que investigó sobre formatos más grandes, primero con acrílico sobre tela en madera y poco después con óleo sobre papel, como el espléndido cuadro rojo de 2016, uno de los últimos de su producción, ya que falleció en el verano de ese año.

Esa veta abstracta inaugurada en el taller tiene ecos profundos y de largo alcance, apareciendo de nuevo en la gran novedad de la exposición, los dos cuadros de Carmen Laffón que inauguran una nueva serie, después de la dedicada a la cal, sobre la sal y el paisaje de las salinas de Bonanza. Especialmente en el mayor de los dos, una vista frontal de las montañas de sal que se reflejan en el agua de las marismas sostenida por una banda de vegetación rala y seca, y presidida por un cielo turbado de grises. La composición así estructurada recuerda las vistas del coto, pero aquí la geometría de las bandas incrementa su presencia en la zona dedicada a la sal. El diálogo de prismas, trapecios y triángulo de las diferentes montañas de sal todos en el mismo plano y sus reflejos en el agua es una sabia lección de pintura más allá de la superada controversia entre abstracción y figuración y el mejor homenaje que puedo imaginar hacia sus compañeros y amigos desaparecidos, el sostener la antorcha del compromiso con la mejor pintura.

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