Les vieux | Crítica de danza Las infinitas posibilidades de un cuerpo

Los siete intérpretes de la pieza, anoche en la Hacienda Santa Cruz.

Los siete intérpretes de la pieza, anoche en la Hacienda Santa Cruz. / Lolo Vasco

Anoche, en el bonito escenario de la Hacienda Santa Cruz de San José de la Rinconada, que se suma este año a la lista de espacios singulares de la muestra, se clausuró la parte oficial del Festival Internacional de Danza de Itálica. Una edición que se ha desarrollado con cautela, pero con total normalidad a pesar de las dificultades que la Covid sigue planteando.

Al igual que hiciera en la pasada edición con La cocina de los ángeles, el Teatro del Velador, o lo que es lo mismo Juan Dolores Caballero, ha aprovechado la ocasión y la ayuda del Festival para presentar su último trabajo, Les vieux. Un espectáculo que, en esta ocasión, retoma su antigua y más genuina fórmula de mezclar el teatro y la danza en un todo sin etiquetas.

Tras varias incursiones como director de escena en el mundo del flamenco, Caballero regresa con Les vieux a esa línea de “feísmo” que él mismo abriera hace casi 30 años con su magnífico trabajo El recreo y que hoy constituye un lenguaje perfectamente reconocible.

Ancianos, locos o seres grotescos con dientes y narices postizos, miembros agarrotados y expresiones de desvarío o risas extemporáneas, y marchas grupales a paso corto por el perímetro del escenario, encabezadas alternativamente por unos u otros de sus protagonistas, constituyen sus rasgos más distintivos y recurrentes.

Un modo de enfrentar la parte más fea y desagradable del ser humano para indagar, dentro de ella, posibles espacios de redención o de grandeza.

Los cuatro magníficos bailarines del espectáculo. Los cuatro magníficos bailarines del espectáculo.

Los cuatro magníficos bailarines del espectáculo. / Lolo Vasco

En Les vieux aparece el director más experimentado en el plano formal, un maestro a la hora de crear de la nada escenas de efecto, como la de las bolsas de papel o la de esas carcasas de madera que sirven de prisión (o de oportunidad) para los desastrados protagonistas.

En nuestra opinión, sin embargo, no ocurre lo mismo con el contenido, o con la dramaturgia, que deja en el aire muchas incógnitas y algunos sinsentidos.

No queda muy claro el paso mental (tal vez una ensoñación) de la discapacidad a la exhibición de destreza física de los bailarines, pero no cabe duda de que la danza, sin dejar de admirar el magnífico trabajo físico y de máscara de los tres veteranos actores, es el principal activo de la pieza.

Raúl Heras, con una formación clásica y contemporánea, es un bailarín extraordinario y tan versátil como Iván Amaya, a quien vimos, últimamente, colaborando con la bailaora La Lupi, o como Renata Edison, magnífica en su danza y en su expresividad. Y qué decir de Dany Zoo, el rey del break, entre otros estilos.

Todos brillan individualmente, o en parejas, como en la escena de amor entre Raúl y Renata (ambos bailaron también en La cocina de los ángeles), pero es los unísonos donde muestran la enorme amplitud de sus registros, aportando una unidad añadida al espectáculo.

Danzas, paseos y acciones cuya energía, en gran medida, parte de la espléndida partitura musical creada por Inmaculada Almendral. Con pocos instrumentos, repitiendo unas pocas frases, la compositora logra dar ritmo a cada situación, o incluso dirigirla, como sucede con esa fantástica versión de la marcha de Semana Santa que suena mientras los siete intérpretes desfilan por el escenario con la mesa de la comida. Un colofón al más puro estilo de El Velador.

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