Marie / Antoinette | Crítica de Danza Un refinado y exquisito Malandain

Una imagen coral de las mujeres de la corte francesa de Luis XVI Una imagen coral de las mujeres de la corte francesa de Luis XVI

Una imagen coral de las mujeres de la corte francesa de Luis XVI / Olivier Houeix

Difícil lo tenía Thierry Malandain, coreógrafo y director del Ballet de Biarritz, al aceptar el envite del Director de Espectáculos del Castillo de Versalles de poner en escena y en danza la vida de Maria Antonieta. El resultado, sin embargo, ha sido una hermosa pieza que se presentó anoche como primicia en el Teatro de la Maestranza, con música grabada, y cuyo estreno oficial tendrá lugar en el famosísimo castillo a finales del próximo mes de marzo.

Con el refinamiento y la sensibilidad que lo caracterizan, Malandain ha afrontado con la danza –ajustada como un guante a la música maravillosamente dinámica de Haydn- la historia de la joven y desgraciada reina, cuya personalidad ha fascinado a decenas de escritores y cineastas. Y lo ha hecho de una forma aparentemente sencilla.

En un gran salón en el que trece enormes marcos dejan ver el típico fresco lleno de nubes y retazos de cielo azul, iremos viendo una serie de episodios que van del blanco de la inocencia –la boda entre un joven Luis XVI de quince años y una jovencita austríaca de catorce- al negro de la guillotina que acabó con sus vidas, pasando por una corte refinada y estetizante de colores pastel, muy alejada de ese imaginario rococó recreado por el cine, tan lleno de polvos blancos y ridículas y pesadas vestimentas.

La sencillez del relato está sostenida sin desfallecimientos por un magnífico cuerpo de baile que brilla en las escenas corales –la mayoría- con una danza en la que el lenguaje del clásico se vuelve actual sin perder sus cánones y su sabor. Con todos descalzos, los saltos siguen los ataques de las cuerdas de Haydn mientras que los brazos se alargan, giran como aspas o introducen un uso poco acostumbrado de los dedos logrando en todo momento una expresividad homogénea más cercana a la vida cotidiana que a la en ocasiones exagerada pantomima de la danza clásica.

Junto a las escenas de conjunto, tal vez lo mejor del espectáculo fueron los dúos, como el hermoso paso a dos de María Antonieta con su admirador, el bello sueco Axel von Fersen, convertido en trío con la llegada del rey.

Pero el refinamiento exquisito del coreógrafo no le impide introducir escenas explícitas que ayudan a la comprensión del relato. Como las escenas de sexo en el suelo de la condesa de Barry, amante de Luis XV, y de la propia protagonista, que consumó su matrimonio siete años después de su boda ya que su esposo, según dicen, estaba más inclinado a la caza que a las artes y al amor.

También utiliza sabiamente algunos objetos para provocar la sorpresa, como los seis enormes abanicos dorados que nos sumergen de pronto en un mundo lleno de suntuosidad y, especialmente, un muñeco articulado que representa al primer hijo del matrimonio y que, con una preciosa música del Orfeo y Eurídice de Gluck, refleja en pocos instantes, la dimensión más humana y tierna de los reyes de Francia.

De este modo van fluyendo los episodios (doce) hasta que, de pronto, el cielo azul desaparece y en una conseguidísima escena, construida con una danza frenética y exasperada en la que el pueblo, de negro, corre de un lado para otro en medio de un caos de disparos y revueltas, se oye el golpe fatal y repentino de la guillotina.

Pero en este círculo hacia la muerte, no se olvida nunca que la danza es también objeto y una de las fuentes principales de placer de la corte junto con la ópera. Danza dentro de la danza con el Perseo y la medusa, con los minuetos y con todas esas ceremonias cortesanas a las que tanto debe la danza española y, en especial, nuestra escuela bolera.

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