Signos | Estreno en el Central Buen momento para las alianzas

Isabel Villanueva con su viola y, tras ella, su alter ego en 'Signos', Antonio Ruz. Isabel Villanueva con su viola y, tras ella, su alter ego en 'Signos', Antonio Ruz.

Isabel Villanueva con su viola y, tras ella, su alter ego en 'Signos', Antonio Ruz. / M. G.

Hacía cinco años que la violista Isabel Villanueva, mientras iba y venía por el mundo dando recitales y tocando en grandes orquestas internacionales, le había pedido a Antonio Ruz su colaboración para un nuevo trabajo en que la música debía ir acompañada de movimiento.

Pero el polifacético e infatigable Ruz (entre otras cosas, Premio Nacional de Danza 2018) tampoco paraba, coreografiando para su compañía, para la Compañía Nacional de Danza o para el Ballet Nacional de España, para el que está preparando una nueva pieza.

Al final, el parón de la pandemia les ofreció la oportunidad de encontrarse y el resultado de ese singular encuentro, Signos, se ha podido ver este fin de semana, como estreno absoluto, en el Teatro Central.

Para este sutil viaje en pareja, Villanueva ha elegido a dos de sus grandes inspiradores: el inmortal Bach, con su Partita nº 2, y el compositor húngaro de música contemporánea György Kurtág. A este último, que ayer cumplió 94 años, le dedican gran parte de la vertiente teatral del espectáculo, además de tomar el título –Signos- de su obra Signos, fuegos y mensajes. Ambas músicas, la barroca y la contemporánea, casan a la perfección y a la valía y la valentía -sobradamente probadas- de Villanueva como violista se une aquí el arte de dominar también una partitura corporal.

A su lado, Ruz, con su experiencia y su buen hacer de siempre, la envuelve y la dirige por la escena con suavidad, como si de su alter ego se tratara, confundiéndose casi con ella en algunos momentos –muy hermoso el juego del espejo- para expresar sabiamente con su danza, en otros, los vívidos sonidos de las cuerdas.

Entre ellos se extiende una sugestiva atmósfera de misterio, favorecida sobre todo por las siempre creativas luces de Olga García, aunque al final, con la preciosa y retadora Chacona de Bach, es el virtuosismo frente al instrumento el que acaba por reinar.

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